Cuando era bastante más joven que hoy -siempre he sido más joven que hoy-, hubiera vendido mi alma al diablo con tal de conseguir todo aquello que deseaba, que en aquellos años eran tantas cosas que jamás las hubiera podido conseguir por mi mismo, como así ha sido. Algo debía sospechar sobre eso para querer entrar en contacto con Él, para pedirle esa trinidad de la auténtica felicidad: salud, dinero y amor. Esto último, incluso podría haber sido moneda de cambio, algo para negociar por si Lucifer me exigía alguna otra concesión de última hora. Ya se sabe como son los demonios.
A fin de cuentas, yo no he creído jamás en divinidades de ningún tipo y mucho menos en cuestiones demoníacas, así que no me producía ningún temor convocarle, aunque sé que el bien absoluto no existe o existe sólo en el interior de un niño, y sí que existe el mal en todo su esplendor, tal vez reencarnado en el mismo niño años más tarde. El caso es que no creo en apostolados de ningún bando, pero por si acaso estuviera equivocado, estaba dispuesto a pactar. Pactar con el diablo naturalmente, porque llegar a un acuerdo con Dios no tiene ninguna gracia, nada de lo que a mi me interesaba me lo iba a conceder porque era pecado. Suena tentador: yo le entrego mi alma para toda la eternidad y Él me concede la suficiente estabilidad económica, salud y tiempo para disfrutar de tanto dinero. Y si las cosas se pusieran difíciles, cambiaría el amor por 200 años más de inmortalidad. El amor por entonces me sobraba y siempre podría buscar alguna tonta a la que yo pudiera manejar.
Qué estupidez; era tan imbécil que sólo era joven. Pero la vida, con diabólica exactitud, se encargó de colocarme en el lugar que me correspondía.
Hoy, cada vez me queda menos tiempo para pactar y las condiciones ya no son las mismas, podría haber sido válido entonces, cuando tenía treinta años menos. Me hubiera manejado bien, pero han transcurrido más años de los previstos y la juventud ha desaparecido. Es lo malo de la juventud, que se va con los años y todo es cuestión de tiempo, sólo hay que esperar un poco, maldita sea.
Así que supongo... o creo, o más bien estoy seguro, que ahora que ya no hay remedio y no queda apenas tiempo para maniobrar ni negociar nada, sí cambiaría cualquier cosa por amor y no como antes, en que estaba dispuesto a cambiar el amor por cualquier cosa como si jugara en una tómbola.
Como era de esperar, el diablo jamás apareció y a la cita no acudió ni dios. Ni dinero, ni salud, ni nada. Y el amor, que llegó en varias ocasiones, se esfumó con la misma rapidez con que se fue la adorada adolescencia. Aún así, deberé sentirme afortunado por haberlo conocido. Aunque me haya sabido a poco, deberé dar las gracias a quien corresponda por ese cachito de cielo, pero a quien corresponda también le diré que fue una estafa: me enseñaron algo bonito y hermoso y me lo arrebataron sin tiempo para saborearlo. ¿A quién debo reclamar? Me gustaría saberlo para darle dos leches flojitas o dos capones fuertes, para que aprenda.
En fin, ya no quiero tontas que yo pueda manejar. Frase horrorosa que me parece increíble que se me ocurriera a mi, aunque fuera joven; ninguna mujer lo es y mucho menos deseo manejar nada, no me parece justo. Pero eso lo sé ahora.
Hoy en día el dinero ya no me importa demasiado y de la salud, de la salud ya se encargan los médicos de jodérmela todos los días un poco. Seguramente ya es algo tarde para algunas cosas, aunque quien sabe, todo puede suceder de aquí en adelante y el amor puede llegar mañana mismo. Que bien, que ilusión.
Pero quien sea que se vaya a hacer cargo, tendrá que darse un poco de prisa si quiere pactar algo conmigo y encontrarme en condiciones, y no hecho un carcamal que mira por la ventana anclado a un bastón, con la nostalgía en la mirada y un saco de recuerdos en la cabeza.