Mi afición por el coleccionismo viene de antiguo; empecé de niño gastándome la escurrida paga de los domingos en cromos y recortables de castillos medievales, a ser posible encantados o con fantasma, seguí con los tebeos de El Capitán Trueno y El Jabato, mis héroes de leyenda en mi juventud, hasta llegar a hoy en que me dedico a otras colecciones algo más serias y relativamente más caras, aunque más apasionantes como una de llaves antiguas. Sigo visitando los rastrillos para conseguir algún ejemplar raro; dado mi amor por las antigüedades, si no puedo hacerme con una casa antigua, me haré con sus muebles, y si no, al menos tendré su llave, una tontería si se compara con aquellos que coleccionan Rollsroyces como si fueran cromos.
Soy una persona, aunque los que me conocen se empeñen en mantener lo contrario, que tiene la facultad de poder elegir entre dos posibles opciones, no más, qué le voy a hacer, tengo mis limitaciones, puedo ser capaz de intuir cual de las dos es la mejor, y equivocarme, al fin y al cabo, para mí es una decisión al cincuenta por ciento. Así que imagínense si tuviera que elegir entre cientos de posibilidades, entonces el error estaría asegurado.
Por eso estoy en un sin vivir desde que a mediados de agosto comenzó la invasión, estoy angustiado, no sé que elegir para no equivocarme. Claro que puedo elegirlo todo y así evitar el fallo. Sí, creo que eso es lo que haré.
Ustedes aún no saben de que estoy hablando, pues verán, he decido empezar el nuevo curso académico estudiando inglés, francés, italiano y alemán, además de comprarme los 500 primeros fascí...fascículos de un curso buenísimo y con mucho futuro -eso me han asegurado-, de encaje de bolillos.
Si les parece, a partir de ahora en lugar de mencionar la palabra fascículo diré entrega, es que me sale un sarpullido tal que aquí, salva sea la parte, con sólo comenzar a pronunciar "fasci", es que me da mal rollo.
También quiero construirme el avión Focker-Wulf de la 1ª Guerra Mundial, luego seguiré por los trenes, coches, camiones, relojes con cadena, relojes sin cadena, y hasta uno de cuco, sin olvidarme por supuesto de la colección de abanicos, frasquitos de perfume y plumas estilográficas..., y echo en falta una buena colección de peinetas de Martirio, y las gafas de sol que usan los posmodernos durante la noche en los garitos marbellís, que por cierto, cada vez me suena más a marabedís.
También estoy interesado en los vídeos de Chanquete, Oliver y Benji, Winnie de Pooh, Conan El Bárbaro y Expediente X; muñecas de trapo, muñecas de goma, muñecas de madera, muñecas hinchables, jejeje, y hasta el vestuario completo de madame Bovary. ¿Llevará braguitas Emma?
Aunque lo mejor de todo sería conseguir la varita mágica de Harry Potter, con la que podría solucionar muchos problemas de hoy, y bien pensado, a lo mejor con el tiempo consigo la escoba. También hay mucho que barrer por los rincones.
Yo calculo que dentro de un año o menos, habré llenado el trastero de un montón de cosas inútiles, pero que no puedo dejar de tener de ninguna manera, sobre todo las primeras entregas que son unas gangas irresistibles imposibles de rechazar a esos precios de promoción, y de todas formas, ¿para qué están los trasteros sino para llenarlos de trastos inservibles?
Pero entre tanto coleccionable televisivo, hay uno que me inquieta, se trata de la colección de insectos de RBA Editores. Me gustaría saber cómo ha llegado tanto bicho muerto a manos de una editorial. Hoy en día una editorial es como un todo a cien donde se vende cualquier cosa y de vez en cuando, publican un libro.
Me pregunto si los bichos serán reproducciones o no; si son reales como dicen, ¿dónde habrán capturado tanto animalillo para después tener el dudoso gusto de encerrarlos, muertos supongo, en una maciza caja de metacrilato? Un escorpión, 1 euro, pregona la publicidad ¿se lo pueden creer? 1 euro por un insecto que vivía bajo una piedra, (algunos insectos de dos patas deberían vivir en una cueva), que hace una semana correteaba alegre por nuestros bosques, o lo que queda de ellos, sin temor a que ninguna editorial lo atrapase. Nunca pensó que pudiera ser el objeto de deseo de un librero, como los insectos no saben leer.
Mientras me olvido del desgraciado destino del escorpión, trato de adivinar qué es lo que quieren fomentar con eso, a parte de su propio y desinteresado pecunio, porque si se trata de potenciar el aspecto didáctico de la colección que sin duda tiene, se podrían sustituir los cuerpos incorruptos de los insectos por fotografías a tamaño natural y a todo color, con lo que además fomentarían el respeto hacia los animales, aunque seguramente, sea más barato matar al bicho que hacer la foto, y a quién le preocupa un insecto con la cantidad de ellos que hay. También es posible que quieran fomentar el coleccionismo entomológico indiscriminado de insectos, para luego colgarlos cual cabeza de jabalí, con peor gusto si cabe que la propia RBA, como trofeos decorativos en las paredes cual safari quiosquero.
De ahí a perseguir a tiros a cualquier animal que se mueva para coleccionar cabezas de tigres, leones y orangutanes, o colgar un Miró en el lavabo, solo hay un paso, un paso triste y de dudoso buen gusto para la humanidad.