5 de marzo de 2006.
El que ayer encontramos enfermo ha amanecido muerto, por turnos y sólo los que nos encontrábamos algo más fuertes, hemos estado dándole aire con nuestras camisas durante gran parte de la noche, hasta que el sueño y el agotamiento ha podido con nosotros. Cuando hemos despertado, el enfermo ya se había marchado al Paraíso. Hay otro hermano que lleva mucho tiempo sin moverse, pero nadie tiene ganas de saber que le ocurre.
En realidad, ya no sé por qué estoy escribiendo esto, sólo somos doce y estoy seguro de que antes que acabe el día, alguno más se va a quedar dormido. Me viene a la mente el recuerdo de la embarazada y del marido, de El Simpático, que fue el primero, a pesar de lo animoso de su carácter; me acuerdo del joven desaparecido durante la tempestad, de no más de dieciséis años y que permaneció callado y escondido abajo todo el tiempo, y del que yo nunca he hablado porque me recordaba demasiado a mi hermano pequeño, igual de tímido que él, y me dolía demasiado su recuerdo.
Al principio mi idea era que mis hijos y mis nietos leyeran este cuaderno para que supieran valorar el bienestar del que iban a gozar, que supieran que la libertad de la que iban a gozar no les había venido sola, y que gracias a todos los hermanos que nos lanzamos a esta aventura de conquista, y a todos los que murieron en ella, ahora iban a disfrutar del mismo estatus que se goza en Europa y América.
Quería que supieran que el camino lo emprendimos una y otra vez, que había que empezarlo una y otra vez, hasta tocar la sensibilidad del sentimiento humano, aunque fracasáramos, aunque pasáramos calamidades, aunque no encontráramos trabajo, aunque perdiéramos todo el dinero que tantos años nos costo ahorrar para este viaje, aunque muriésemos, a pesar de todo eso, había que intentarlo una y otra vez, y ha merecido la pena para los que vengan después, aunque yo jamás pueda verlo, ni pueda conocer a mis hijos para contárselo.
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Supuesta película de los hechos.

Según todas las hipótesis, los hechos pudieron haber ocurrido así: el pequeño yate partió de Senegal a últimos de enero o principios de febrero, y estuvo en alta mar y a la deriva por espacio de unos dos meses antes de ser localizado.
Partieron treinta y siete personas todas originarias de Senegal y Malí.
La embarcación consiguió recalar en Cabo Verde donde fue remolcada por un barco mayor con rumbo desconocido, que pudiera ser Canarias o Brasil.
Por alguna razón que se desconoce y en algún momento de la travesía, el buque que los remolcaba cortó de un tajo la cuerda que los unía, separándose del bote. Se cree que este hecho podría estar relacionado con el avistamiento de un avión o que un buque militar asustó a los piratas, y que por eso cortaron el cabo, quedando la nave durante semanas a merced de las corrientes.
Al otro lado del Atlántico, un pescador de Barbados localizó el yate a la deriva a unas 70 millas al este de la isla. A bordo encontró 11 cadáveres momificados y la bitácora de uno de ellos; en la última y casi ilegible línea, se podía leer: "La esperanza nunca se pierde, hasta que se pierde la vida". Era el 29 de abril de 2006.