28 de febrero de 2006.
Nadie dijo nunca que esto iba a ser fácil. Al amanecer no hemos visto Cabo Verde por ninguna parte, a pesar de haberlo avistado ayer a última hora de la tarde. Muchos no hemos dormido tratando de no perder de vista la débiles luces que titilaban como estrellas estampadas en la negrura del cielo; de noche, en alta mar, nunca se sabe que es cielo y que es mar, es como si una barrera negra -otra más-, se alzara ante nosotros; pero las luces de Cabo Verde estaban ahí, delante de nosotros, guiándonos como un faro lejano y diminuto.
No comprendemos que ha podido suceder, pero pienso que nos hemos salido de la ruta al quedarnos sin el único motor que funcionaba; un centímetro de desviación hoy, son millas dentro de unas horas y estamos a la deriva. No quiero decírselo a nadie, aunque creo que algunos ya lo intuyen, sobre todo la mujer que no hace más que preguntar al marido dónde está Cabo Verde.
Hace rato que remamos para seguir un rumbo, mientras un mecánico de motos que vivía Bamako, está intentando reparar el motor, que ha debido de entrarle agua y el salitre ha terminado por deteriorarlo, el otro creo que nunca funcionó, al menos no últimamente; remamos cada vez con más desesperación, pero sólo hay dos remos y el cansancio está haciendo mella en todos.
Al mediodía y durante toda la tarde ha hecho muchísimo calor, nadie a podido cobijarse en los camarotes forrados de chapa, la temperatura en el interior es insoportable y es preferible estar afuera con la ropa sobre la cabeza; hemos desistido de remar y eso es malo porque no estamos cansados por el esfuerzo sino por el desánimo, bajar los brazos y rendirse es aceptar el destino.
El mecánico ha debido tener un acceso de locura, se ha puesto a darle patadas al motor y lloraba y gritaba y decía cosas en una lengua extraña que no entendíamos, mientras se tiraba al suelo y se revolcaba golpeándose todo el cuerpo contra las cuadernas del barco. Cuando se ha calmado, se ha sentado en silencio en un rincón, lejos de todos, sin duda ha desistido en su afán de arreglar el motor, otro más que parece haber dejado todo en manos del destino.
El desaliento está cundiendo entre todos y los víveres empiezan a escasear, muevo los bidones de agua y la respuesta está en el fondo: la mayoría se encuentran casi vacíos y sólo dos están sin abrir. La leche que guardábamos para la embarazada se ha estropeado, pero nadie quiere tirarla.
Esta tarde tuve una extraña sensación de intranquilidad y no pude saber de que se trataba hasta más tarde, era como si faltara algo y yo no supiera describir que, como cuando tengo algo que decir y las palabras no aparecen porque se me han quedado apretadas en la garganta.
Alguien ha contado la tripulación, a estas alturas, no sabemos si somos tripulación o pasaje. Falta una persona, enseguida nos miramos unos a otros como si estuviéramos contándonos. Sí, falta uno, ¿pero quién? La embarazada ha dicho algo al oído del marido y todos guardamos silencio expectantes, el marido de la embarazada señala con su dedo negro unos enseres cuidadosamente colocados junto a la proa, entonces comprobamos que es cierto, falta El Simpático, Amoah, apenas le conocíamos pero era el único que hablaba y gastaba bromas a los demás; era sin duda el más animoso de todos. Pensamos que probablemente, al descubrir, desesperado, que la isla había desaparecido, decidió saltar al agua para nadar hasta la costa, pensando que no debía hallarse demasiado lejos.
Nos ha dejado todos sus tesoros en un rincón del bote: dentro de una sobada bolsa de plástico de Harrod's, está su vieja y colorista ropa, los prismáticos de latón y la caña de pescar, aquí están todas sus pertenencias. Creo que en el fondo no pensaba ganar la costa a nado, ¿qué iba a hacer allí desnudo y sin sus cosas?
Dos gruesas lágrimas resbalan por el deshidratado rostro de la embarazada, que llora en silencio, nunca he visto a nadie llorar de ese modo, su expresión es de total resignación y entrega ante lo inevitable, no hace ningún ruido, ni un sollozo, ni un gesto, sólo bebe sus lágrimas y mira fijamente con amargura, la difusa línea del horizonte que separa el cielo del mar. Tal vez se pregunte a dónde iremos nosotros cuando todo esto acabe, al cielo o al fondo del mar.
Con la desaparición de El Simpático, ya sé que era lo que me faltaba esta tarde.
Continuará...