C.I.R. Nº 1 de El Pinar de Antequera. Valladolid. Noviembre de 1970. Hace frío esta mañana. Como de costumbre las cañerías se han congelado y es imposible asearse, ni tan siquiera caen unas pocas gotas para humedecernos los ojos o lavarnos la cara y las manos, todo eso se convierte en una utopía, una fantasía irrealizable, un lujo del que sólo podemos disfrutar bien entrado el día, cuando el sol ha descongelado tuberías y corazones.
Antes del desayuno nos hacen formar con el traje de faena frente a la nave donde dormimos, una especie de loft gigantesco en donde no se ve el final del barracón, sólo para informarnos que vamos a salir de "excursión" a los patios y recoger, a mano, las hojas que han sembrado los árboles el día anterior. Somos mano de obra barata al servicio de la Patria. Las manos duelen y los dedos se agarrotan por la crudeza de una temperatura de invierno aunque aún no lo sea y a la que no estoy acostumbrado. Más vale que lo haga pronto. La niebla es tan densa que parece que se puede coger y el frío tan intenso y húmedo, que empiezo a acumular una especie de rocío en un mostacho incipiente que he empezado a dejarme crecer.
Pero en el fondo nos da igual padecer tanto frío. Eso nos da pie, primero, para encender un Celtas corto con la escusa de calentarnos las manos con él y que naturalmente nos fumamos en ayunas. Y segundo, para sacar la botella de vino que el día anterior hemos rellenado de coñac en la cantina del cuartel y que hemos pagado entre unos cuantos. La lleva el más delgado oculta entre la cinturilla del pantalón y la chaquetilla, alguien lo suficientemente flaco como para que no se note el frasco entre sus huesos y la ropa. También en ayunas, le damos a la botella unos tientos furtivos y apresurados, escondidos tras los pinos o sentados tras las pequeñas mesetas de hojarasca que hemos ido amontonando con los pies. Aturdidos por el alcohol, creemos calentar el cuerpo y esas manos ya bermejas o azules de frío.
No me siento bien conmigo mismo por alguna razón, tal vez a ellos les pase igual pero nadie dice nada y seguimos bebiendo y apilando hojas secas en una tarea que parece no tener fin. Supongo que por ese malestar en mi conciencia, les digo que he leído en un libro que está científicamente comprobado que el alcohol por si mismo no calienta, antes al contrario, hace que al cabo de un tiempo se tenga más frío si eso es posible en esta zona despoblada de todo. Pero me responden que eso es debido al clima y a lo temprano de la hora, por eso hace frío, no porque bebamos más de la cuenta. Les digo que no, que por eso fallecen tantos indigentes en la calle durante el invierno. El alcohol produce una vasodilatación debido a que actúa sobre el centro termorregulador, lo que da sensación de calor momentáneo. Además, el exceso de alcohol produce relajación muscular y que todo eso unido, haga que el individuo se pueda dormir con facilidad a la intemperie y muera por hipotermia.
Que qué forma de hablar es esa... centro termorregulador, hipotermia, me dicen con grandes risotadas. Sólo he conseguido que se rían de mí y que me tomen por un pedante, así que los dejo por imposible y me sumo a la ronda de chupeteos.
Sospecho que eso del frío es simplemente la escusa para beber, y me temo que beberíamos igual si estuviéramos en pleno agosto.
"Aquello fue el germen de un problema que yo no supe ver ni atajar a tiempo. Nunca antes había bebido de aquella manera, probablemente por eso a mi me afectaba más que a los demás. Beber tanto y tan temprano me condujo más de una vez a la enfermería donde pasé noches enteras cayéndome por un abismo sin final, en la más absoluta indefensión de mí mismo... completamente borracho.
Pero ese inmenso error permanente, se acrecentaría aún más al creer descubrir que el alcohol me iluminaba el cerebro de tal forma, que incrementaba mi capacidad intelectual, y que era capaz de escribir con una brillantez que yo consideraba absoluta.
Lejos de culpabilizarme por mi comportamiento, me daban increíblemente la enhorabuena por el episodio vivido, sufrido más bien; los hombres tenían que beber y a lo que parecía yo era todo un hombre. Y me lo creía, me sentía especial, era admirado por los demás por hacer el imbécil y pasarme noches enteras en un inmundo botiquín de un cuartel, mientras los demás dormían cómodamente en sus camastros...".

Baco, el Dios del Vino. Caravaggio. 1573-1610