No sé la razón por la que las cosas que más amo están lejos de mí, debe ser un síndrome, una pesadilla o un maleficio que a mí me ha caído como una enfermedad o una maldición, acostumbrado como estaba a tener a mi familia lo más cerca posible.

En un principio, en la génesis de todo, quise tanto a mi mujer que a fuerza de eso o tal vez por eso me echó de casa... por plasta; pero, ¿es qué no se debe amar con todo lo que la naturaleza te da sin dejarse nada en el cajón de la indiferencia? Debe ser que uno no sabe entender la vida tal y como se la presentan. Será que uno la quiere acomodar a su gusto y casi nunca salen las cosas como uno las planea.

Pero sí hay algo que ha salido como yo quería, ahora, quiero tanto a mis hijos que como se dice, daría la vida por ellos sin dudar, ellos son lo primero en mi existencia; luego, mi nieto, Daniel, al que le tengo un amor sobrehumano y distinto, fuera de lo normal; por que él fuera feliz daría mi brazo derecho, el izquierdo y hasta las dos piernas para que él creciera exento de maldades, tal y como lo han hecho mis hijos, libres de trampas sociales, amando a los seres humanos, sean de la condición, nacionalidad y color que sean... Pero claro, mi nieto será como tenga que ser y yo le querré del mismo modo.

¿Qué no habré apostado con el mismísimo diablo -a pesar de mi infelicidad eterna, si es que existe algo eterno-, porque mis hijos hayan salido como han salido... porque mi nieto sea en el futuro una buena persona?

Tengo dos hijos a los que amo profunda y desinteresadamente, que es como se quiere a los hijos, hoy les quiero hablar brevemente de ellos. Uno se llama Rafael al que ya conocen (Danibegood) , y el otro Sergio, al que no conocen de nada.

Partamos de la base teórica pero cierta de que amo a los dos por igual. Los quiero porque son mis hijos, pero también porque han crecido de forma admirable: han sido unos niños y ahora son unos hombres ejemplares que siempre han sabido respetar al prójimo, para ellos nunca han existido diferencias entre razas y todos los seres humanos son iguales, sean de la clase social que sean y el color de su piel, y algo muy importante: respetan a la mujer como lo que es, una igual digna de todo el elogio que merece su esfuerzo por no sobrepasarnos, cosa que les sería fácil de proponérselo, o en todo caso, hacerlo como es debido, por la izquierda y con el intermitente puesto, la mujer suele estar a la altura que su capacidad intelectual exige.

Continuará...