No he visto en toda mi vida una nevera más deprimente que la mía, y eso que la cuido y la mimo y hasta hablo con ella como si fuera mi mejor planta, pero nada, no consigo que en su interior se dupliquen las chuletillas de cordero, ni que de una pobre y humilde sardina amanezca a la mañana siguiente una opípara dorada a la sal, algo así como en el milagro de los panes y los peces. No hay forma, y es que yo no sé hacer milagros y mucho menos a fin de mes.

Como verán en la fotografía, el interior de mi nevera es de una escualidez indescriptible y de una soledad apabullante, una especie de Sahara helado dentro de mi cocina, y lo que es peor, mi nevera no tiene ese atractivo innato de los grandes frigoríficos con pedigrí, con doble puerta y extracción automática de cubitos de hielo de sabores tropicales y surtidor de horchata valenciana, ni nada por el estilo, mi nevera es una nevera pobre, cieneurista, si me aceptan la expresión. Claro que para llenar uno de esos frigoríficos de los ricos hará falta un doble sueldo, como mínimo, uno como el de Rajoy, no como el de Esperanza Aguirre, no, que ella es como yo, que no llega a fin de mes, la pobre; mejor como el de la Pantoja, aunque el de ésta sea bicolor, o sea, un poco blanco y otro poco negro.

Por cierto, que menudo pollo tiene montado la cantante con el caso Marbella, digo Malaya, no un pollo de corral ni pollo a la Pantoja, no, un señor pollo con cresta y espolones. Yo ese tipo de aves no los quiero dentro de mi nevera por nada del mundo, prefiero que esté como está, sola y desahuciada, a verme metido en un berenjenal de esa categoría; ¡Jesús (Gil), que agobio!, ahora sí que tendrá que mirar la Pantoja la agenda para saber qué días trabaja sobre el escenario, y cuáles sobre la cuerda floja.

En fin, en el fondo soy afortunado, al fin y al cabo yo tengo nevera, aunque esté vacía, otros -porca miseria-, no tienen nevera, ni nada que meter dentro, igualito que Esperanza Aguirre.