...En Nottinghamshire. Casa de campo, cerca del Bosque de Sherwood.
Carlos paseaba arriba y abajo por el amplio patio de armas pensativo, se tocaba el mentón con su mano diestra mientras que la izquierda reposaba junto a la daga, entre el fajín de raso azul y la amplia camisa blanca.
Todos estaban pendientes de él, los ballesteros ponían a punto los cordajes de sus armas mientras miraban de reojo al rey, los lanceros se mantenían en un rincón donde tenían sus picas apoyadas sobre el frío muro del castillo, los podenqueros sujetaban a duras penas una jauría de perros inquietos como diablos que ya olían la sangre, los lores, con sus mejores galas como si fueran a una fiesta, cincuenta hombres de tropa uniformados como para un desfile y armados como para una batalla, y los pajes sujetando de las bridas a los caballos que piafaban coceando nerviosos sobre el húmedo piso del patio. El ambiente era de febril excitación quizás por el frío y lo temprano de la hora que teñía de azul los muros de la fortaleza; la mañana comenzaba a aclararse y el sol asomaba tímido entre las almenas del castillo.
Carlos había sentido una corazonada en el último momento, cuando todo estaba dispuesto para la partida, había tenido un mal presentimiento, un presagio de algo desagradable que podía suceder ese día en que todos se disponían a partir hacia el bosque de Sherwood para disfrutar de la caza. Volvió a sus aposentos y se ciñó la espada que había dejado sobre una panoplia que contenía todas las armas que se había traído para espantar a cualquier pisaverde fantasmón, se miró en el espejo y se sintió más seguro con ella en el costado, se atusó los extremos del bigote, se ladeó el sombrero de terciopelo verde, y se dio un toque al penacho de plumas de faisán, saliendo acto seguido de sus aposentos, resuelto a no pensar más en sospechas ni desastres; se encaminó hacia las caballerizas donde aguardaba su enjaezado caballo, tapado con una manta para que no cogiera frío y se dirigió decidido hacia el patio de armas donde le aguardaban, con más frío que otra cosa, su nutrido séquito que hacía ejercicios de calentamiento moviendo los brazos como molinos y las piernas como vulgares saltabancos.
Cuando momentos antes se había mirado en el espejo, no advirtió que a través de él, sobre el dosel que se levantaba sobre la estrecha y alta cama, una figura se asomaba observándole con ojos amenazantes, instantes después, la figura se desvaneció; si en ese momento Carlos hubiera elevado la vista, habría descubierto como un bulto inquietante se deslizaba lenta y subrepticiamente, como una anguila, sobre la superficie del baldaquín. Pero para haberlo visto tendría que haberse vuelto hacia la cama y haber fijado la vista en los artesones del techo, pues de todos es sabido que las ánimas en pena que vagan por el universo paralelo no se reflejan en los espejos, como le sucedía al malvado príncipe de Valaquia, aunque aquellos fueran los regios espejos del rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda.
Durante la cacería, cada vez que Carlos apuntaba su flecha hacia un venado, algún ruido procedente de lo más profundo e intricado del bosque asustaba a la pieza y a sus soldados, que no acertaban a comprender de dónde procedían aquellos sonidos misteriosos que espantaban la caza sin remedio. Durante todo el día tuvo tan mala suerte que llegó a pensar que era cosa de brujería, y más de una vez había desenvainado la espada emprendiéndola a sablazos malhumorados contra algún matorral indefenso o alguna liebre asustada, cualquier cosa que se moviera a cuatro patas le habría servido para meter en el morral con tal de no volver de vacío al castillo, cosa que jamás le había ocurrido.
Sus hombres habían pensado en cazar a lazo alguna pieza y dejársela a tiro atada a un árbol, cosa que hicieron para que el rey tuviera más facilidad en cobrar una pieza, pero cuando disparó su flecha, el animal se soltó milagrosamente escapando del lugar sin ser ni tan siquiera herida, lo cual no hubiera conseguido ya que el dardo se clavó en lo único que se hallaba inmóvil a su al rededor en ese instante: un árbol.
Hecho una furia desatada y cansado ya de perseguir venados por el bosque sin el menor éxito, decidió volver al castillo al atardecer donde le pidió a su camarero privado, Elton, que lo desnudase y limpiase, y que acto seguido, se quedase con él para guardarle la espalda, o lo que fuera.
Pero esa noche...
Continuará...