En estos últimos tiempos las diosas que habitualmente habitan mi mente en forma de Musas me han abandonado por otro -triste destino-, o estarán en el Mundial arreando a la Selección, con lo que si ya normalmente me cuesta mucho trabajo escribir un cuento, ahora más, que me hallo desprotegido y expuesto a cualquier virus maligno; no todo lo que escribo sale bien, tal vez no salga bien nunca, pero que más da, a mi me gusta mucho inventarme historias, desde pequeñito. Desde pequeñito ya me decían que tenía una imaginación desbordante, pero sobre todo que tenía mucho cuento. Lo de la imaginación me lo decían mis padres que me querían mucho y lo del cuento, la maestra. La verdad es que soy un mentiroso de tomo y lomo, de tomo de libro y de lomo adobado con patatas, que cuenta mentiras a todo color o en blanco y negro, dependiendo de la época, eso es lo que soy. Pero no con el ánimo de engañar a los demás, o sí. Yo que sé.
Soy un pesado cuando escribo un relato o cualquier otra cosa, lo repaso, lo miro, lo remiro, lo pongo al trasluz y al contraluz, que no se me escape ninguna falta de ortografía -tengo algunas-, que la redacción sea entendible, amena, no muy extensa, aunque al final siempre me lío y termino por escribir algo parecido a una constitución cualquiera: amplia, vasta, dilatada, interminable, larga, en definitiva, prolija; porque de una cosa me voy a otra y porque los personajes me piden cosas, a veces inconfesables, y no soy capaz de negárselas, hijos míos, y porque, aún siendo difícil, soy capaz de escribir más cuentos que en La Constitución, perdón, quise decir que en La Coctelera.
Luego elijo una foto, no es necesario que encaje con el tema, con que me guste es suficiente, es sólo para acompañar. Eso me trae a la memoria cuando era un niño y escribía una redacción en la escuela, que era como se llamaban antes los colegios, la profesora dibujaba en la pizarra una figura sencilla con tizas de colores que luego teníamos que copiar en el cuaderno para que quedara bonito. Pues en el blog lo mismo, y aún me quedará por ver si el conjunto es de mi agrado, que la foto no sea demasiado grande o demasiado pequeña, si la pongo a la izquierda, centrada o a la derecha. No, a la derecha no. Un "pesao" ya digo.
Y eso que no sé subir música para que mientras lo lean se pueda escuchar alguna sintonía acorde con el tema, como el allegro del Concierto para piano y orquesta número 20 en re menor, K 466, de W. A. Mozart, que es lo que estoy escuchando ahora. Pero tampoco quiero saber, en la escuela no le poníamos música a nada, todo lo más un "caraalsol", un "padrenuestro" y "tresavemarías". Y los sábados por la mañana, rosario, que para eso era fin de semana. Así he salido yo de resabiado; un rojo y un ateo.
Y cuando ya está todo a punto de hervir, sobreviene la hecatombe, el accidente: se me sale la leche, porque se me olvidado guardar el escrito y no hay forma de recuperarlo, horas de trabajo tirados a hacer puñetas en menos que canta un click, porque esa es otra, soy incapaz de recordar como lo había escrito, o lo hago de un tirón o no lo hago, lo que hace impredecible el final porque no lo sé ni yo mismo. Bueno, no todo lo hago de un tirón, hay cosas que requieren pausa, lentitud, tantrismo, y hasta un poco de l'amour fou... ¿ven? ya me estoy liando.
¿Por donde iba? ¡Ah, sí! Pues eso, que cuando se me olvida guardar el escrito me tiro de los pelos, me tiro al suelo y me entra la risa floja. ¿Pero, y si es La Coctelera la que pone a prueba mi paciencia y me regala con un error de esos de la marca opus 404 o 504? Entonces me pregunto inmediatamente a mi mismo:

"¿¡Lo has guardado...!? ¡Dime que lo has guardado! ¡No, no lo he guardado, no me da la gana! ¿Qué passsaaa?".

Pero la verdad es que no me ha dado tiempo. Entonces me da el tabardillo, le pego una hostia a la pantalla y una patada al ordenador y lo tiro todo por la ventana, pensando que con él van todos los "encargaos" del blog.
Antes también ocurrían accidentes, menos tecnológicos, pero igual arruinaban el trabajo porque se podía derramar el tintero encima de la hoja recién terminada. Entonces cogía el cuaderno le daba una patada a lo McEnroe y lo tiraba por la ventana. Y a la maestra también.
Escribir tiene muchas ventajas, una de ellas y la más importante para mi es que mantiene las neuronas frescas, como del día, y además, sirve para poner en boca de otros opiniones que de otra forma tal vez no tendría el valor de expresar, es como si ellos hablaran o actuaran por mí. ¡Qué cómodo! ¿Qué quiero asesinar un poco a alguien? Pues como no tengo madera de violento, ni de asesino, ni de nada, tal vez un poco de alcornoque entre las orejas, y ojo que digo entre y no dentro, me invento a un tipo malo y lo suelto, ¡hale!, a matar por ahí.
En fin, que yo siempre he escrito cosas desde que mi abuela, que era una profesora republicana muy buena, me enseñó a escribir, a leer y a pintar por amor al arte, ¡que arte tenía mi abuela! algo impagable que ya nunca le podré agradecer, no sé si lo hice lo suficiente en su momento. Nunca me enseñó con aquel horror de la época, de todas las épocas, de que la letra con sangre entra, sino con ese cariño y filosofía especial que tienen las abuelas y los abuelos (algo más ellas que ellos) con sus nietos, a veces tan díscolos y malvados como lo era yo en aquella época.
No tengo solución; he empezado hablando de los blogs y he terminado hablando de mi abuela. Si es que no tengo arreglo. Si es que no hay quien me aguante. Y las Musas en Alemania.