He de reconocer que siempre he sido un tipo un tanto peculiar, vago e inconstante; hay que ver la cantidad de cursos que emprendí en mi juventud sin lograr acabar ninguno, me aburría todo al poco de empezar ¿Y todo por qué? Por vago e inconstante. También tuvo algo que ver mi mala salud congénita, que si un año sin andar por un ataque de polio, que si una cosita en el pulmón y tres meses encamado hasta las cejas sin moverme, y la novia junto a la cama, con 17 años. ¿Cómo me iba a estar quieto? Dos años después, úlcera provocada por un antiinflamatorio, ¡hala!, otro mes y medio a la cama con pijama y todo, reposo absoluto y mi novia al lado. ¡Joder! Así que poco a poco y de tanto estar encamado, cuando lo que tenía que estar haciendo era correr por ahí tratando de enamorar a las niñas, consideré entonces que lo mejor que podía hacer era convertirme en vago, hasta tal punto, que hoy es mi palabra favorita y la que mejor me define; bueno, también me gusta mucho no pensar en nada, como hacen los paramecios, que son seres unicelulares muy simples.
Pero esto fue después, porque antes de querer ser paramecio fui niño. Y también era un niño vago así que no sé, debe ser que como no me gustaba estudiar, me aburría y terminaba dormido sobre el pupitre, con el tintero rodando por el suelo y el señor maestro atizándome severos reglazos en el culo el muy bestia.
Cuando era niño a veces jugábamos a ver quién se quedaba sin silla; dábamos vueltas al rededor de ellas y cuando de repente, se paraba la música, había que encontrar alojamiento antes de que le quitaran el sitio a uno, ya saben, ese juego tonto. Nunca conseguí sentarme el primero, algo natural si se tiene en cuenta que ellos iban corriendo y yo andando, pero aún así, nunca tuve la suerte de coincidir en el tiempo y el espacio con la silla en el momento justo, por lo que deduje que jamás podría llegar a ser astronauta, uno de mis trabajos favoritos, estar cerca de las estrellas y ver pasar los cometas con Ella al lado. Eso sí que sería polvo de estrellas. Con decirles que cuando salía con los amigos a dar una vuelta por el barrio, siempre era yo el que se mareaba.
El problema era que siempre estaba cansado como si la astenia primaveral me durara todo el año. Mis amigos me decían que siempre llegaba el último porque era un poco lento, adjetivo que utilizaban para no usar otro con algo menos de caché: vago. Y es que hay personas que nacen fuertes y animosas, da gusto verlas cruzar la vida con la facilidad del que cruza un semáforo en verde; yo no, yo siempre lo cruzaba en rojo o como mucho, en ámbar, siempre me tocaba trotar un poco, con lo que eso cansa. Yo siempre tuve problemas de salud y por eso hoy soy un enclenque; aunque la verdad, nunca supe si soy un enclenque por enfermo o un enfermo por enclenque, ¿se fijan? no es lo mismo, aunque a mí ya me da igual qué cosa vino primero. Mi máxima intriga ahora es saber cual será la siguiente enfermedad. ¡Qué ilusión! ¡Qué suspense!
Una vez tuve un trabajo, el mejor que he tenido nunca, fue en Televisión Española, llevaba cinco años trabando, por fin, en algo que me gustaba, me sentía como un futbolista famoso y millonario o como un escritor... no, como un futbolista, que trabaja menos y gana más. Pero entonces a alguien se le ocurrió que éramos muchos, tenía razón, y echaron a 1.000 o 10.000 y a mí también. Hoy en día siguen despidiendo a gente por el mismo motivo: siguen siendo muchos, pero ya no sé si tienen razón. No comprendo dónde ha estado metida toda esa gente para que lleven más de diez años despidiendo y aún no hayan acabado. Estarían "haciendo pasillo" o escondidos en sus casas. Algunos sólo iban a cobrar, se notaba que era fin de mes por la cantidad de gente que merodeaba por las inmediaciones de la Caja, todo se normalizó cuando empezaron a pagar por transferencia.
Luego tuve otro trabajo que aunque no me gustaba mucho, me permitía cierta autonomía económica, no tenía que hacer nada, solo mirar, era vigilante en una prisión de alta seguridad a prueba de fugas (no puedo desvelar su nombre por motivos de seguridad), pero no me duró mucho, en realidad menos que lo de la tele. ¡Qué mala suerte! Y todo porque era un poco corto de vista y se me escapaban los prisioneros por la puerta. Me saludaban y todo:
-Adiós, buenos días.
-Adiós, adiós, hasta mañana -les respondía amable.
Otra vez fui policía, y como los anteriores, tampoco había que hacer nada, me sentaba dentro del coche con una taza de café sin azúcar para no engordar, y unos cuantos donuts de chocolate, a esperar, eso es todo lo que había que hacer. Pero era un trabajo un poco peligroso, no era como el de la prisión de alta seguridad de Alcalá-Meco, donde los malos estaban dentro, aquí estaban fuera y yo tenía que atraparlos para meterlos dentro. Un lío porque como los dos empleos fueron tan seguidos, a veces no sabía de qué estaba trabajando, si en ese momento era vigilante o policía, no sabía si atraparlos o hacer la vista gorda. Una vez asesinaron a un hombre en el asiento de atrás de mi coche de policía, mientras mi compañero iba a la tienda de al lado a comprar cafés con sacarina y pizza y hamburguesas, como hacen los americanos mientras esperan a que pase algo, y yo vigilaba. Cuando llegaron los de la judicial y me preguntaron qué había pasado, les respondí que no había notado nada anormal, luego me preguntaron qué hacía un muerto en el asiento de atrás de mi coche de policía, y yo les dije, como para quitarme el muerto de encima, que el cadáver ya estaba muerto cuando lo asesinaron, también les dije que yo no había visto nada porque tenía las gafas empañadas y estaba cubriendo la espalda a mi compañero, respuestas todas ellas un tanto absurdas, por lo que me echaron también de ahí. ¿Qué otra cosa podía decirles si no había visto nada?
Luego me contrataron en la Seguridad Social para citar por teléfono a los enfermos, un trabajo fácil aunque tedioso. De tanto citar, llegué a darme cuenta que el único sitio donde un paciente adquiere su auténtico significado y se gana a pulso el adjetivo es en la S. S., una entidad por otra parte de siglas urticantes como las medusas, que también son seres muy simples, en el fondo creo que se parecen un poco a mi.
Total, que ahora no sé si quiero ser paramecio o medusa, aunque lo más probable es que ya no me de tiempo a ser nada; así que me tendré que sentar en una silla a esperar a ver que pasa... ¡Anda! ¡Una silla para mí sólo, y sin tener que luchar por ella! El destino, sin duda, tenía una reservada para mí.