Todo ha terminado.


Gráinne regresó con el tesoro y se lo entregó a su hijo para que éste hiciera lo propio con Beronice de Guy,
ésta no pudo evitar un rictus de tristeza en su rostro por la forma en que lo había conseguido, pero enseguida pensó, con la esperanza reflejada en sus ojos, que ese sería el punto final de su miserable existencia, y que a partir de ese momento, comenzaba una nueva vida tanto para ella como para su familia.
"Acuérdate de los pobres que te rodean, no dejes que sigan viviendo en la miseria. Hay suficiente oro para todos". Le había dicho Barba Rosa al entregarle el cofre. "Cambia de ciudad, ve a donde nadie te conozca, donde nadie pueda advertir tu condición de plebeya". Aconsejó a Beronice mientras ésta asentía y acariciaba en el regazo las frías manos de su esposo.
Acto seguido, Barba Rosa se despidió de la familia, acarició a los niños y salió de la choza encaminándose hacia la salida de la aldea, donde le esperaba su madre sentada según su costumbre, sobre la rama de un árbol, que era lo más parecido a la cofa de un buque; tomaron el camino
que les conducía en dirección al bosque de Sherwood, donde Barba Rosa había "vivido" de forma incorpórea la última semana, y ambos, madre e hijo, cogidos de la mano y mirándose a los ojos, se abrazaron y se despidieron con la promesa de verse en el más allá, ya que a Barba Rosa
aún le quedaba un último y penoso acto de despedida.
Beronice por su parte no olvidó nunca la condición de extrema pobreza en la que había estado durante su vida pasada, por lo que ayudó todo lo que pudo a sus antiguos vecinos y más tarde, se afincó, tal y como le había prometido a Barba Rosa, en una ciudad lejana de su Irlanda natal para que su futuro hijo fuera tan irlandés como él mismo; vivió con dignidad aunque sin llamar la atención con lujos y derroches, y nueve meses más tarde, el deseo de Barba Rosa de tener un descendiente se cumplió, ya que
Beronice dio a la luz a una hermosa niña a la que llamó Liberty, y que a buen seguro continuaría con la estirpe de Barba Rosa, al ser la tercera generación de piratas que -posiblemente-, lucharía por la liberación de su amada Irlanda. Ya se encargaría Barba Rosa de eso.
Mientras tanto, Carlos I se fue cavando lenta pero inexorablemente su propia tumba, gracias a los enemigos políticos que se fue creando a lo largo de su absolutista reinado. No fue su ardor guerrero sino su codicia, lo que le llevó a subir constantemente cada cierto tiempo los impuestos para sufragar la heredada y costosa Guerra Europea de los Treinta Años entre católicos y protestantes. Si bien es cierto que fue una guerra que comenzó bajo el reinado de su padre Jacobo I, no es menos cierto que Carlos, bajo el suyo propio, e impelido por su desmedido afán de medrar y de acumular poder, también comenzó otras guerras no menos onerosas para el erario público, por lo que el descontento general entre el pueblo y su ya dividido Parlamento aumentó hasta límites insospechables.
En 1637 la situación se hizo insostenible cuando Carlos I quiso imponer a sus súbditos una nueva liturgia anglicana en Escocia que los presbiterianos rechazaron de plano, por lo que el rey declaró la guerra a Escocia para apaciguar por las armas los encrespados ánimos escoceses.
Cada vez que algo no le convenía, y eran demasiadas cosas las que no le convenían, disolvía el Parlamento y nombraba otro más afín a sus ideas políticas y a sus intereses partidistas. Su falta de tacto para dirigir los destinos de Inglaterra derivó en el permanente descontento del Parlamento, lo cual dividió aún más si cabe al pueblo; todos estos desmanes y otros muchos que vinieron después, dotaron a su reinado de un permanente estado de desequilibrio, hasta que en enero de 1642, la ciudad de Londres de sublevó dando lugar a la Primera Guerra Civil que enfrentó a los partidarios de Carlos con
los parlamentarios, y que duró hasta 1649.
Con Cromwell en el poder, éste, que era defensor de la tolerancia religiosa y que tras diversas batallas contra el absolutismo del rey logró acumular tanto poder como
aquél, logró acabar la guerra contra los realistas y puritanos de Carlos I en 1648.
El 20 de enero de 1649 se inició el juicio contra el rey en la abadía de Westminster, acusado de alta traición, y nueve
días más tarde, el monarca subió al cadalso levantado en Whitehall para ser ejecutado.
En ese momento, Barba Rosa flotaba sobre una de sus
nubes favoritas, aquella que le diseñó exclusivamente para él P. P. Rubens, y contemplaba lleno de estupor la escena con lágrimas de dolor inmenso resbalándole por las mejillas; quedaban apenas unos minutos para que la fría hoja del verdugo cayera vertiginosa sobre el cuello
desnudo de Carlos, tal vez los mismos que le quedaban a Barba Rosa para acabar la concesión divina de sus veinticuatro horas finales. Después de todo, quién sabe si el viaje definitivo lo hicieran juntos Barba Rosa y Carlos.
Éste colocó la cabeza en el tajo con lentitud, como si quisiera aplazar la ejecución todo lo posible, aún sabiendo que era demorar también su postrera agonía.
Mientras el redoblar de los tambores retumbaban machaconamente contra los fríos muros del palacio de Whitehall, y antes de que la pesada hoja del hacha seccionara definitivamente su garganta, Carlos tuvo un último pensamiento que lo consoló, ya que éste iba dedicado a la única persona que tal vez lo había amado de verdad, y que no era otro que el propio Barba Rosa.

FIN