No tengo plan alguno de evasión, ella no deja resquicio posible por donde yo pueda escabullirme, lo controla todo, maneja la situación con solvencia profesional, es autosuficiente y eso me da cierta tranquilidad, sé que cuando vengan situaciones difíciles no va a perder los nervios, pero me pregunto, si en el caso de conseguir escapar, seré capaz de delatarla. Pensar por un momento en que sus huesos exquisitos se puedan pudrir en la cárcel me exaspera e irrita porque sé que esto tendrá que acabar algún día, para bien o para mal, y cuando eso suceda, sea cual sea el resultado final para mí, ella acabará entre rejas o en el peor de los casos, abatida por los disparos de mis libertadores. Muerta. Malditos libertadores.
Este final que me sé no me gusta para ella ni para mí, así que tengo que buscar otro más amable que nos siente mejor a los dos...
No he que buscar mucho ni esperar demasiado. La posible solución no se hace esperar: de repente y con estrépito, abre y entra en el cuarto violentamente, está agitada, sus ojos desencajados, su pecho sube y baja con violencia de volcán enfurecido, mientras que yo, con un susto espantoso que me apuntala el cuerpo, me he puesto de pie de un salto sobre la cama, alejándome de ella todo lo que dan de sí las esposas, como si aquel fornido toro teutón picasianoguernikano hubiese entrado en la habitación.
-¡Están ahí, están ahí! -grita mientras se abalanza sobre mí.
-¡Joder...! ¿Quién está ahí? -pregunto entre sorprendido y asustado al verla por primera vez fuera de sí... a excepción de aquella noche.
-¡Ellos, son ellos...!
-¡Ah, ellos...! ¿y quién coño son ellos? -pregunto de nuevo cada vez más alarmado mientras apoyo la espalda en la pared para escapar de ese demonio en el que se ha convertido mi dulce secuestradora.
-¡La he tirado... he tirado la pistola al pozo...! -dice sin hacer caso a mi pregunta mientras me libera una de las manos y se esposa la suya a la que queda libre, pasando luego la corta cadena a través de uno de los barrotes de la cama.
-¿Pe... pero qué pasa? -pregunto sin saber, obviamente, que sucede. Ella no contesta, sigue atareada obsesivamente en cerrar las esposas sobre las muñecas de ambos y se ha metido la pequeña llave en la boca.
-¿Qué haces? -vuelvo a preguntar. Nunca antes la había visto tan desencajada y no sé la razón de haberse esposado a mi.
-¡Calla, calla! -me dice por toda respuesta-. ¡Escucha..., creo que la policía está ahí afuera, te ruego, te suplico que no me delates, ya te lo explicaré todo más tarde..., la pistola era de fogueo, jamás intenté hacerte daño...
Un estrépito de puertas derrumbadas y gritos de alarma se oyen arriba. No sabía que hubiese un piso sobre mí, nunca oí sus pasos...
-¡Sólo tienes que decir que nos han secuestrado, a los dos..., te compensaré por ello, te lo juro... por favor...! -me ruega con la súplica enmarcando sus ojos marinos. ¿Cómo negarme?
La urgencia hace que la conversación se desarrolle con rapidez y que la mente gestione soluciones a velocidades impropias de mí.
-¡Vale, vale, tranquila, pero...! -intento tranquilizarla pero ella sigue con su discurso incontenible.
-¡Han sido tres personas... tú dices que han sido tres... y que nos metieron en un coche y... y no necesitas saber nada más, no necesitamos saber nada más!
-Te encontrarán la llave... -abre la boca y sobre la lengua rosada, aparece la diminuta llave.
-Si entran me la tragaré, pero si pasan de largo, será la única forma de abrirlas y salir de aquí.
-La única forma de salir para ti, porque si pasan de largo yo seguiré encerrado. Además, ¿por qué iban a pasar de largo?
-Puede que no sea la policía, van de paisano, en cualquier caso, te prometo que no te volveré a encerrar, te lo prometo, confía en mí.
-Por cierto, ¿no debería saber tú nombre?
-Mmmmmm... sí, eee... Eva, llámame Eva.
-De acuerdo. Eva.
No me quedo muy convencido de que ese sea su nombre real, pero no es eso lo que más me preocupa en este momento. ¿Cómo vamos a explicar que nuestro calabozo se encuentre abierto? ¿Quién va a creerse que los secuestradores, antes de escapar, han perdido el tiempo en abrirnos la puerta? Y en ese caso, ¿por qué hacerlo, si es de suponer que nos liberaría la policía?
Los inminentes pasos de los agentes se oyen ya al otro lado de la habitación lo que hace que Eva entre en un estado de suma excitación; cuanto más cerca están de nosotros, más intranquila y agitada se muestra ella.
-Tranquilízate -digo acariciando su pelo luminoso y revuelto con la mano que me ha dejado libre-. Todo saldrá bien, ya lo verás -le susurro cerca del oído en el último momento; tentado estoy de besarla en el cuello que amanece terso bajo el alboroto del cabello casi albino en esa zona, mientras el aroma de su cuerpo me embriaga hasta la locura. Aquel perfume que me iba a servir para inculparla, me devuelve el recuerdo agridulce y sublime a la vez, de aquel contacto fallido de su piel contra mi piel. Un primer acto de una obra inacabada que es preciso retomar en otro momento y tal vez, en otro país.
Yo estoy dispuesto a seguirla a donde quiera que sea, donde ella me diga, si todo este lío acaba bien y ella me acepta. Mi imaginación vuela con ella como Peter Pan y Campanilla hasta su país de procedencia en el norte, que bien pudiera ser Suecia, donde sucedió por primera vez, aquello del maravilloso Síndrome de Estocolmo.
NOTA. En el 1973, cuatro empleados de un banco en Estocolmo, Suecia, fueron tomados como rehenes a punta de pistola por dos asaltantes. Encerrados junto a sus captores en la bóveda del banco durante seis días, los cuatro cautivos desarrollaron una afinidad tal con los dos criminales, que se resistieron a los intentos de ser liberados, intercedieron por ellos ante el primer ministro sueco Olof Palme, se negaron a testificar en el juicio e incluso ayudaron a costear los honorarios del abogado de la defensa. Al momento de la liberación, un periodista fotografió el instante en que una de las rehenes y uno de los captores se besaban. Desde entonces, el fenómeno sicológico del secuestrado que toma partido por su secuestrador (y que se haría aún más famoso con el caso de Patty Hearst y su posterior afiliación a sus captores al Ejército Simbionés de Liberación), se conoce como el "Síndrome de Estocolmo", y ha servido de base para la identificación de otros trastornos, como el Síndrome de la Mujer Maltratada.
www.elguanche.net/sindrome.htm
María Lourdes Santiago.
Vicepresidenta del Partido Independentista Puertorriqueño.

bueno, Rafael, es indudable que tienes buena mano para esto de la narrativa. En cuanto al relato, tengo que confesar que algo parecido me pasó hace 20 años y ahora ella es la madre de mis hijos ;)
benditas rubias!
buen relato,
y la secuestradora también muy buena, jejejeje
Es cierto, tienes arte para narrar.
Saludo.
¿También te secuestró? Je je.
Benditas rubias, morenas, pelirrojas, altas, bajas, delgadas, rellenitas, jóvenes y no tanto.
¿Qué sería de nosotros sin ellas?
Saludos
Hombre Fesnan, ya que me secuestro por lo menos que este buena, pero fíjate que tontuna, en lugar de tener una orgía con ella, voy y...
Gracias Uncultivador, pero si eso que dices fuera cierto, me habría acostado con ella, y sin embargo... ¡"Cachis", me da una rabia...! para una vez que liga uno...
¡Muuuy bueno Rafael!Hay humor, erotismo, suspense y mogollón de imaginación marca de la casa.