"Tampoco esta noche he dormido bien, me he despertado dos o tres veces como de costumbre; como de costumbre, la ansiedad anega mi garganta y ese leve aunque molesto dolor en el estómago me dobla sobre mí mismo como un embrión dentro del útero de mi cama negra. Una vez despierto, me invade la urgente necesidad de levantarme antes de la hora para calmar mis apetitos y esos temblores en las manos que solo consigo dominar con el alcohol. Tengo que comenzar a beber lo antes posible aunque el estómago me queme y me retuerza, es la única solución posible para apaciguar mi ánimo. Auparé hasta la boca la primera copa del día, a duras penas, como si pesara más de lo que realmente pesa, con las dos manos, una sujetando a la otra para que no se derrame ni una gota del preciado y a la vez despreciado licor, sin querer darme cuenta que lo que realmente pesa no es la copa sino lo que contiene. Imposible beber tranquilo con ese temblor apocalíptico, ese sudor que me empapa todo hasta que el elixir mágico me inunda el estómago quemado y famélico. Esa primera copa milagrosa actúa como una medicación para mi, es pura necesidad física, no así las demás que sólo son inercia, costumbre y protocolo.
Sería feliz anclado a un cordón umbilical, permanentemente conectado a una botella de güisqui o de cualquier cosa con contenido alcohólico y no sería suficiente, aún necesitaría más. No sé si soy yo o mi cerebro quién reclama una dosis constante. ¿Pero quién soy yo? ¿soy un cuerpo o un cerebro? ¿Quién me demanda esta locura diaria?
Soy un esclavo del alcohol porque he de levantarme sin que haya sonado el despertador para tirarme a la calle y buscar el primer bar, incluso tengo que esperar en la puerta como un mendigo que espera una limosna, suplicante, agitado, hasta que abran, incapaz de dar un paso más hasta que no me sirvan, rápido.
Soy un esclavo porque me he convertido en un animal de costumbres fijas, soy una rutina dentro de una rutina que he de seguir diariamente, todos los días las mismas copas, a las mismas horas, buscando las mismas sensaciones, los mismos efectos. Porque yo ante todo busco el efecto que me produce el alcohol, no esa sensación agradable de bienestar que me producía al principio, cuando sólo bebía de vez en cuando, con los amigos, cuando era un bebedor social. Ahora bebo sólo, no necesito a nadie, antes los amigos eran la escusa, la coartada perfecta a mi inclinación. Ahora todo es distinto, necesito todo mi dinero para mí, para alimentar la afición, la aflicción y la pena que me produce el efecto que busco. Antes, con dos o tres copas me sentía ligero, flotaba por el espacio, creía ser alguien importante, desaparecía la timidez... huía de la realidad como huyo ahora de la gente para estar sólo, beber sólo, en compañía de mi única amiga la botella, triste, deprimido y olvidado.
En el alcohol todo es hábito y rutina. Todos los días sigo los mismos pasos que el día anterior, en una especie de tradición que me aleja de un estilo de vida coherente, de eso que llaman calidad de vida. Somos los mismos personajes, a las mismas horas, coincidiendo con regularidad matemática.
Hace bastante tiempo que no como en condiciones, hace bastante tiempo que no como, todo se lo lleva por delante el alcohol, esa maldita droga que el Gobierno y la sociedad toleran porque socialmente está bien ser "un poco" adicto al alcohol, pero no lo está serlo a la marihuana, a la cocaína o al tabaco. No saben que al alcohol es una droga tan dura y tan maldita como las demás, que mata a fuego lento. El Gobierno prohibe a la gente drogarse en público, fumar en sitios prohibidos, pero permite la existencia de establecimientos para drogarme todo lo que quiera con el alcohol, y la sociedad lo tolera pensando que es una droga blanda e inocua.
Si un fumador se fuma dos cajetillas diarias, uno expresa su horror ante el exceso; nos repelen las imágenes de los drogadictos agujereándose las venas sórdidamente tras una tapia insalubre, pero un individuo sentado cómodamente a la barra de un bar, trasegando güisquis, es una estampa socialmente permitida. Hasta suele caer bien el borrachín alegre y simpático.
Mientras bebo apoyado en mi rincón favorito del bar, lejos del escaparate de las cristaleras de la entrada, me oculto tras el periódico para disimular lo patético de mi primera bebida, ese temblor parkinsoniano que no desaparece hasta que no me tomo la tercera copa.
Luego todo se olvida, mi cerebro se siente reconfortado con las sucesivas oleadas de alcohol que llegan de golpe a través de mi quemada garganta, como un tsunami que arrastra por el desagüe todos mis remordimientos del día anterior y los que van surgiendo, una marea de sudores, dolores, temblores y mareos, se van camino del interior de mi organismo. Cuando la sangre transporta hasta mi cerebro esas gotitas que necesito, vuelvo a ser yo mismo, pero sé que una vez he tomado la primera ya no puedo parar, detrás vendrán todas las demás en una carrera suicida, pero así estoy bien, se acaba la timidez, la cobardía y los problemas desaparecen, soy otro, alguien distinto y nuevo... hasta mañana en que todo volverá a empezar como una ruleta de costumbre, y acabaré, como siempre, abrazado a una botella, dormido en el sillón de casa o en el peor de los casos, en un banco del parque.
Cuando estoy en el bar, me gusta ir contando las marcas que deja el baso sobre el mostrador en cada nueva consumición. Dibujo con el dedo una línea que une los círculos, primero sólo hay dos, más tarde consigo alinear cinco o seis, como en un diagrama de señales que dejan las naves marcianas al tomar tierra sobre los campos de maíz californianos. Tan loco estoy.
Sólo antes de levantarme de la cama, comprendo el verdadero estado en el que me encuentro, sé que algo debo hacer, ¿pero como combatir la ansiedad que me domina, esa boca seca, la lengua pastosa, las manos que parecen tener vida propia o no ser mías, y sobre todo, ¿como pasar el resto de mi vida sin beber una sola gota de alcohol? Es lo que me han propuesto y recomendado en mi primera y única sesión de Alcohólicos Anónimos. Esa perspectiva de no poder beber nunca más me asusta y horroriza y hace que huya hacia lo más fácil, o lo más difícil, o lo más cómodo, dar la espalda al problema y seguir bebiendo, cada día más, hasta que yo acabe conmigo en un suicidio lento pero inexorable.
Antes de levantarme suelo tener las ideas un poco más claras y la mente algo despejada a pesar de las angustias y temblores a esta hora de la mañana. Si el malestar no me lo impide, recuerdo cómo y dónde empezó todo, sé cual es el problema, y comprendo que no soy culpable del todo; al menos, no el único culpable, pero como salmodiaban en Alcohólicos Anónimos, al menos me siento responsable de cambiar todo aquello que puedo cambiar..."