Urgencias del Hospital Psiquiátrico Provincial Camilo Alonso Vega. Madrid. 16 de abril de 1984. "Mis familiares, mujer, hermano y cuñado, me habían llevado a urgencias ante la posibilidad de presentar un cuadro de coma etílico grave. Supongo que aprovecharon un breve momento de lucidez para preguntarme si quería que me llevaran al hospital, debí decir que sí, no lo recuerdo, de hecho no sé nada de lo que ha pasado conmigo desde hace una semana, pero el caso es que aquí estoy.
Ahora sé que he pasado cuatro días atado de pies y manos a una cama, rabioso, con los correajes que deben utilizar para reducir a los locos peligrosos... yo he debido ser uno de ellos.
La habitación estaba acolchada y había una sólida reja anclada a una ventana que daba al jardín. No había muebles de ningún tipo, solo dos camas de barrotes forrados de goma, en la otra había una persona también sujeta, aunque solo por los tobillos y el torso, eso le permitía tener las manos libres para fumar sin descanso. Cuando acababa, me tiraba las colillas que rebotaban en la pared y caían sobre mi cama entre chispas incendiarias. No estaba preocupado por ello, es más, me daba igual lo que hiciera conmigo el loco de al lado. Muchas veces veía arder mis sábanas y aunque gritaba desesperado nadie venía en mi ayuda.
Pedía y berreaba, lloraba sumido en la más absoluta demencia, suplicaba que me soltaran las ligaduras mientras me retorcía en la cama como un endemoniado, hasta que aparecía un hombre corpulento, siempre el mismo, que cubría su rostro con una bufanda negra, llevaba una especie de motosierra con la que comenzó a cortar las correas, pero también mis tobillos y muñecas, entonces la cama comenzaba a engullirme hundiéndome dentro del colchón entre un mar de sangre burbujeante y viscosa que me cubría por completo. Me estaba ahogando en mi propia sangre y cuando intentaba nadar para salir a la superficie, alguien me ponía el pie sobre la cabeza y me impulsaba hacia las profundidades. Lloraba de angustia y gritaba desesperado ante lo inevitable de una muerte que a nadie parecía importarle, estaba sólo y era consciente de mi agonía en la más completa soledad, con un loco que trataba de incendiarme la cama y a mí. No puede haber sensación más insoportable que la de ser consciente de su propia muerte como lo era yo en ese momento de tremendo delirio..."
21 de abril. Paseo por los pasillos repletos de hombres y mujeres delirantes y a medio vestir, andan tan deprisa por los corredores que parecen que van a alguna parte, que tienen algún destino, pero este se acaba cuando llegan a la pared del fondo, entonces regresan sobre sus pasos perdidos y titubeantes.
Durante el día me están atiborrando a pastillas que me tomo sin protestar, ansiolíticos, vitaminas, protectores hepáticos y mucho Tranxilium de 15 mg. que me seda y me relaja. Parece que floto y casi no siento mi cuerpo, como si yo no estuviera dentro de él.
Mientras camino hacia ninguna parte inducido por la inercia de los demás, pienso como empezó todo, pequeños flashes iluminan mi mente haciéndome recordar situaciones pasadas, como aquel día en que me apoyé en la tabla de planchar, excesivamente cerca de la plancha encendida, y no me enteré de que me estaba quemando el trasero hasta que mi mujer vio el humo a mi espalda y me avisó. Al principio podía caer hasta simpático por cosas como esa, entonces sólo era un vicio pequeño, una costumbre, una moda como fumar o comer en exceso la lasaña de bacalao y gambas que tanto me gustaba, con una copa de vino blanco helado. Pero luego todo se fue complicando hasta convertirse en una enfermedad crónica y peligrosa. Recuerdo con especial amargura el día que me desperté tirado en el suelo de una de las estaciones del metro, cuando abrí los ojos alertado por pisadas y murmullos, me vi observado por cientos de personas que pasaban por encima de mí, camino de sus trabajos. No sé como puede escapar de allí indemne de vergüenza, ni como llegué a mi casa con la cara sucia de polvo y vómitos resecos. Me pregunto como pude llegar a eso y como he podido llegar hasta aquí, si el drama sólo se dibujaba para los demás, nunca para mi.
Estoy aturdido y acobardado por la situación, aunque he recibido mi primera visita familiar y he sentido su apoyo incondicional, sobre todo de mi mujer, quizás por eso me encuentro tranquilo y deseoso de salir de aquí. Pero para eso aún falta bastante tiempo. He preguntado por los niños, para ellos estoy de viaje, claro. Les digo que no echo de menos el alcohol y que me van a incluir en un programa de rehabilitación, algo así como un programa de recuperación de la especie, aquí mismo, en el psiquiátrico. Ellos ríen mi ocurrencia, y noto el alivio en sus caras cuando les digo que aunque nunca he estado en un psiquiátrico y estoy algo asustado, he dicho que sí. Ellos demuestran su alegría por mi decisión y yo, por primera vez en mucho tiempo, me siento bien, en paz conmigo mismo, con ellos y con la sociedad.
Las horas de las comidas son especialmente traumáticas, los enfermos se tiran trozos de pan que vuelan por encima de las mesas y a veces, hasta los vasos de agua y la comida. Nunca mejor dicho, es una locura mi permanencia aquí, pero yo no soy mucho mejor que ellos, aunque mi comportamiento es educado y comprensivo hacia los demás, tengo momentos de nervios incontrolables y me vuelvo agresivo de repente, tal vez por la falta de alcohol que aunque no echo de menos, quizás sí mi organismo. Por primera vez empiezo a separar lo que es mi dependencia física de la psíquica.
Para calmarme, me introducen en una pequeña habitación pintada de verde, tampoco hay muebles, sólo la omnipresente cama de donde cuelgan los correajes para atarme, al verlos me tranquilizo repentinamente, les digo que ya estoy bien, porque me acuerdo del que apagaba los cigarrillos sobre mí, y no quiero volver a pasar por eso; sobre las paredes no hay conmutadores de luz, ni enchufes eléctricos, nada con lo que pueda autoinmolarme atentando contra mi vida que en ese momento, no vale nada para mí. Me dan medio vaso de agua y una aspirina y...
No sé que contendría el vaso o si la Aspirina realmente lo era, pero he debido de dormir toda la tarde y noche, aunque me he levantado con un terrible dolor de cabeza, probablemente producido por la droga administrada. Me dan una pastilla y la miro con recelo, la enfermera, grande y mastodóntica como un luchador de sumo, ha debido adivinar mi pensamiento y me sonríe, me dice que esta sí es una Aspirina. Es la primera vez que alguien me sonríe desde que estoy encerrado y le agradezco profundamente el detalle tomándola de la mano para sentir su tacto y su calor, a continuación y sin saber por qué, mis ojos se inundan de lágrimas de agradecimiento.
Es inaudito, ella me acaricia la cabeza y los hombros mientras me dedica palabras de tranquilidad; el cariño con el que me trata contrasta con el gran tonelaje de su aspecto y su cara abotargada de grasa; no sé cual será la razón, pero nunca hubiera pensado que tanta humanidad (o tal vez por eso), pudiera poseer tanta ternura. La hubiera abrazado de necesidad, pero solo me atrevo a tomarla la mano y besarla, empapándola de lágrimas, babas y mocos.
Mientras paseo por los brillantes pasillos, me encuentro a Leopoldo María Panero, ensayista y poeta maravilloso que recuerdo haber leído en alguna ocasión y que se pasó media vida encerrado por comunista recalcitrante y en el psiquiátrico por alcohólico contumaz. Lleva los ojos hundidos, el puente de las gafas pegado con papel celo y estas colgando de la punta de la nariz, el pelo hacia atrás, mojado con agua que le chorrea por una cara azafranada, delgada y sin afeitar; los dedos de la mano izquierda están amarillos, casi negros de nicotina; en la derecha, varios libros delgados cargados de poesía, pegados al pecho, entre sus páginas, aparecen gran cantidad de papelitos separando hojas sobadas y sucias; la bragueta desabrochada por donde asoma parte de su camisa y, sin pudor, un pene flácido y colgante. Pide tabaco a todo el que se cruza en su camino con una voz de taberna, a pesar de llevar un cigarrillo encendido entre sus dedos marrones y adivinarle una cajetilla en el bolsillo de su camisa blanca que lleva abotonada hasta el cuello. Se le nota la cultura amplia cuando habla, en ocasiones enfrascado en una delirante conversación con si mismo y contra la pared; pero su instinto le avisa de que le estoy observando y gira la cabeza hacia mi, me mira y comienza a hablarme de Viriato, de Ulises, y de Tales de Mileto, que dice ser la actual Turquía, de Anaxímedes y de Parménides, en una prosa incontenible que no soy capaz de seguir.
Gracias a él, quince días después del comienzo o del final de todo, recuerdo que los libros siguen existiendo para todos y una ansiedad de lectura se apodera de nuevo de mi. Pero he aprendido a no demostrar mis obsesiones y mis necesidades y a no pedir las cosas con vehemencia; si notan que deseo algo, sería motivo más que suficiente para que me lo nieguen, y se a donde conducen la insistencia, el arrebato o la euforia: a la habitación verde o a la del loco incendiario, al que vi días más tarde paseando, tranquilo, por los corredores, sin reconocerme.
Todo o casi todo en este hospital es transitorio y equívoco: el individuo que parece peligroso y criminal días atrás, es ahora un ser humano tranquilo y nuevo como yo.
Pido a un enfermero por la posibilidad de que me preste un libro, me pregunta que para que lo quiero. Es verdad que en ocasiones hay más locos fuera que dentro. Cuatro o cinco horas más tarde y cuando había perdido toda esperanza de que me trajesen uno, otro sanitario me trae un par de libritos delgados, con un número pegado con celo al lomo: "Los mandamientos del alcohólico" y "Normas para el ingreso en la Unidad de Deshabituación Alcohólica". Pregunto si hay algo más y me contesta que eso es todo lo que puedo leer, por ahora. Y que me prepare, porque esta tarde me van a trasladar a la Unidad de Deshabituación.
No tengo nada que preparar, no tengo nada que me pertenezca a excepción de dos cajetillas de tabaco y un encendedor, todo lo demás está prohibido.