Más de media hora llevo acodado sobre la mesa, la cara apoyada sobre las palmas de las manos mientras contemplo hipnotizado la pantalla del ordenador, ese recuadro blanco y maldito del Word en dónde se supone tiene que aparecer en algún momento algo que tenga sentido.

Sin que suene a vanidad, sé por experiencia que la Inspiración llega siempre tarde o temprano a rescatarme de la inmovilidad a la que me somete ese misterioso rectángulo blanco, para sumergirme en el individualismo que es la escritura, independientemente de la brillantez u opacidad del resultado.

Al final, si es que antes he dado con el principio, la única solución posible es escribir de manera indiscriminada, improvisar sobre la marcha en busca de algún renglón que yo crea -pobre iluso-, que es medianamente bueno y que me reinicie sobre el camino correcto, ese sendero que buscaba desde el principio pero que no sabía cómo afrontar, de ahí mi cara alelada, mi expresión en la mirada de inexistencia, fijándome en la nada, en ese universo blanco de lo hoja inhabitada, mis manos en las mejillas, tratando de pensar en cómo escribir lo que quiero escribir.

Eso si no se me atasca una palabra o dos, de esas que frecuentemente andan en paradero desconocido y hay que buscarlas a toda costa para que no me venzan por abandono; de esas palabras que se me quedan en la punta de la lengua cuando en realidad están en la punta de las neuronas buscando una salida; de esas palabras que sé que existen pero que en el momento preciso de utilizarlas se pierden entre un bullicio de frases que no necesito, sé que la palabra en cuestión está en algún rincón de mi cerebro, agazapada, oculta ante mi desesperación por hallarla, jugando conmigo y con mi impaciencia.

Al final y después de horas de búsqueda intensa, todo parece cuadrar y uno se queda más o menos satisfecho de ese acto creativo que es escribir, pero ahora viene lo más difícil de todo, esperar a que alguien lo lea, independientemente de que guste o no, porque, si además gusta, uno ya se siente pagado y reconfortado en su ego, y altamente premiado en su busca desesperada de la palabra perdida.