Entonces regresaban los malos espíritus a mi ánimo atribulado y, aunque no quería, mi mirada se dirigía insistentemente hacia la casa que yo veía desde mi cuarto, en un empeño enfermizo de atracción inexplicable.
Desde mi puesto de observación, mis ojos vigilaban de hito en hito y no sin cierto temor, los amplios ventanales donde mi imaginación veía invariablemente a algún inquilino extraño y seguramente inexistente, que se dejaba ver por allí descorriendo los visillos, enseñándome una boca vacía, de escasos dientes podridos, y abriendo desmesuradamente unos ojos sanguinolentos, lo que indudablemente me servía para escapar de nuevo a la seguridad de la protección familiar.
Me asomé a la ventana, la calle cada vez más oscura estaba iluminada por farolillos de luz mortecina que daban a la fachada de mis desvelos, un aspecto de lo más inquietante.
Recordaba entonces los chascarrillos de los compañeros de clase, sentía el crujir de muebles y a mis padres en silencio, cada uno a lo suyo, y entonces lo veía, nadie me puede decir que allí enfrente no había alguien acechando, porque yo lo veía con claridad.
Quien estuviera allí sumido en la oscuridad yo no lo supe hasta días más tarde, pero quien fuera descorría los visillos blancos y una mano huesuda aparecía enmarcada entre los cristales sucios de aquella estancia supuestamente vacía.
Recordé entonces a mi abuela que días antes había comentado con mis padres mientras cenábamos, pensando en que yo no prestaba atención, un libro que estaba leyendo y que la estaba encogiendo el ánimo, al leer que el corazón de un muerto latía con fuerza y con tanto ímpetu, que se podían escuchar sus latidos a través de la tarima del piso.
Ni corto ni perezoso y en un descuido, en cuanto me quedé solo, me escurrí con sigilo a la habitación de mi abuela y descubrí el libro sobre la mesilla de noche, era de un tal Edgar Allan Poe, escritor que yo no había oído nunca, y cuyo título era El corazón delator.
No encontré ningún pasaje intimidatorio a pesar de lo escueto del libro, pero la semilla estaba echada y había germinado de tal forma, que esa noche oía latidos bajo mi cama y no pude dormir, por lo que acabé en la cama de mis padres.
Un día, algunas semanas después de aquellos acontecimientos que probablemente sólo existían en mi imaginación, al estar observando de nuevo el edificio abandonado, vi salir del mismo a un hombre extremadamente delgado, encorvado por una leve joroba sobre el omóplato izquierdo, de extensas guedejas plateadas que le caían sobre los hombros con desmesura y que recogía tras unas grandes y deformadas orejas; el individuo llevaba una barba crecida y blanca, de rostro enjuto y ojos hundidos, lo que hacía que todo ello le confiriese un aspecto sobrecogedor, al menos para mí. Anduvo unos cuantos metros, suficientes para que yo observara una cojera que casi le hacía tambalearse hacia un lado. Anda que está apañado el hombre, pensé para mí, cuando de pronto, se detuvo y se quedó pensativo como si se le hubiera olvidado algo, volvió sobre sus pasos, sacó una herrumbrosa llave del bolsillo de su ajada chaqueta con su huesuda y blanquecina mano de largas y retorcidas uñas, y antes de introducirla en la cerradura, se volvió de repente y miró con descaro hacia la ventana dónde yo estaba asomado, mirándole.
Entonces tuve la extraña sensación de que el vigilado era yo, y pude darme cuenta de que el anciano sabía que yo estaba enfrente observando sus movimientos, cuando en realidad, yo jamás le había visto antes de ahora, o en todo caso, de forma esporádica o en mis sueños peores.
Su gesto fue tan rápido que no tuve tiempo de esconderme tras los visillos, a pesar de todo y bruscamente, di unos pasos hacia atrás ocultándome en el fondo de la habitación. Poco después y cuando ya estaba relativamente más calmado, volví sobre mis pasos con cautela hasta asomarme de nuevo a la ventana, y sin descorrer las cortinas, miré a través de ellas y pude comprobar que el desconocido ya no estaba. Había desaparecido y no sabía si había vuelto a entrar o sólo había retrocedido para cerrar la puerta que se había dejado abierta por olvido, o marchándose calle abajo antes de que yo me asomara de nuevo.
Continuará...

Rafael, de niño pase algunos sustos, ahora me cuestionó si en realidad eran auténticos o era solo mi imaginación, tal cual protagonista de tu novela, en ese tiempo no conocía a Edgar Allan Poe, pero si leía a otros autores.
Un abrazo
Creo que cuando el miedo te sobrecoje, es cuando la imaginación comienza a hacer de las suyas.....Si encima le añades a Allan Poe la emoción está servida. Posees una imaginación impresionante ( leí la ouija), !en serio, me llevaste hasta el final "intrigá"!.....Buenoooo esperaré un poco más para conocer el final..... !Es bueno el de la ouija!
Abrazos
Antonio
Yo me acuerdo de algunas pesadillas nocturnas y como me iba a la habitación de mis padres a dormir entre ellos, en mi cuarto había gente...
Un abrazo
Unamamyblogosferica
Me alegro que te haya gustado, de todas formas, dado que yo disfruto al escribirlos, llego a creerme que son buenos y tal pretensión me lleva a veces a recomendarlos, cuando en realidad no debería.
Saludos
Yo llegaba corriendo a dónde estaba mi madre durmiendo, me llevaba por delante todo lo que encontraba, después del susto.
Saludos
(Esta vez he recurrido al truco de esperar a que hagas más de una entrega para leerlas todas juntas. Soy muy curiosa y esperar no se me da muy bien.)
:o)
Supongo que algo de niña me queda y que por eso me ha llegado tan al alma lo de acabar en la cama de los padres... yo no conozco ningún refugio ni remedio más bueno para quitar el miedo...
Otro beso.
Glora
Esos son recuerdos muy vívidos, muy claros a pesar de lo lejano y tienes razón, no había nada más seguro que sentirse rodeado de los brazos de los padres.
Besos y abrazos.
Lo que hace la imaginación!!! Yo recuerdo cuando era una enana de 5 años mas o menos, que una noche de Reyes, mis hermanas mayores me dijeron: "como no te duermas, vendrá el paje e los Reyes y les dirá que no te portas bien". Claro, yo corrí a mi cama y mientras me metía, yo ví a ese paje vestido de verde como se metia debajo de la otra cama que había en mi habitación... Me metí debajo de las sábanas y me reía del susto, aunque pensé que el paje tenía cara de pillo y no diría nada!!!
Pero aún hoy, y mira que han pasado años, lo recuerdo y lo tengo tan nítido en la memoria que podría hasta dibujarlo, si supiera hacerlo bien, claro.
Que interesante se esta poniendo!!!
UN ABRAZO
Cris
Es que la imaginación de un niño es desbordante, seguramente con los años se pierde esa cpacidad de crear cosas, nunca se vuelve a tener nada parecido, en esa edad se es capaz de creerso cualquier cosa. Bendita infancia.
Un abrazo
Miedo. miedo, miedo... Y esos sueños que nos hacen ver lo que no es... Y ese ansia por controlar el pavor de seguir aquí... Qué miedo dormir cada noche con tántos fantasmas...pufff... A qué agarrarte? A qué temer? Dónde están los demonios y dónde la esperanza de esquivarlos? De dónde sacar las fuerzas y cómo controlar nuestra mente perversa? Qué bonito y qué duro tener esta imaginación para todo eso. Gracias por este Fin a este nuevo terror. Me vuelvo a hacer pis y vuelvo a descontrolar como cada día... Besito.
Teresa
¿De verdad no te animas a escribir en un blog?
Es una pena.
Un besito