Con la duda más que razonable sobre el papel que su hijo iba a desempeñar en el supremo acto amoroso con Beronice, el espíritu incorpóreo de Gráinne, con su velocidad supersónica acostumbrada, voló teletransportándose hasta la isla caribeña de Haití, y no pudo contener la emoción ni evitar un suspiro de tristeza al hallarse en Puerto Príncipe donde su hijo John William Campbell, Barba Rosa, fue asesinado allá por el año 1625.

"¡Aaah, Carlos... maldito hideputa!". Dijo con un punto de indignación en la voz. "¡Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda... yo te maldigo y te condeno, tu fin está cerca, pagarás con muerte violenta tu infamia y tus malas artes como gobernante..., juro, juro que mañana has de estar muerto!"

La maldición de Gráinne dicha a viva voz, se confundió con el bramido violento del oleaje cercano a la costa, mientras las gaviotas agitaban sus alas nerviosas ante el paso veloz del diáfano ente incorpóreo.

El acantilado descendía vertiginoso y vertical hasta la superficie intensamente azul del mar, donde las olas blancas se estrellaban con violencia contra el verdín de la roca de granito; el mar se había convertido en espuma furiosa por el continuo vaivén del agua contra la escarpadura que se hundía rotunda en el azul brillante del agua, y más allá, profundas simas de azul ultramar se dibujaban inquietantes bajo la superficie ondulada.

Sobre el acantilado, una amplia pradera verde se extendía sólo rota a intervalos por extensos campos de labranza que aparecían cuadriculando el paisaje, en tanto que las aldeas se esparcían allá hasta el horizonte por donde se perdía la vista, y entre medias, pobres y agrestes pallozas se diseminaban por el terreno fecundado, guardando los aperos de los labradores.

En el mismo borde del precipicio, unos pocos pasos antes de precipitarse al vacío, crecía peligroso un árbol de grandes raíces que se retorcían sobre el terreno hasta que se hundían bajo él.

"Aquí es". Dijo Gráinne para sí mientras abría con el fuego de su mirada un agujero en el terreno húmedo. Miró a su alrededor tratando de averiguar, por curiosidad, si su hijo había cavado el escondite al azar o se había guiado por un código determinado.

"Directamente desde el árbol hasta aquí hay solo 9 pies en línea recta... hummm..., bueno, ya está, no se ha devanado los sesos precisamente, cualquier avezado buscador de tesoros lo hubiera encontrado sin dificultad. Teniendo en cuenta que nació el 16 de diciembre de 1574, lo que ha hecho ha sido sumar todos los dígitos y descomponerlos en una única cifra:

1+6+1+2+1+5+7+4 = 27

2+7 = 9

total, a 9 pies desde el árbol. Pues vaya. Podía haber ideado cualquier otro escondite algo más complicado de hallar, aunque con lo despistado que ha sido siempre, lo mejor es recordar su fecha de nacimiento, desde luego no fue muy original, pero en fin, lo que cuenta es que nadie lo ha encontrado, ni siquiera los propios hombres de La Loba del Mar".

Pensó Gráinne mientras terminaba de desenterrar el cofre conteniendo el tesoro, y sin saber muy bien el porqué, o tal vez porque el tesoro lo había ocultado con sus propias manos su hijo, recordó emocionada aquel venturoso día de invierno en el que nació, en el condado de Mayo, cerca de la bahía de Clew, al oeste de Irlanda.

Mientras tanto, Barba Rosa, una vez que se hubo aseado concienzudamente en la choza junto a Beronice, al abrigo de las indiscretas miradas de los lugareños, ambos se dirigieron cogidos de la mano hacia un remanso del río Trent, donde Barba Rosa confeccionó en la orilla un confortable lecho de olorosas flores de espliego y hojas tiernas, y se tumbaron ocultos por el ramaje, mientras el olor a lavanda los inundaba y Barba Rosa recorría con la mirada el cuerpo moreno y corito de Beronice.

Despojada de la suciedad que la cubría inicialmente, Barba Rosa pudo contemplar el cuerpo prematuramente ajado de la mujer, pero también la belleza inusitada que se escondía tras toda aquella miseria; mujer de intensos y profundos ojos azules, el largo y rizado cabello rubio le caía sobre los hombros ocultando el nacimiento de sus abultados senos, podía decirse que en general, los rasgos de Beronice eran delicados a pesar de presentar una piel cortada por el frío, las vejaciones a que era sometida y las privaciones de su condición. A pesar de ello, Barba Rosa estaba seguro que no le costaría demasiado trabajo a la mujer, aparentar ser una dama de cierto linaje en cuanto tuviera los medios adecuados para ello.

Barba Rosa se desnudó y sus manos planearon sobre el cuerpo de la mujer sin tocarla, como si algo le impidiera acariciarla, era la primera vez en toda su vida que estaba con una mujer, y no dejaba de darle vueltas al hecho de que había necesitado una segunda existencia para yacer con una. Por otro lado, no podía evitar pensar en el esposo de Beronice que aguardaba inerte, indefenso, ignorante de cuanto pasaba a su alrededor, y más muerto que vivo en la choza; en los dos pequeños hambrientos, desasistidos y ateridos de frío.

Se preguntó si sería honesto hacer el amor con aquella mujer aprovechándose de la dramática situación de la familia. Intentó reconciliarse consigo mismo pensando en que desde aquel día, Beronice y los suyos gozarían de una mejor posición económica, pero a pesar de todo, no pudo impedir sentir un cierto remordimiento por todo ello.

Pasó largo rato antes de atreverse a tocarla o a besarla, en la frente, dando incluso pie a que la mujer le preguntara si es que no le gustaba estar con ella.

Pero lo que le ocurría es que Beronice no le excitaba, así que no tuvo más remedio que pensar por un instante en Carlos, el rey de Inglaterra.

Continuará...