John William Campbell había nacido en Cornualles, también conocido como el país del estaño, era una ciudad portuaria situada al oeste del condado de Devon; su madre, Gráinne, dijo que había sido un error de cálculo, un accidente, ya que su deseo es que lo hubiera hecho en la Verde Erin, como era su obligación. "Cualquier parte irlandesa por pobre que sea, es mejor que el mejor lugar inglés", decía con frecuencia cuando se alejaba de las costas irlandesas en busca de algún navío con el que desagraviar la afrenta recibida por el nacimiento de su hijo en suelo anglicano. Era de porte agradable y maneras exquisitas, de una esmerada educación y de gran cultura; con cierto amaneramiento al caminar, hecho este que no hacía que sus hombres no le tuvieran un gran respeto, que no miedo.
Durante las largas travesías, solía pasarse horas leyendo en su camarote cualquiera cosa digna de ser leída. Se había acostumbrado desde niño a la lectura de William Shakespeare, le gustaban Homero y Jenofonte, pero ahora se hallaba sumido en otro mundo, entretenido con un libro apasionante que hacía poco había llegado a sus manos, al encontrarlo "olvidado" en el camarote de un teniente español, se trataba de El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; había leído en toda su vida cosas buenas y malas, pero esta novela de 1605 superaba a todo cuanto había leído hasta el momento.
Si Barba Rosa se cuidaba por dentro, también lo hacía con esmero por fuera: lucía una larga y cuidada cabellera negra, siempre limpia y brillante para no criar miseria, que recogía tras la nuca con un delicado lazo de terciopelo azul celeste; tanto su barba, que recortaba a diario, como el fino bigotillo sobre el labio, le alejaban de los cánones comunes de lo que se consideraba un pirata vulgar, feroz, sucio y sin cultura, no era el caso de John, quién se bañaba todos los días, y cuando había habido abordaje, dos veces; de igual modo, exigía a su tripulación que observaran las mismas normas higiénicas que él mismo, bajo pena de arresto y de castigarles mandándoles al coy sin cenar, y por tanto, sin postre, si alguno de sus hombres olía a sudor o se presentaba con las uñas sucias, después de acabar las faenas cotidianas. Era muy estricto en eso, antes de contratarlos en el puerto les hacía saber cuales eran sus normas más básicas sobre higiene, que había de ser diaria. Al principio protestaban y se hacían los remolones, pero cuando se acostumbraron a las virtudes del agua y el jabón, ya no pudieron pasar sin bañarse un sólo día, por lo que había conseguido que su barco desprendiera un perfume, a veces perceptible desde varias millas de distancia. De la misma forma, les había adoctrinado en el respeto hacia el ser humano y por tanto, del enemigo, por todo ello y por algunas otras cuestiones que ahora no vienen al caso y que le hacía diferente al resto, la tripulación le respetaba sin que, como ya he dicho, fuera temido por ello, que lo era y mucho, sobre todo entre la flota de la Casa de Contratación de Sevilla. Aunque no siempre sus mayores aventuras transcurrieran sobre las rizadas aguas del océano, hubo otras menos peligrosas y tal vez más agradables, que acostumbraba a librar sobre las arrugadas y revueltas sábanas de su camastro, donde se había instalado en una discreta posada que tenía alquilada durante todo el año, estuviera o no en la ciudad, alejada de la algarabía del puerto pero lo suficientemente cerca como para tener localizada la arboladura de su barco.
Había fijado pues, su residencia en el lago Maracaibo, concretamente en Punta Piedras, durante los cortos espacios de tiempo en los que el oficio le permitía pisar tierra firme, después de una larga temporada de saqueos y pillajes. Era en ese momento cuando se daba por entero a Carlos, Charlie, como a él le gustaba llamar cariñosamanete a su amante pareja, quien esperaba con ansiedad, cuando llegaba el invierno, poder ver a través de su catalejo el flameante pendón de la Loba del Mar, nombre con el que Barba Rosa había rebautizado su buque de guerra, acercándose majestuoso hacia el puerto.
Pero como casi siempre suele ocurrir, todo el amor termina tarde o temprano, y John y Charlie acabaron de forma repentina y traumática sus aventuras personales, debido a la escasa vida en común de la que disfrutaban. Charlie se marchó a Londres requerido por urgentes asuntos de palacio, y John permaneció en Punta Piedras sumido en la tristeza por la pérdida definitiva de tantos años vividos junto a él. Sin duda, el haber elegido la libertad como modo de vida, le había pasado factura demasiado pronto, él hubiera querido terminar sus días en algún pueblecito de Irlanda junto a su Charlie, aunque tuvieran que hacerse pasar por hermanos huérfanos para poder vivir juntos sin las crueles habladurías de los vecinos, que no veían con muy buenos ojos aquellos romances entre hombres. Más de una vez había pensado en que si Charlie se lo hubiera pedido, lo hubiera abandonado todo para estar junto a él, pero siempre tuvo miedo a dar el primer paso y que algo saliera mal, prefería tenerlo aunque sólo fuera una temporada, cada uno o dos años. También se había preguntado más de una vez, durante las largas jornadas sin viento, por qué él nunca quiso acompañarlo en alguno de sus viajes; ni siquiera cuando atracaban en la industriosa ciudad de Liverpool, él se prestaba a sus reclamos amorosos; Charlie le decía que tenía asuntos pendientes en la corte y que la vida en alta mar le mareaba. Durante su ausencia, John nunca llegó a sospechar de los frecuentes y secretos viajes que Charlie hacía a Londres y qué era lo que iba a hacer allí, mientras él se dedicaba a la piratería.
En realidad, tal vez los dos se dedicaran a lo mismo.
Continuará...