Después de enterrar al presunto descubridor, dueño de aquellas tierras inexploradas y consultar con la tripulación, decidieron dar una buena batida a la isla para cerciorarse de que nadie más habitaba en ella. Cargaron algunas sacas con alimentos y varias garrafas de peltre para el agua, revisaron sus armas y se adentraron en la espesura de la selva. Encontraron algunas fieras desconocidas y salvajes, una especie de yacaré rojizo de grandes fauces con dos hileras de colmillos sobre sus mandíbulas, que bien podría tragarse a un hombre de una sentada, serpientes de más sesenta pies de longitud tan grandes como el palo de mesana, tucanes cabezones, ardillas voladoras, monos aulladores y grandes bandadas de murciélagos chupasangre que sobrevolaban la expedición al atardecer. Todas aquellas fieras conferían a la jungla de un sonido especial, un lenguaje animal característico que les hacía estar permanentemente en estado de alerta. Cada vez les era más difícil avanzar entre aquella jungla, a cada paso más salvaje e inhóspita, caminaban sobre un manto de humus resbaladizo por la humedad, abriéndose paso entre una tupida maraña de enredaderas y lianas que se conectaban uniéndose en distintos niveles, y dificultándoles el paso de tal manera, que solo era posible continuar haciendo una vereda desflorando el camino con los machetes. Recordó el capitán en ese momento el cuidado jardín que tenía su madre Gráinne, a pesar del poco tiempo que solía pasar en casa, repleto de gráciles buganvillas, hortensias, gladíolos y campanillas y enredaderas por todas partes, olorosas matas de espliego, romero y jara... pero nada de eso había en aquel lugar, sin duda, al capitán le habría gustado encontrar aquellas plantas con el aroma que tanto le recordaba el espíritu libre de su madre.
Dos días después, cuando su tripulación había descansado después de la inspección de la isla, y de no hallar a nadie más que los animales descritos, se embarcaron en la chalupa para volver a La Loba.
-Capitán -preguntó un marinero antes de empujar el bote hacia el mar-. ¿Por qué no nos llevamos algunos de estos animales para enseñarlos en el próximo puerto que desembarquemos?
-No -fue la seca respuesta de Barba Rosa.
-¿Y por qué no? Sería una magnífica inversión.
-¿Qué te pasa? ¿Tienes problemas de liquidez? ¿Acaso no has ganado suficiente? ¿Estás arruinado? ¿Te gustaría que te encerrásemos a ti en una jaula y que te mostráramos por los pueblos como una atracción de feria, mientras los niños te tiran piedras y las viejas mendrugos de pan duro? -preguntó a su vez el capitán.
Ante la batería de preguntas, el marinero retrocedió negando una y otra vez con la cabeza, que mantenía baja, mirando como distraído las diminutas olas que golpeaban el bote y sus pies descalzos.
-No, creo que no me iba a gusta nada -repuso al fin el hombre con aire circunspecto.
-Mejor será que nadie sepa que estas nuevas especies se encuentran en este paraíso; sería el fin para ellas -dijo el capitán poniéndose en pie sobre la barcaza y elevando la voz para que todos le oyeran.
Decidieron dejar tras de sí a aquellos animales que disfrutaran de su libertad y de su anonimato, y de la paz eterna del navegante portugués João da Nova.
Pusieron rumbo hacia la costa angoleña que distaba de Santa Helena unas 1.700 millas, para dejar a los hombres que habían liberado de las garras de los negreros, y a éstos, llevados de vuelta para dejarlos lo más lejos posible de sus futuras víctimas, una acción un tanto arriesgada, pero Barba Rosa estaba decidido a darles un escarmiento y a hacer todo lo posible por dificultarles su regreso.
Pusieron rumbo hacia Barbados que era el destino fijado inicialmente. Allí abandonaron a los que quisieron separarse y aquellos no muy recomendables según la psicología del capitán Barba Rosa.
A partir de aquel día, siempre que se apoderaban de un buque cargado de riquezas, Barba Rosa repartía el botín entre sus hombres como de costumbre, y su parte la guardaba en un cofre sin llave para donarlo a las familias más pobres y necesitadas del puerto donde fondearan, que ya procuraba que fuera algún lugar a lo largo de la costa occidental africana, desde Marruecos hasta Namibia. En alguna ocasión llegaron hasta Madagascar, aunque cruzar el temido cabo de las Tormentas no fuera del agrado de la tripulación ni de él mismo. Pero Barba Rosa les explicaba que era por una buena causa y los marineros quedaban satisfechos, ya que en definitiva, estaban contentos con su capitán, les había hecho ricos y estaban convencidos de la buena suerte de Barba Rosa, por lo que consentían en concederle esos pequeños caprichos.
Pero hacía tiempo que el capitán se encontraba triste y visitado por las noches por presagios de desgracia, malos presentimientos que le impedían descansar como es debido; tenía pesadillas y se desperataba en mitad de la noche gritanto y lleno de sudores de angustia. Un día, los reunió a todos en la cubierta principal y les dijo que si alguna vez le sucedía algo, hicieran donación del cofre de la forma prevista. Él ya había conseguido todo lo que deseaba, gozaba de buena salud y de una buena posición económica, cierto era que le faltaba la sal de la vida, un poco de amor, pero al menos, lo había conocido.
Continuará...
6 comentarios
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Y los amores qué ha pasado?... Me intriga saber acerca de ellos!
Saludos
Se fueron con "su" Charlie.
Saludos
Empieza a darme mucha pena John. No hay ni pizca de avaricia en él. Reparte todo con todos, pero parece que atesora tristezas. Qué pena que tenga un corazón tan hermoso sólo para él, seguro que querría también compartirlo.
Es "majismo", y buena persona, no parece un pirata de verdad... quisiera compartirlo sólo con su Charlie, pero no puede ser. La vida.
Este capitán nos termina montando una ONG en su barco pirata. Y sino al tiempo.
Un abrazo.
Mariana
Fue la primera ONG pirata de la historia.