Los hombres de Barba Rosa comenzaron a lanzar vítores, aplaudir y a frotarse las manos: "¡Por fin un poco de acción al estilo pirata! ¡Justicia filibustera! ¡Negreros go home!" Gritaban entusiasmados.
Pero cuando al capitán se le pasó el enfado, no fue capaz de abandonar a toda aquella gente en un bote, y no le importó desdecirse aduciendo, entre otras razones, que no cabían todos en el mismo batel y que los que quedaban, eran para la tripulación de La Loba, por si acaso. Pero pensaba que merecían un castigo ejemplar, de modo que decidió desembarcarlos en la primera isla que encontraran ante el desencanto de sus hombres. De momento, los desarmó y encerró en la bodega de su propio barco prisión, pero sin cadena alguna que les impidiera moverse por todo el buque, incluida la cubierta, con ello ya tenían más de lo que ellos habían concedido a los africanos, hombres que según los negreros, sólo habían nacido para ser esclavos de los blancos; después, el barco fue fuertemente amarrado a la popa de La Loba, y Barba Rosa, colocó a dos hombres sobre el castillo para que vigilaran cualquier movimiento sospechoso de los tratantes, ya pensaría más tarde que hacer con todos ellos.
De vez en cuando veían precipitarse por la borda a algún hombre, seguramente víctima de una represalia, una pelea, tan frecuentes en aquel tipo de barco, o simplemente, para intentar huir, antes que permanecer en ese buque hediondo por más tiempo.
Mientras tanto, el capitán liberó de sus cadenas cubiertas de óxido a aquellos hombres desventurados, que se asearon encantados, comieron y bebieron más encantados aún, curaron sus heridas y les dejaron recuperarse del calamitoso estado en el que se encontraban todos, a la sombra fresca de la toldilla. Y por la noche, hicieron una gran fiesta para celebrar la liberación de aquellos hombres que guardarían para siempre un grato recuerdo del capitán John William Campbell, el pirata Barba Rosa.
A los cinco días de lenta navegación debido a la rémora que llevaban detrás, avistaron, dos millas al sur, una isla de abundante vegetación y altas montañas que rasgaban las tripas de las nubes, pusieron rumbo hacia ella con cierta precaución, pues la isla no aparecía en ninguno de los nuevos mapas del capitán. Efectivamente, resultó estar desierta, y efectivamente también, ni siquiera aparecía en las modernas cartas de navegación que había adquirido un año antes, cuando -ahora se acordó-, rompió con su Charlie.
Miró todos los mapas que poseía, viejos y nuevos y aquella isla no aparecía cartografiada en ninguno de ellos, por lo que a punto estuvo de desembarcar con sus hombres y tomar posesión de la ínsula, como había leído que Alonso Quixano llamó a Barataria, aquella quimera con la que el caballero hizo soñar a Sancho, su escudero.
La bautizaría con el nombre de Barataria Rosa, o tal vez incluyera el nombre de su madre, Gráinne. Pero se dio cuenta que aquello no podría hacerlo realidad, que era un delirio tan inviable como el que el propio Don Quixote hizo concebir a Sancho. Además de sus propios hombres, tenía la responsabilidad de llevar a buen puerto a aquellos desgraciados que por suerte había encontrado casualmente.
No obstante, y dado su carácter aventurero, no quiso marcharse sin darse el gusto de explorar la isla, desembarcó con treinta hombres armados y nada más pisar tierra firme, observaron una de las palmeras, acostada a tres pies sobre el agua con un trapo haraposo y sucio atado a ella, y que flameaba al viento cerca de una roca lisa y bastante llamativa. Se acercaron a ella con las evidentes precauciones, pues era evidente que el que había colocado la banderola quería llamar la atención sobre aquel lugar, y al bordear la piedra, mosquetes y alfanjes a punto, los hombres recularon dos o tres pasos y Barba Rosa, al verlos retroceder despavoridos y sin saber que ocurría, clavó su pierna de madera -que no pata de palo-, sobre la arena, por lo que no pudo salir corriendo y huir como los demás.
Recostado sobre la piedra, un esqueleto descansaba de forma impúdica con todos sus huesos al aire y los brazos puestos en jarras, como pidiendo explicaciones a alguien.
-¡Voto a tal y qué se yo! -dijo el capitán envalentonado, una vez comprobado que sólo se trataba de un esqueleto, que además, estaba muerto, y aprovechando que era el único que no había huido-. Parece que no habéis visto nunca un muerto.
-¡Cómo ese no! -gritó uno de sus hombres con el agua de la playa ya por la cintura.
-¡Volved aquí! -les dijo el capitán, que había desenvainado su espada y apuntaba con ella a los huesos pelados del desgraciado.
Cuando se fijó un poco más, comprobó que el muerto tenía en una de sus cuencas oculares un ojo, Barba Rosa se quedó mirándolo, parecía como si se lo estuviera guiñando, lo que le daba al cadáver en su conjunto, un aspecto cuando menos extravagante y burlón.
-¿Por qué le falta un ojo... o dicho de otra forma, por qué le sobra uno? -preguntó aterrado un marinero.
-Su ojo es de cristal como mi pierna es de madera, buena pareja hacemos, vive Dios -contestó el capitán.
-Sí, pero él está muerto... ¿no?
-Precisamente por eso ya no puede hacernos nada -repuso el capitán quién, acercando la punta de su espada a la cuenca del cíclope, y con un ligero y hábil movimiento, desojó de su ojo al bisojo, que cayó rodando por la arena hasta los pies desnudos de otro asustado pirata, que inmediatamente pegó un brinco y se subió sobre la roca, que por cierto ya estaba siento examinada por otro compañero, que ya repuesto del susto se había acercado a la piedra y pudo leer, de forma más o menos legible, unas letras de color pardo:
-"Isla Helena de Constantinopla, descubierta por João da Nova en 1501, aquí presente. Volveré" -leyó en voz alta el marinero.
-¡Coñó! -espetó uno-. Volverá... ¿de dónde?
-A por su isla, es evidente que no ha podido cumplir su promesa ni lo hará, de hecho, ni siquiera se ha ido -repuso Barba Rosa envainando la espada más tranquilo.
Así que la isla no era de nadie y bien podría hacerse cargo de ella, pero recordó todo lo que había estado pensado horas antes de desembarcar en la isla; pero en cualquier caso, se negó a que fuera habitada por primera vez por aquellos hombres desalmados que llevaban sistemáticamente la desgracia a un Continente ya de por sí desgraciado. Además, era un destierro demasiado cruel, incluso para aquellos bellacos.
Continuará...
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Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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Muy buena aventura, ahora están en mi país favorito, si no me equivoco?
Saludos Rafael
Ay, Rafa! Qué abandonada tenía tu página, y que placer leer todo lo que me había perdido.
Me he leído los capítulos de Barba Rosa del tirón, y creo que, a pesar de que ya de pequeña y tras John Siver prometí que nunca lo haría, me he enamorado de un pirata!
Ya sé que a él no le gusto de la misma manera, pero el amor es libre, jeje...
Me gustan las licencias (lo de los brotes en la pierna de cerezo es sencillamente sublime) y me gusta su caracter... me pregunto a dónde llevará a la gente negra, para que no sean explotados...
Muy bueno. Y merecida honra para poder recomendarte a quien no te conozca, no lo dudes.
Un besote!!
A mí, si me aborda algún pirata, que sea este, que hasta terminaríamos siendo amigos.
¡Mariana la Pirata! Pues no suena mal, jeje. Lástima que no concidimos en el tiempo, que sino hasta me dejaba raptar (o lo raptaba).
Lo malo de las personas como Barba Rosa es que me iba a quedar tal cual estoy, pero para llevarme por los siete mares sirve.
Un abrazo.
Creo que vas a tener que fundar dos clubs de fans: el de Barba Rosa y el tuyo. Apúntame en los dos.
Un beso.
Estás apuntada en los dos, no faltes que paso lista.
Besitos.