Mientras el buque permanecía fondeado en el puerto de Maracaibo, sus hombres arreglaban los desperfectos, lo calafateaban de proa a popa con estopa y brea, remendaban las velas, engrasaban las baterías y las portas, sustituían drizas y escotas, desinfectaban los mamparos, pintaban el mascarón y el espejo y desembromaban el casco de escaramujos, dejándolo listo para una nueva singladura en cuanto se acercara el buen tiempo. El capitán, por su parte, se hacía con nuevas cartas de navegación más precisas y fiables, y si encontraba algún astrolabio mejor, lo compraba sin dudar pues de todo ello dependía la seguridad de la nave y de ellos mismos.
El último mes, antes de hacerse a la mar, el barco recuperada una actividad frenética aprovisionándose de los víveres indispensables a bordo, aunque había algunos como la carne salada que no tenían demasiada aceptación debido a la sed que provocaba su consumo, pero no había otra forma de poder conservarla durante más tiempo sin que se pudriera; más aceptados eran los cerdos de capa negra que acomodaban en la bodega, aunque caros, había que contentar de vez en cuando a la tripulación con algo de carne fresca, aunque si todo esto fallaba, siempre se podía recurrir a las ineludibles ratas, aceptadas a bordo, siempre que se mantuvieran a raya y lejos de los alimentos, ya que, además de aportar carne extra en momentos de apuro, eran las primeras en avisar del exceso de agua filtrada en la sentina. La dieta se completaba con alubias, pan, galletas secas, manteca, arroz, ron, vino, cerveza y agua, pero sobre todo, no podían faltar los cítricos que les permitían evitar el tan temido escorbuto o enfermedad del marinero.
John, aún abrazado al recuerdo de Charlie, había dado la orden de partir antes de lo que estaba previsto para poner millas de distancia entre ambos, con la intención de que la lejanía curase sus heridas del alma, infinitamente más dolorosas que las recibidas en combate. Se consoló -si ello era posible-, pensando en que había logrado una imponente fragata de cerca de 1.000 toneladas de desplazamiento, a pesar de lo cual, era extremadamente maniobrable y rápida en alta mar; no deseaba lastrar el buque con armamento pesado por lo que aunque iba armado con 30 cañones, estos no eran de excesivo calibre: 2 potentes carronadas, -que él había situado disimuladamente en la popa, una a cada lado de la banda y cerca del alcázar-, 10 cañones de bronce de doce libras, 6 de hierro de ocho y 12 culebrinas, más doscientos sesenta y cinco hombres aguerridos que sabían su oficio como si sus madres los hubieran parido bajo la cubierta de cualquier carraca.
Con él, aterrorizaba con sus espectaculares, rápidos e incruentos abordajes a los barcos españoles que venían cargados con el oro que las huestes Felipe III, o su valido, el Duque de Lerma, o el valido de este, Rodrigo Calderón, robaban sin misericordia a los indígenas de las Indias Occidentales. Era un pirata temible a pesar de no haber cometido asesinato alguno en toda su ya larga vida de bucanero, ni consentir a sus hombres -bajo el castigo ya acostumbrado-, que hicieran las tropelías a las que estaban habituados los corsarios que actuaban con patente de corso por orden de sus gobiernos respectivos, antes de quedar bajo el mando del elegante y perfumado capitán Barba Rosa.
La decisión personal de cambiar de lugar las dos carronadas montándolas sobre fuertes cureñas e instalándolas cerca de la popa, habilitando naturalmente el consiguiente contrapeso en la proa, obedecía a una estrategia aprendida de su madre, que como él, no era muy aficionada al derramamiento inútil de sangre. Consistía en una estratagema tan sencilla como diabólica: para dispararlas sobre el enemigo, tenía que hacer virar la nave en bolina enseñándole la popa al enemigo, hecho este que hacía pensar a cualquiera que La Loba huía, después de los primeros disparos de advertencia, momento que aprovechaba Barba Rosa para abrir en el último momento las dos troneras y ordenar fuego disparando dos balas de cadena que desarbolaban la nave enemiga rasgando el velamen y dejándola al pairo, a merced de un más fácil abordaje. Naturalmente, esto conllevaba un cierto riesgo debido al mayor peso de las balas que al ser dobles, el alcance era menor por lo que había que acercarse más de lo aconsejable al enemigo para dispararlas con mayor efectividad.
La fiereza y aspecto de la tripulación, que aunque extremadamente limpia y educada, parecían ser capaces de comerse vivos a todo el que se moviera, hacían el resto, normalmente, sin disparar un solo tiro de espingarda.
Continuará...
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Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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Llamese "Maracuchos" a todos los habitantes en las cercanias del lago de Maracaibo...
Saludos
Agradezco los buenos ratos que me hacen pasar tus relatos, pero en este caso también lo mucho que te has documentado para escribirlo.
Aparte de entretenido estos artículos son una clase magistral sobre historia de la vida marinera.
Un abrazo.
Gracias, Antonio, lo tendré en cuenta.
Gracias, Mariana, tengo muchos libros en casa sobre el tema, de P. O'Brien, de C.S. Forester, y algunos otros, reconozco que el tema me apasiona, pero sí, me he documentado un poco, y para eso, nada mejor que los interneses.
Un abrazo
Lo único bueno de no haber entrado ayer en todo el día en La Coctelera, es que hoy puedo leer dos capítulos seguidos de la historia de Barba Rosa.
Mariana tiene razón, has hecho un trabajo de documentación interesantísimo. Nos tienes prendidos del relato y encima aprendemos un montón de cosas. Definitivamente, el jefe eres tú.
Te dejo que tengo que seguir leyéndote.