Dicen que nunca se sabe que es lo que puede ocurrir en nuestras vidas y tienen razón aquellos que tal cosa afirman, siempre pensé que mi vida amorosa iba a discurrir por los senderos ignorados de aquellos avaros que pasan por la vida sin dar más de lo que reciben, o dar solo aquello que reciben, estaba hecho a esa idea egoísta, después de haber elegido una forma de vida que si lo hubiera pensando unos años antes, no lo hubiese creído.
A medida que uno va probando todas esas cosas buenas que hacen que la existencia sea más agradable, se va metiendo poco a poco y casi sin sentir, en una vorágine que a la vez, complica la vida de tal forma, que llega un momento en que no se sabe el porqué ni el cómo de haber llegado a esa situación.
Todo empezó un día, o mejor dicho, una noche en que estando solo en casa, me di cuenta que más allá de las cuatro paredes en las que vivía más o menos al día, había más cosas que podían dulcificar mi vida y hacerla más cómoda y agradable. A fin de cuentas, era joven, bien parecido y mis largas horas de gimnasio habían modelado mi figura, en aras de buscarme un espacio como modelo de pasarela de alguna firma, si no importante, si con las suficientes garantías como para ganarme la vida de la forma más adecuada posible, y poder regalarme todos los caprichos a los que yo pensaba tenía derecho.
Pero nada es tan fácil como al principio creía a pesar de mi físico, y aburrido de tantas horas de espera en los castings de modelos para hombres, cientos de agencias de publicidad visitadas y horas y horas de sesiones fotográficas sin resultado, opté por abandonar tales pretensiones y descender a la tierra que era donde vivía.
Sin embargo, mi tren de vida me exigía un esfuerzo más y la idea me surgió de repente, bueno, no tan de repente, pues era algo que ya había pensado en más de una ocasión, aunque siempre la había descartado. Darme a la vida fácil y disoluta de la prostitución no me hacía feliz, ni era precisamente el modelo de vida elegido, pero teniendo en cuenta que era un hombre, contentar a las mujeres y cobrar por ello me parecía un trabajo de lo más agradable. "Es como el futbolista de élite, que se gana la vida jugando con una pelota, hace lo que le gusta y además, cobra por ello". Animado por esta especie de declaración de principios, inserté un anuncio breve en la sección de contactos de un periódico local, sin saber muy bien en qué me estaba metiendo. El sólo hecho de inscribirme en la ficha que me puso delante la recepcionista ya me supuso un dilema, debía elegir un nombre o alias, y ante mis dudas, la señorita que se encargaba del asunto, me dijo:
-¿Es para ti? -preguntó de forma escueta aunque directa.
-Sí -contesté con cierta timidez en la voz.
-Y... es la primera vez, ¿no?
-Pues sí, sí -dije más azorado aún.
-Mira, es conveniente que pongas un nombre falso, una breve descripción del servicio y un móvil -me aleccionó ante mis titubeos, ya que sin duda ella tenía más experiencia que yo en esto de los anuncios por palabras.
"Robin. Gigoló". A continuación escribí un número de teléfono y le pasé la tarjeta a la señorita.
-Hmmm, ¿puedo? -me preguntó.
-Sí, claro -contesté.
-A ver, si pones "gigoló" no te va a llamar casi nadie -me dijo-. Es mejor que seas menos explícito, la gente lo entenderá igual y asustará menos.
Así que taché lo de gigoló y escribí encima: masajes.
Pagué con la tarjeta de crédito el anuncio que había suscrito para un mes, y me marché. Sentía que estaba ruborizado por el sofoco y que las orejas me ardían, sentía un nudo en el estómago y ni siquiera tomé el ascensor, preferí bajar andando los tres pisos que me separaban de la calle para no cruzarme con nadie, como si quisiera escapar de las miradas de todos.
"El primero se publicará dentro de dos días; si quieres renovar la suscripción no es necesario que vengas, basta con que nos llames por teléfono una semana antes". Me dijo la señorita, que por cierto, además de guapa se desenvolvía con bastante soltura y daba la sensación de ser bastante profesional. No quise saber nada ni darme por enterado de las miradas que me dedicaba, sólo deseaba escapar de allí cuanto antes.
Cuando salí a la calle, el aire fresco me desembotó la cabeza y respiré profundamente. Ya estaba hecho, ahora sólo tenía que decidirme a contestar las posibles llamadas que pudiera tener, no podía ser tan malo eso de acostarse con una mujer y cobrar; pero, ¿y si era un hombre el qué llamaba?
Continuará...