La otra muerte.
El día había amanecido un tanto oscuro, pero yo me sentía optimista a pesar de que un ligero dolor en el hombro izquierdo me molestaba sobremanera.
Pero de repente y sin saber cómo, me encontré en un lugar oscuro y sin ventilación; no supe hasta después, a última hora, cómo había llegado hasta allí, pero de momento allí estaba, metido en un agujero rodeado de tierra por todas partes, sin apenas movilidad posible para poder rebullirme entre las angostas dimensiones de aquella especie de túnel. Mis miembros se tropezaban constantemente con las estrechas paredes que me rodeaban y con las raíces de los árboles que sin duda crecían por encima de mí, y yo seguía sin saber cómo había podido suceder tal cosa, sólo sé que estaba escarbando en algo parecido al inicio de una cueva, un lugar sin luz y bajo tierra según creía.
Anteriormente recordaba que momentos antes estaba en un prado que creí ver lleno de lápidas mortuorias, el aire era respirable y repleto de grandes arboledas, pero de repente, caí en lo que creí ser una fosa común dada sus amplias dimensiones, enseguida algo me cayó desde arriba, era la tierra que descansaba al borde de la fosa y que sin saber el motivo había comenzado a caer sobre mí.
Excavé y excavé sin saber adónde iba, deshaciéndome las uñas en cada intento de escapar de aquel horrible lugar, empecé a bracear como un loco para tratar de buscar la superficie y el aire que comenzaba a faltarme, pero cada vez que hacía un movimiento, cualquier movimiento, me introducía más en las profundidades que me abrían sus brazos y me acogían en su seno, justo lo contrario de lo que yo naturalmente deseaba.
Lo único cierto es que el agujero por el que nadaba en arena húmeda, embarrada, era cada vez más estrecho y mi avance era cada vez más penoso.
En ese momento la ansiedad me invadió al darme cuenta de que jamás podría salir de aquel laberinto de tierra y piedras, y que además, había comenzado a invadirme un terror mortal al darme cuenta de que tal vez estuviera excavando boca a bajo con lo que cada vez me alejaba más de la superficie.
De repente encontré un espacio más abierto, hice fuerza con las manos para acceder a él hasta conseguirlo, avancé un poco más y enseguida pude asir, aterrorizado, un objeto que enseguida deduje no era otra cosa que el alargado hueso de un cadáver, allí podía moverme con algo más de facilidad, pero la presencia de aquellos huesos me indicaba claramente que estaba muy alejado de la superficie, y entre grandes espasmos de desesperación, completamente a oscuras, pude comprender por fin que estaba enterrado entre cadáveres, enterrado en vida en una tumba que ni siquiera era la mía, pero seguía sin saber como había llegado hasta allí.
Entonces lo comprendí todo: sin duda alguna estaba muerto aunque no sabía cuál había sido la causa, pero eso ya no era importante, el caso es que estaba allí y no había tenido conciencia de mi propia muerte hasta que me vi rodeado de tierra y huesos por todas partes..., pero mi corazón latía, podía sentir el golpeteo alocado por la ansiedad bajo mi pecho, “es sólo cuestión de tiempo, puesto que jamás podré salir de aquí hasta que fallezca definitivamente”, me dije entre convulsiones; “¿así que esto es todo?; no hay nada más allá de la muerte, sólo otra muerte horrible rodeado de cadáveres pestilentes y de tierra repleta de gusanos”.
Luego mi corazón comenzó a debilitarse paulatinamente..., cada vez más lento..., cada vez más lento, comenzó a faltarme el aire mientras mi pecho subía y bajaba alocadamente y mi boca se abría en busca del ansiado aire, pero cada vez que abría la boca para respirar se me llenaba más de tierra que yo mismo desprendía con las uñas ya completamente descarnadas.
Entonces el corazón se paró, dejó de latir y me quedé inmóvil en ese momento crítico, pero yo seguía respirando, entonces comprendí que estaba enterrado junto con un cadáver que acababa de expirar y que el corazón que oía no era el mío sino el suyo. Es decir, que después de la muerte hay un estado de conciencia en la que uno se da cuenta de todo lo que ocurre, y entonces me pregunté qué es lo que pasa con aquellos que incineran, ¿Los queman estando vivos todavía?
En ese momento supremo, no supe predecir quién tenía más suerte, si yo al ser enterrado vivo o ser abrasado dentro de una caja aún con vida o con lo que quedaba de ella.
Y poco a poco me fue invadiendo una somnolencia que me sumió en algo más de tranquilidad, no vi largos túneles de luces intensas al fondo, ni vi mi alma ascendiendo o descendiendo a ninguna parte, ni ángeles ni demonios...
Luego, cerré los ojos lentamente, y después, la nada.










Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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jecevi dijo
Hola ¡¡¡ Felicidades por tu blog me gusta mucho
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23 Febrero 2008 | 11:48 AM