14 de julio de 1996. Hoy hace algo más de doce años que me dieron el alta en aquel terrible hospital del norte de Madrid. Hasta hoy no he podido o no he sabido escribir nada de cómo transcurre mi vida en la actualidad, no he querido hacerlo hasta estar bien seguro de haberlo conseguido... tanto es el miedo a una recaída y a volver a aquel infierno del alcohol, tanta es la inseguridad que me quedó dentro desde entonces, que aún hoy no estoy seguro de nada y si algún día seré capaz de volver a beber, tan fuerte es el poder de adicción de esta droga lenta y segura. Pero desde entonces no he vuelto a beber ni una gota y tengo esperanza de que sea algo definitivo, aunque como digo, y después de tanto tiempo, sigo recelando de mi mismo. Dicen que es bueno estar alerta. Después del alta todo ha dependido de mí, de mí y del equipo de psicólogos y psiquiatras que han seguido mi evolución con un programa de terapias semanales y revisiones médicas cada mes y durante dos años, después de mi salida del hospital. Los especialistas me grabaron a fuego en la cabeza, con métodos que entonces pensé eran agresivos, que esta enfermedad no se cura jamás, soy como la persona miope -me dijeron- siempre serás un miope, pero con unas gafas adecuadas, podrás leer sin problemas. El alcohólico es igual, yo soy igual, estoy recuperado pero no curado porque esto no tiene cura posible, eso significa que jamás podré volver a beber, y si lo hago, volveré a poner en funcionamiento todo el terrible mecanismo de la enfermedad, con todo los riegos para mi salud que eso conlleva. Si bebo una sola cerveza, habré perdido mis gafas y volveré al mismo sitio donde lo dejé, más temprano que tarde.
Ahora soy capaz de hacer algo impensable y que para muchos no tiene importancia, pero que para mi es algo básico: pasar por delante de una cafetería sin tener la necesidad de entrar, y en el caso de hacerlo, ser capaz de pedir un café o un refresco, en una sensación nueva que me llena de orgullo por lo conseguido.
Me gusta ese nuevo efecto de sentirme libre que
había perdido hace mucho. No me daba cuenta de lo que significaba pasear, o salir de casa sin tener que ir a tomar algo que me colocara necesariamente. He aprendido a hablar con la gente sin una copa como barrera separadora de los demás, puedo establecer un diálogo coherente con una mujer sin tener que beber previamente para asustar mi timidez congénita, si tengo que resolver algún problema, soy capaz de hacerlo sin que ningún licor inunde mis venas para infundirme valor. Aún hay algo más... puedo escribir y pintar como siempre he hecho sin tener la falsa sensación de ser más brillante cuando bebo. Era un error pensar que mi escritura era más fluida y precisa y mis pinceles, cargados del descubrimiento de un nuevo matiz, cuando tan sólo era una trampa de mi cerebro para inducirme a la bebida. Mis aficiones literarias o artísticas que siempre tuve, pueden ser buenas o malas, pero están creadas sin subterfugios y sin necesidad de verlas a través del color de una botella. Jamás pensé que fuera posible, pero ya no necesito ni quiero hacer trampas para creer que así son mejores. El alcohol puede que me hiciera más atrevido pero eso no me hacía mejor, y además, no era yo mismo.
Nada más salir del hospital, pasados uno o dos meses, ni me acordaba de que el alcohol existía y ya no me asustaba un futuro sin él, antes al contrario, lo deseaba, ahora sé que se puede vivir sin echar de menos sus efectos malditos. Después de tantos años de bebedor impenitente, no recordaba lo que era reír y divertirme sin tener el alcohol a mano, he recuperado aquellos amigos que me abandonaron cuando era imposible vivir conmigo, algunos de ellos los perdí para siempre cuando se fueron antes de tiempo. Al final tuve razón cuando pensé, hace muchos años, aquello de que "la muerte sólo les llega a los demás y que yo me salvaré..." pero no hay que tentar a la suerte, a punto estuve en aquellas cuatro noches de locura y delirio de morir, y no precisamente porque alguien quisiera incendiar mi cama o un enfermero quisiera cortarme los pies y las manos, durante mis visiones imaginarias.
He tenido suerte sin duda de haber sobrevivido a algo terrible, algo de lo que muchos jóvenes no se dan cuenta, del peligro que tiene el alcohol como único método de diversión, de la misma manera que yo no me dí cuenta en su momento de donde me estaba metiendo. ¿Qué me hizo a mi ser mejor que ellos para merecer la salvación? Será la suerte, o el destino escrito de cada uno, no lo sé.
Después de tanto sufrimiento personal y ajeno, al final me he quedado con un premio valioso: la vida me ha obsequiado con ella misma y me la he quedado para mi. Y esta, me ha ofrecido la nueva luz en los ojos de mi esposa, una mezcla de amor, agradecimiento, orgullo y esperanza. Lamentablemente, ya pasó el tiempo de llevar a mis hijos al parque como me pedían cuando estaban en la edad, pero si puedo darles todos los besos perdidos que se me olvidó dedicarles y que nunca les dí; en ellos veo cosas en las que nunca había reparado antes, y siento que aún estoy a tiempo de todo. No sé como pudieron, los tres, aguantar y aguantarme tanto. Por eso siento que estoy en deuda con ellos y que necesito pagarles todo el sufrimiento que les he causado, recuperando todo ese tiempo perdido junto a ellos.
Un día tuve que elegir entre mi libertad y el cementerio, y elegí la libertad. Es una palabra mucho más hermosa cuando se disfruta de ella con todos los sentidos. Y no me arrepiento de ello.
http://personales.ya.com/laemental/hospiqui.htm
www.tuotromedico.com/temas/alcoholismo.htm

Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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Ha sido un relato preciso y muy grafico, espero que abras consiencias con el.
salud y Paz