Al día siguiente todo lo que había sucedido esa noche me parecía como algo irreal, como si fuera algo que no me hubiera pasado a mí, y fuera a otro en el que Marián hubiera depositado sus ojos como una caricia, como un sueño del que no había despertado y del que aún no sabía su desenlace, y que ella, mi Dulcinea, no hubiera estado en el local ni hubiera existido para mí. Como si fuera necesario buscar una conexión entre mi sueño y la realidad, busqué la prueba de su existencia y la hallé en el bolsillo del pantalón, allí estaba el papel con su nombre, doblado tal y como ella lo había dejado, abandonado intencionadamente bajo el plato: Marián. ¿Cómo habría conseguido dejarlo sin que yo lo advirtiese y sin correr el riesgo de que sus amigas se dieran cuenta de la maniobra?
No dejaba de parecerme increíble, lejos de la casualidad, que ella se llamara como la mítica y eterna amante de Robin, el inmortal escudero del no menos inmortal rey Ricardo, y que aquél nombre mío fuera precisamente el nombre elegido por mí para mis batallas amorosas. Siempre supe o sospeché, que todo sucede por algo más allá de lo planeado, que yo eligiera aquel nombre estaba escrito como lo estaba el de ella desde que nació.
No supe qué hacer con el papel sino guardármelo en la cartera y pensar más tarde si sería una locura llamarla para hablar con ella. ¿Pero qué no es una locura en el amor? ¿Una locura maravillosa que merece la pena probar, al menos una vez en la vida?
¿Amor? Había empleado la palabra como si ya diera por sentado que eso era lo que sentía por ella, tal vez influido por el romanticismo de su nombre y del mío: Robin y Marián. Sonaba bien. ¿Pero, qué era lo que sentía? Esa punzada en la boca del estómago, esa emoción contenida, ese desasosiego constante, ¿eso era amor?
Nada tenía que ver con las sensaciones anteriores, lo que sentía por ella era distinto, ¿pero cómo podía haberme enamorado de una mujer que apenas conocía, mejor dicho, que no conocía?
Era descabellado pensar en tal cosa y yo mismo me reproché mi falta de madurez, así que opté por olvidarme de su teléfono y de la magia de su nombre, hasta que el destino me pusiera en su camino, si era eso lo que tenía que suceder, o que una señal en mi interior me hiciera poner los pies en el suelo, o en la gloria, llamándola.
Pero ella me había dejado su número, ¿no era esa suficiente señal? ¿Qué más quería?
La cuestión entonces era otra: ¿quería llamarla o deseaba no tentar a la suerte permaneciendo sin ningún tipo de las ataduras a las que obliga el amor?
El destino, ese al que antes aludía, se cruzó en mi camino cuando sonó mi teléfono móvil, y mi reacción fue una mezcla de temor y ansiedad, mezclándose de nuevo con esa especie de vacío que me inundaba el estómago en los momentos de tensión.
Descolgué, y el corazón me dio un vuelco al comprobar que se trataba de ella quien se había decidido a dar, lo que yo consideraba como un peligroso paso.
-¿Robin? Soy Marián.
-¿Marián? -pregunté haciéndome el despistado. Me sentía de un patetismo fuera de todo límite, ya que si estaba deseando hablar con ella, ¿a qué venía que ahora me hiciera el olvidadizo.
-Sí, hombre, la de anoche, en el bar -dijo ella. Tenía una voz preciosa por teléfono como no podía ser de otra manera. Me daba la sensación de que todo en ella debía ser hermoso.
-¡Ah, sí! Ya me acuerdo -dije como un estúpido.
-Bueno... a ver, sólo quiero decirte que creo que anoche hubo un malentendido, mis amigas y yo habíamos bebido un poco, y bueno, ya sabes, una se desinhibe un poco, se hace más espontánea y hace y dice cosas que no haría en condiciones normales...
-Bueno, no te preocupes, ya estoy acostumbrado a esas situaciones... quiero decir, que a mí también me pasa cuando bebo un poco -dije para tranquilizarla.
-Bueno, pues...
-Bien. -Todo quedó suspendido en el aire como en una especie de impasse al que puse fin atropelladamente pues me imaginaba que al otro lado del teléfono, ella se disponía a despedirse y colgar inminentemente-. Me gustaría invitarte a un café, es decir, si no tienes otro compromiso.
-¿Un café?
-O a cenar, eso sería perfecto -dije yo dando una vuelta de tuerca a la situación.
-No, no, bueno, prefiero un café.
No supe el porqué, pero no me sorprendió su respuesta, a fin de cuentas, ¿por qué no podía ser yo su Errol Flinn, o mejor todavía, su Sean Connery y ella mi Olivia de Havilland o mi adorada Audrey Hepburn? ¿Por qué no podía ser ella la que me administrara sus famosas pócimas para aliviar las heridas que ella ya me había dejado en el corazón y en el alma sin proponérselo?
Quedamos en vernos dos días después, era martes y aunque yo tenía que trabajar por la noche, quedamos a las siete de la tarde para tomar algo mientras charlábamos, seguramente de cosas intrascendentes.
Cuando colgamos, no supe qué es lo que iba a hacer hasta que ese momento llegara, un momento que deseaba tanto como temía, probablemente, temor era lo que sentía al descubrir a la luz del día, el auténtico color de los ojos de Marián, la princesa a la que ya sentía que adoraba.
Continuará...