Don Cipote de La Manga.
Me llaman Cipote y soy de La Manga, me llaman Cipote por las medidas exageradas que uso en la entrepierna y como he vivido hasta hace poco en La Manga, pues eso, que todo el mundo me conoce como Cipote de La Manga. Además soy un señor con clase y cuarentón y todas esas cualidades unidas hacen que según mis cálculos me hagan más interesante y sexy para las jovencitas inexpertas, si es que hay alguna.
Acabo de separarme de mi mujer, esto hay que decirlo porque hoy en día un hombre se puede casar por lo civil con otro hombre, y como consecuencia, divorciarse de él, pero yo no soy de esos, yo me casé con una mujer, como Dios manda, y ahora me he separado de ella hace sólo unos meses. Ante mi nuevo estado de soltería, me he visto completamente desligado de las ataduras matrimoniales que me habían mantenido atado y bien atado durante más de 20 años. Ahora, por fin me veo, a esta edad, rayando casi la cincuentena, libre para hacer lo que quiera, cosa que había deseado durante la mayor parte del tiempo que duró mi matrimonio, aunque a decir verdad, alguna escapadita me hice, que uno es muy hombre y tiene que alternar como es debido.
A partir de ese feliz día, comencé a hacer todo lo que me habían negado, me di de forma un tanto desaforada al güisqui Dick que es mi favorito, me fumaba dos cajetillas diarias de tabaco negro y me echaba colonia Varón Dandy para oler bien.
Como ya he dicho vivía en La Manga, pero al separarme me marché a vivir a Madrid porque según decían, en la capital era donde había más oportunidades de prosperar; además, en La Manga las mujeres ya me tenían un poco calado y no ligaba nada, cosa que en Madrid seguro que no me iba a pasar.
Un día, recién llegado, me preparé para ligar, vistiéndome con mis mejores galas, esto es, unos pantalones vaqueros de pata de elefante ajustados al muslo para marcar paquete, que había comprado en un Todo a 1 euro, aunque la verdad es que me costaron algo más, en realidad me quedaban un poco ajustados pues la tripa me rebosaba por la cinturilla y andaba algo incómodo; luego me puse mis zapatos nuevos de rejilla y unos calcetines blancos de esos que llevan dos bandas de colores azul y rojo en los bordes, una camisa blanca con flores rojas, muy ceñida y con chorreras para marcar músculo aunque también "michelín", y me calcé una cazadora vaquera negra con cuello de borrego, aunque la verdad es que no hacía mucho frío, teniendo en cuenta que estaba en pleno mes de julio, pero como molaba me la puse. Me peiné con gomina estirándome el pelo hacia atrás y me dejé caer unos cuantos mechones sobre la frente, mi pelo entonces era negro y reluciente porque también me eché brillantina.
Pero el primer día que salí y al querer entrar al baile, un gigantón parecido a Hulk que había plantado en la puerta, me miró de arriba a abajo mientras me acercaba y al querer entrar, se puso en medio y me espetó a bocajarro, mientras me ponía su mano -que más bien parecía una manopla de béisbol- en las chorreras de mi reluciente camisa:
-¡Tú, no!
Y no me dejó entrar porque según dijo entre dientes y con cara de Harry el Sucio, llevaba una pinta poco adecuada y ropa de supermercado.
Pero si molo, si soy moderno, le dije yo a modo de explicación, a lo que él me contestó en un tono como de no querer repetirlo más veces: ¡Fuera! Dijo apuntándome con su dedo de morcilla a la nariz.
Por no querer liarla el primer día me busqué otro sitio, cerca de Tirso de Molina donde me enteré que sí dejaban entrar a todos, y allá me fui.
¡Jo! Iba hecho un figurín, fardaba un montón y seguro que las mujeres cuando me vieran bien, no me iban a quitar ojo.
A media tarde y con el sudor del bailoteo, he de decir que bailaba solo porque las chicas no se atrevían a acercarse, la pasta que me había echado en la cabeza comenzó a hacer un efecto urticante y a picarme de tal modo, que acabé con los pelos tiesos de tanto rascarme. Tendría que haberme lavado la cabeza –pensé-, antes de echarme tanto potingue.
Me peiné mientras me miraba en el espejo de detrás de la barra y comprobé que tenía pinta de eso que llaman "lolailo". Perfecto, me dije, todas las chicas me miraban y algunas se reían con disimulo, por lo que deduje que mi éxito era total, así que seguí saliendo todos los jueves y sábados que es cuando más se liga en Madrid, con la misma pinta, que era una mezcla entre componente de ABBA (da igual cuál de ellos), Los Chunguitos (da igual cuál de ellos) y Farruquito. Aunque a decir verdad, desde que había llegado a la capital no me había comido una rosca, todo era cuestión de tiempo. Las chicas me miraban, sí, y hasta se reían cuando me miraban de arriba a abajo, como había hecho el portero del baile, pero de ahí no pasaba, con lo cual, yo me daba a los cubatas, acodado en la barra mientras todo el mundo bailaba.
No me explicaba qué es lo que sucedía, yo estaba seguro que así vestido llegaría el día en que habría de ligar, y que cuando me conocieran un poco más, las niñas me estarían esperando a que llegara al baile, deseosas de que las sacara a bailar, pero mientras eso llegaba, no hacía más que repetirme a mí mismo: “Para que luego digan que el tamaño importa”.











Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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joana dijo
Importa, creme... :)
Petonets.
6 Enero 2008 | 12:13 PM