Una vez abordo del buque negrero, Barba Rosa se dio cuenta de su error, ciertamente, había peste, pero de la que solía desaparecer con agua y jabón, a poco que se intentara con algo de interés. Hubieron de contener la respiración aguantando las náuseas como pudieron, debido al olor nauseabundo que provenía de las bodegas. Con un pañuelo en la boca y conteniendo las arcadas a duras penas, Barba Rosa se topó con el capitán, un tipo mal encarado, sin afeitar y propietario de unas greñas sucísimas y a buen seguro que con clientela, y de un aspecto... bueno, sin aspecto digno de ser mencionado. Al capitán sí le llamó la atención los tres aros de oro que portaba el marrano en la oreja izquierda, señal de que aquel individuo había cruzado los tres Colmillos del Diablo: el cabo de Hornos en América del Sur; el cabo de Buena Esperanza o de las Tormentas en África y el de York, en Australia.
Así que se las había con un auténtico lobo de mar, al que preguntó qué era ese olor apestoso, aunque bien sabía de que se trataba, a lo que el negrero le contestó con una sonrisa socarrona que dejó escapar un aliento fétido entre la hilera de dientes medio podridos -donde faltaban la mitad-, que sólo era el olor propio de los negros.
Apunto estuvo de abofetear por primera vez en toda su vida a un hombre, pero se contuvo a duras penas. Preguntó al negrero adónde llevaba a todas esas personas encadenadas y famélicas, el negrero le respondió que no eran hombres, que sólo eran negros para vender, oro fácil, y que si quería una parte del botín, tendría mucho gusto en repartirlo con él si los dejaba marchar sin daño.
Un velo de ira y rabia se cruzó por los ojos del capitán, y ya no pudo contenerse, desenvainó la espada que sólo usaba para intimidar, y con la cazoleta dio un tremendo golpe en la boca al negrero que cayó sobre cubierta como un saco de patatas podridas, escupiendo los pocos dientes que le quedaban al haberle roto la mandíbula; los hombres del negrero comenzaron a gritar y a jalear, Barba Rosa advirtió que algunos incluso aplaudían, por lo visto, no era demasiado querido abordo, pero había tenido el dudoso honor de hacerle perder los estribos nada menos que a él, al capitán Barba Rosa, y eso le enfurecía aún más.
Los ayes de dolor eran cada vez más estridentes, la mandíbula le colgaba en una mueca grotesca de espanto, el capitán por su parte, se arrepintió en el acto de su acción, no por el daño físico que había causado al infecto negrero, sino porque por la boca de aquel hombre infame, emanaron todos los efluvios putrefactos del mundo y todas las pestes habidas y por haber, llegando a dudar si aquello que olía tan mal eran los pobres desgraciados que se amontonaban en la bodega, o la boca del negrero que sin duda, debía estar muerto por dentro. Con razón habían izado la bandera amarilla.
Cuando el capitán abrió la escotilla, no podía creerse lo que estaba viendo: en el interior no había cubiertas que separaran los distintos niveles intermedios ni mamparos que dividieran las estancias, todo era una bodega corrida, o peor, una inmensa sentina donde medio millar de hombres y mujeres, niños y ancianos, se agolpaban semidesnudos y sudorosos entre una cuarta de agua, pegados sus cuerpos brillantes unos contra otros, y en donde todos tenían que estar de pie ante la imposibilidad de tumbarse o sentarse, permaneciendo encadenados a la base del palo mayor, entre la humedad que rezumaba del casco y sus propios excrementos.
Por primera vez en toda su vida Barba Rosa había golpeado a un hombre, y por primera vez se sentía satisfecho de una acción semejante, estaba tan sumamente enfadado, que haciendo caso omiso de los gritos lastimeros del negrero, quien se sujetaba la cabeza y la mandíbula con las dos manos como queriendo encajársela de nuevo o como si se le fuera a caer al suelo, lo cogió por la mugrienta pechera, se lo acercó y le espetó en su cara de lija, eso sí, conteniendo la respiración:
-Ya hemos hecho un trato, me quedo con esos desgraciados para liberarlos, y tu barco, tu barco será hundido para que en el futuro forme parte de un arrecife. Estás invitado a que mis hombres te hagan desfilar a ti y a tu gente por la pasarela, o, a abandonaros en un bote con provisiones para dos días... ¿Te parece buen trato?
Continuará...