La venganza es hija del rencor, o al menos, parientes; la venganza es un acto de reafirmación futuro que se madura en el corazón de los resentidos. Es la única satisfacción que les queda a los perdedores, vivir con la esperanza de ver cumplida algún día su venganza, y si es posible, repetirla, por aquello del devolver el ciento por uno.
Que la vida de hombres y mujeres puede cambiar en un segundo es algo que no está escrito en ningún manual de instrucciones de uso, la vida de una persona puede ser más o menos satisfactoria dependiendo del camino elegido, hasta que cualquier día, en el lugar más sórdido, de la forma más absurda e inesperada, en el peor momento y de la forma menos adecuada, puede ocurrir lo que nunca se había pensado que pudiera ocurrir. Cierto es que nunca es el momento ni el lugar adecuado para los malos encuentros. Las cosas ocurren y punto.
El 14 de febrero de 1625, el mismo día que Barba Rosa cumplía 51 años y que siempre había celebrado por dos razones, desembarcó con sus hombres en Puerto Príncipe, debido a una ligera indisposición por algo que había comido al mediodía. Habían hecho una larga y fructífera travesía y se dirigían al puerto de Baracoa, en Cuba. La tripulación se despidió de él para buscar un mesón donde ahogar sus gargantas resecas con ron y cerveza, mientras Barba Rosa, fiel a su costumbre de huir del bullicio del puerto, se aprestaba a acomodarse en la posada que habitualmente frecuentaba, siempre que hacía escala en la isla. Su hombre de confianza quiso acompañarlo hasta la fonda por si acaso empeoraba en el trayecto, pero Barba Rosa logró quitarle la idea ya que por alguna razón, ese día prefería estar sólo.
Al día siguiente, ya repuesto del mal que le aquejaba aquella tarde, llevaría un tercio del dinero que había conseguido reunir, para aliviar el hambre de la gente más desgraciada y necesitada. Tanto le daba dar una parte de su botín allí que en Baracoa, en todos los lugares había desgraciados hambrientos a los que ayudar. A veces recordaba al legendario Robin Hood, aquel héroe romántico que según contaba la leyenda, robaba a los ricos hacendados y gobernadores para repartirlo con los más pobres, mientras le guardaba el sitio a Ricardo Corazón de León de su hermano Juan sin Tierra, mientras aquel guerreaba en la Tercera Cruzada. En el fondo era lo mismo, tal vez la forma variaba un poco, pero qué más daba hacerlo a caballo que a lomos de un barco, por cierto, robado también a la marina inglesa. Aún se preguntaba con frecuencia qué habría sido de aquellos hombres a los que liberó y que tanto cambiaron su vida. Seguramente, nunca lo sabría, pero su madre, donde estuviera, estaría orgullosa de él.
Eran las 8 de la tarde y las calles a esa hora ya se hallaban desiertas y sumidas en una oscuridad sepulcral, una cuarta de barro y charcos como lagunas mal olientes le acompañaban a lo largo del camino, debido a la bruma que a última hora de la tarde, y antes de la llegada de la primavera, comenzaba a caer calando los huesos de los pocos que se aventuraban a deambular por las inquietantes y estrechas callejuelas. Barba Rosa escondió el rostro bajo el embozo de la capa y apretó los brazos contra el cuerpo para guardar el calor, dirigiéndose hacia la casa y arrimándose todo lo que podía a las paredes de adobe para evitar mancharse las botas, detestaba llevarlas sucias y más si era de ese tipo de barro compuesto de todos los residuos líquidos y sólidos que sobraban de las casas, y que se tiraban por las ventanas con el que alfombraban la calle, y que luego había de rascar para desprenderlo.
A lo lejos, se oía ladrar a los perros y el silencio y la oscuridad llenaban la estrecha avenida, haciéndola más sobrecogedora y lúgubre. A veces, cuando algún parroquiano abría la puerta de algún mesón de mala muerte, la callejuela se inundaba de un aroma a alcoholes baratos y todo eran risas, música y fugaces conversaciones que introducían al capitán en la sordidez de otro mundo.
Un landó tirado por dos caballos seguía veloz a dos jóvenes y atléticos mocetones que portaban dos hachones de brea llameante en las manos para iluminar el recorrido del carruaje; tras él, apareció fugazmente una figura de elevada estatura, algo desgarbada y corpulenta, que desapareció absorbido por las sombras cuando los dos mozos se alejaron del lugar, sumiendo de nuevo la calle en la negrura de la noche plomiza. "Sin duda, habrá salido de alguna taberna", se dijo tratando de auscultar con la vista la oscuridad sin conseguirlo, creyó haberlo visto pero ya no estaba seguro, tal vez hubiera sido alguna figura extraña creada por las antorchas o simplemente, nunca existió tal sombra, o al menos, no delante de él.
Continuó su camino, no sin cierta sensación de desasosiego por aquella fugaz e inquietante visión, volvieron de nuevo los malos presentimientos y deseó estar ya en la reconfortante posada, sólo faltaban dos manzanas para llegar a ella, le diría a la patrona que le calentara agua para tomar un baño que a buen seguro le repondría de los males que le aquejaban desde el almuerzo, y le encargaría una buena cataplasma para los males de tripa. "¿Me habrá envenenado alguien para quedarse con el cofre?" Pensó inquieto. Más allá, alguien vació un bacín a través de un ventanuco débilmente iluminado por la tímida luz de una candela, instantes después, se oyó un "¡agua va!". Barba Rosa movió la cabeza en señal de desaprobación, suerte tendría si no le caía algún meteoro encima por aquellas calles de muerte antes de llegar a la casa. "No creo que nadie de mis hombres sea capaz de hacerme daño, les he conseguido una nada despreciable fortuna, cualquiera de ellos podría retirarse para siempre si así lo desea".
Continuará...