La primera llamada ocurrió una semana después de haber insertado el anuncio en el periódico, a las anteriores las había contestado sin problemas ya que sabía que hasta dentro de unos días no recibiría las primeras, digamos, "profesionales". Pero más tarde, esas llamadas en donde aparecía "número desconocido" me llenaban de angustia e inquietud y no me atrevía a contestarlas, cuando por fin lo hice, sólo se trataba de una encuesta telefónica y suspiré profundamente como si me descargara de un enorme peso.
Pensé entonces en que tal vez lo mejor fuera comprarme otro móvil con un número distinto para saber en todo momento si la llamada era personal o profesional, y aceptarla o no, dependiendo de mi estado de ánimo. Así que llamé a la agencia para cambiar el número de móvil en la ficha y tres días más tarde, sonaba insistentemente el timbre del nuevo celular. Acercaba la mano al móvil, lo cogía, lo balanceaba como queriendo calcular su peso, jugaba con él y lo volvía a dejar sobre la mesa, hasta que el que fuera se cansaba de esperar y colgaba. Yo sabía lo que quería y estaba muerto de miedo, esa es la palabra, tenía miedo, así que las primeras llamadas no fui capaz de contestarlas.
Dos días después me dije a mi mismo que alguna vez tenía que ser la primera. "La próxima vez que suene, la próxima vez que suene, atenderé la llamada". Me dije para darme ánimos y valor. Pero no había hecho más que pensarlo, cuando sonó de nuevo el maldito móvil. Esperé a la tercera señal, respiré profundamente y descolgué sin pensarlo.
Al otro lado de la línea me hablaba un hombre de acento extranjero, al que se le entendía perfectamente en castellano. Pero la verdad es que ahora mismo no sabría decir que fue lo que me dijo, estaba tan nervioso que casi le colgué. La voz me temblaba y no podía hablar con nadie con la naturalidad y el aplomo requerido. Tal vez debería llamar de nuevo al periódico para decir que solo quería personal femenino, pero hablar otra vez con la recepcionista dejaría claro que no estaba seguro de lo que estaba haciendo ni en qué terreno me estaba metiendo.
Pero pensé que más valía pasar un mal rato y dedicarme sólo a las mujeres, lo otro era demasiado para mi, al menos de momento, así que llamé por segunda vez a la editorial para comunicar los cambios, imaginándome la risita sarcástica de la recepcionista al otro lado de la línea, pero no hice caso de aquello que me figuraba; cuando corté la comunicación me sentí más aliviado, pero el caso era que ya habían pasado dos semanas y aún no había inaugurado el negocio.
El negocio..., emplear esa palabra me hizo tanto daño a mi mismo como un puñetazo en el hígado, pero es lo que era, un negocio, un negocio en el qué lo que se vendía era mi propio cuerpo. "Estaba metido en la prostitución", pensé abriendo mucho los ojos como si fuese en ese preciso momento cuando advirtiera lo que realmente significaba la palabra: prostitución, negocio.
Sacudí la cabeza para tratar de espantar la idea mientras me acercaba al mueble bar, me preparé un buen vaso de vodca con hielo y completé el ritual encendiendo un cigarrillo y sentándome en el sofá blanco del salón, a esperar.
Continuará...