Anoche estuve viendo a George Clooney y a Michelle Pfeiffer en una película de amor, se titulaba Un día inolvidable. Sí, bueno, confieso, sin tener que justificarme por ello, que últimamente me encantan las películas de amor desde que yo no lo tengo, pero me pregunto qué haría si lo encontrara, ¿y saben qué? creo que miraría para otro lado. Patético ¿verdad? Sí, creo que lo es, por eso me duele tanto, porque demuestra que estoy mortalmente herido aún, que alguien de cuyo nombre no quiero acordarme me rompió el corazón y así sigue. Y no parece que ese estado comatoso en que nos encontramos él y yo, vaya a cambiar próximamente.
Es curioso que sea precisamente el corazón lo que tenga tan deteriorado, siempre pensé que aquello que más se utiliza es más vigoroso que aquello que no se usa, claro que también la maquinaria se desgasta más, el caso es que el aparato no está a pleno rendimiento y además, se halla acosado por dos frentes distintos: el amor, o la falta de él, y la enfermedad, o el exceso de ella.
Aunque pensándolo bien no es para tanto, no se está tan mal sin amor, hago lo que quiero y nadie me dice lo que debo de hacer, tal vez ese sea el problema, que yo no sé andar solo mucho tiempo, aunque me haya obstinado en ello. Tampoco la enfermedad es para tanto, me tiene cogido de ahí mismo pero no aprieta demasiado, aprieta más lo otro, lo sentimental.
Bueno, ya está, tenía que decirlo y ya me encuentro mejor de lo mío después de haberlo hecho, ya estoy como nuevo hasta por lo menos, mmm, otros dos meses más, o hasta la próxima película de amor; aunque ahora que llega la peor época del año para mí, tendré que echar mano más a menudo de ustedes para salir de la ligera depresión en que me sumerge cada año la Navidad, pero para eso están los amigos, alguien tiene que cargar con los despojos del herido.