Cuentos del pirata Barba Rosa.V.
El piloto descendió de La Loba entre juramentos arameos y blandiendo el puño a modo de venganzas futuras, y como si al desembarcar les hubiera echado un maleficio, dos días después se enfrentaron a una de las situaciones más temidas en alta mar. Sobre las once de la mañana del 23 de abril de 1616, el viento se detuvo y con él, el barco. El calor se hizo pegajoso e insoportable y convenía estar a la sombra, bajo alguna de las cubiertas del buque. Otras situaciones difíciles y seguramente más peligrosas eran cruzar el temido Cabo de Hornos, la parte más austral de Tierra de Fuego; padecer una galerna, o encallar en los bajíos de una isla desconocida repleta de caníbales hambrientos y belicosos, y la encalmada que ahora padecían.
Supo meses después, con inmensa consternación y tristeza, que ese fatídico día habían muerto tanto Cervantes como Shakespeare, y comprendió, entonces, que hasta el viento estuviese de luto por tan desgraciada pérdida.
El capitán ordenó que abrieran las troneras para establecer bajo las cubiertas algo de corriente de aire, mandó desplegar todo el trapo para aprovechar el poco viento que había y, tras dos horas de tensa calma, mandó botar dos chinchorros embarcando diez hombres en cada uno para mover la embarcación, en turnos de una hora.
Barba Rosa sabía que esa situación exasperaba sumamente a sus hombres y a él mismo, por lo que a la falta de viento se unía la irritabilidad de la mayoría, cosa que trataba por todos los medios de evitar. Dejó en cubierta sólo a los hombres que estuvieran de guardia, dos en la cofa para avistar tierra en caso de hallarla, y al resto los autorizó a descansar a la sombra por turnos, mientras jugaban al veintiuno o Black Jack, su pasatiempo favorito como el de toda la tripulación en general, durante los largos y temidos períodos de calma chicha, y de cuyo pasatiempo el capitán era un consumador jugador, debido a su sangre fría y a que sabía en todo momento cuando pedir carta y cuando plantarse.
El juego movía ciertas cantidades de dinero, tanto en el camarote del capitán con los suboficiales, donde había que permanecer sentados o encogidos debido a las angostas dimensiones del habitáculo, como bajo la cubierta entre la marinería, donde se desarrollaban las partidas entre las risas de los ganadores y la mirada furibunda y amenazadora de los que perdían, entre los que estos últimos, rara vez se encontraba el capitán, un auténtico maestro con los naipes. No había normas para las apuestas, la única condición es que no se admitían peleas bajo la amenaza de vérselas con el capitán y ser castigado por ello de la forma acostumbrada.
Algunos hombres preferían irse a la cama sin cenar, a cambio de dar un buen mamporro a todo aquel que consideraba estaba haciendo trampas, aunque estas situaciones no eran muy frecuentes.
A veces era complicado hacerse respetar con las normas tan veniales que tenía Barba Rosa para mantener cierta disciplina en el barco; aunque esa palabra había intentado desecharla de su extenso vocabulario, sabía que había que obrar con la zurda para que la legión de filibusteros no se les insubordinaran, pero ellos ya le habían cogido el gusto al hecho de sentirse a salvo entre sus propios compañeros. En aquella época, enrolarse en un buque de esas características constituía más peligro que los propios abordajes, siempre había una mano traidora y ruin, dispuesta y capaz a asestar un buen golpe de faca a media noche en las tripas del más pintado.
Una vez que el viento hinchó las velas y La Loba recuperó su actividad habitual, dos días después se cruzaron en su ruta desde Plimout a Barbados con un buque negrero sin bandera. Probablemente no habría nada de valor en sus bodegas, a excepción de las vidas de los esclavos que con toda seguridad, abarrotaban el barco.
Sin saber por qué o seguramente obedeciendo a su instinto, decidió acercarse y a menos de una milla, les envió una salva de aviso, acto seguido, el buque enarboló apresurado una bandera francesa. Barba Rosa ordenó navegar en paralelo, cosa que alarmó a sus hombres ya que no era muy recomendable mostrar el flanco desarmado al enemigo, pero en seguida, John reaccionó y ordenó abrir las portas, cuando los cañones asomaron por ellas amenazadores, el barco negrero, claramente excedido de peso, escorado a estribor y sin apenas armamento, izó una bandera amarilla. En seguida la tripulación de La Loba se asustó, pues ello indicaba que había peste a bordo del bajel. El capitán, con calma, ajustó el catalejo a su ojo y divisó a los tripulantes, sucios y mal vestidos, que aguardaban expectantes el desarrollo de la situación.
-Es una treta -dijo pensativo Barba Rosa.
-¿Una qué? -preguntó un marinero.
-Una argucia- respondió Barba Rosa.
-Ah, ya... dice que es una argucia -dijo el marinero volviéndose hacia sus compañeros.
-¿Y eso es grave? -Preguntó otro.
El capitán taconeó nervioso con su pierna de madera, molesto de la ignorancia de su tripulación y decidió sacarles de ella, explicándoles con algunos sinónimos de que se trataba.
-Es una estratagema, un ardid, una artimaña.
-¿Qué dice?
-No sé, pero los de ese barco están jodidos, tienen tantas cosas que mejor es pasar de largo.
Barba Rosa, contrariado, puso fin al diálogo ordenando abrir fuego como de costumbre.
-Bien, enviémosles otros dos cañonazos de aviso... ¡Todo a babor, vamos a enseñarles nuestra popa!
Pero con los nuevos cañonazos de advertencia se rindieron sin oponer resistencia alguna, pensando que podrían llegar a algún acuerdo respecto a la carga que transportaban. No era muy raro encontrase en alta mar con este tipo de navíos abarrotados de desgraciados africanos y sin apenas armamento, no temían que nadie pudiera abordarlos debido a que la carga que llevaban no era convertible en oro a corto plazo, y nadie quería hacerse cargo de semejante aumento de peso en sus bodegas, ya de por sí repletas de mercancías, si no obtenían beneficios con rapidez; además, obviamente tenían que alimentarles lo que gravaba aún más la ajustada infraestructura de la nave, por esa razón, no solían llevar armamento pesado, por eso, y porque paulatinamente iban deshaciéndose de él para hacer sitio a los esclavos; cuanto más sitio, más ganancias.
Barba Rosa y veinte hombres armados, se acercaron al barco en una chalupa, no quería abordar el navío por temor a que algún esclavo pudiera sufrir algún daño, además, los negreros se habían rendido por lo que no había razón alguna para emplear la violencia.
Continuará...

Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
....................
Antonio Alviárez dijo
Era mucho el tiempo que estos hombres pasaban en altamar; sin duda alguna el juego era uno de sus entrenimientos favoritos; también por ser él el jefe muchos le permitirían ganar.
De todos modos, el personaje, suele ser muy educado y poco guerrero para la profesión elegida.
Saludos Rafael.
17 Septiembre 2006 | 06:25 PM