Lo último que yo hubiera podido imaginarme es que un día iba a ser objeto y objetivo de un secuestro, sobre todo porque nunca se me pasó por la cabeza que alguien pudiera tener interés en secuestrarme y menos aún, que yo pudiera enamorarme de ella. Pero todo eso sucedió, y mi secuestradora, que no era como las demás secuestradoras, aunque debo admitir que no he visto muchas, me secuestró, y yo, a modo de recompensa, me enamoré de ella.
Lo primero que me dijo cuando se acercó a mí por la espalda, y muy cerca del oído, fue:
-Te estoy apuntando con mi arma, sigue caminando, no te vuelvas, no grites, no te asustes, no te pasará nada, sólo camina y recuerda... te estoy apuntando, haz todo lo que yo te diga y no te pasará nada..., relájate..., tranquilo..., shhhhh...
Tenía la voz suave, dulce, oscura, algo ronca tal vez, con acento extranjero, nórdico creo, arrastraba las erres haciéndolas que se deslizaran entre la punta de su lengua y el cielo de su paladar.
Después del consiguiente sobresalto y quedarme paralizado, tenso y duro como una roca, ella me invitó a seguir andando con un suave y hasta amable empujoncito. Advertí entonces su aroma detrás de mi, fresco, incalificable, una fragancia cara sin duda. Nada que ver con la mía, lavanda fresca, indudablemente más barata.
Aún no había podido ver su rostro, todo lo más, cuando me detuvo y al volverme levemente por la inercia de la perturbación, pude ver algunas mechas de un cabello rubio que ocultaron sus facciones brevemente.
Después del susto inicial, las piernas me seguían temblando sin control y unas incontenibles ganas de orinar se habían apoderado de mí; a la vez, me dí cuenta que algo duro y amenazante se apoyaba en mi espalda, así que ante la amenaza del supuesto revólver, decidí hacer todo lo que me dijera. Me empujó hacía un coche aparcado, tenía el maletero abierto y las cuatro luces de emergencia conectadas. Vi el humillo blanquecino del ralentí elevándose al cielo por el tubo de escape, la condensación del combustible goteando y formando un charquito en el asfalto, cada elemento en una dirección distinta, pero no vi a nadie en su interior. Entonces me abrió la puerta y ella, colocándome la mano sobre la cabeza me ayudó a entrar.
Una vez en el interior me obligó a tumbarme boca abajo en el asiento trasero, me colocó entonces una amplia capucha negra y me ajustó, casi con amabilidad, unas frías esposas.
-No se te ocurra levantarte hasta que te lo diga, ¿de acuerdo? -dijo apoyándose levemente sobre mi.
Yo asentí con la cabeza, nervioso, incapaz de emitir un sonido inteligible, pero ella acercándose más, me volvió a repetir la pregunta, esta vez a pocos centímetros de mi cara cubierta:
-¿De acuerdo?
-Si, si..., de acuerdo -respondí creyendo haber notado en su voz, cierto tono de amenaza, lo que hizo que el deseo de orinar se instalara de nuevo entre las piernas.
-Bien... -dijo ella separándose lentamente de mí. Durante la breve conversación, volví a percibir de nuevo el delicioso perfume y hasta creí notar que sus senos se habían detenido sobre mi brazo y mi espalda. Pero la frialdad y la seguridad con la que hablaba me hacía pensar que estaba ante una profesional, tal vez sin escrúpulos.
No estaba para bromas y menos para saber si fueron sus pechos los que me rozaron, así que esa sensación se difuminó enseguida en cuanto el coche se puso en marcha después de cerrar el maletero, que sin duda había dejado abierto para indicar que el propietario del vehículo no estaba lejos. No conducía con agresividad ni iba demasiado rápida, lo sabía por el ruido del motor, desahogado y sin estridencias. Incluso me pareció oírla tararear una canción en voz baja, era evidente que estaba tranquila, como si supiera que nada podía fallar, lo que me hacía pensar que definitivamente era una profesional.
Eso me tranquilizó. "Sabe lo que se trae entre manos". Pero... "Si es una profesional y hay que disparar, lo hará". Y esto último me descolocó. No es bueno que lo secuestren a uno porque nunca se sabe la dirección que van a tomar los acontecimientos.
Desde que puso en marcha el vehículo hasta que lo detuvo y echó el freno de mano, aunque sin parar el motor, bien podría haber pasado media hora. Una de las ventanillas estaba bajada, noté el aire sucio de la ciudad que se introdujo durante el trayecto en el interior. Ahora olía a campo, a naturaleza, debíamos estar a las afueras de la ciudad. No demasiado lejos, oía debilmente el sonido líquido de unos aspersores de riego, y más allá, varios perros ladrándose entre ellos.
Instantes después, nos volvimos a poner en marcha tras el chirriar de unos goznes oxidados y el sonido metálico de una cancela al cerrarse. Condujo durante unos cinco minutos más y nos volvimos a detener, esta vez apagó el motor, sentí la puerta de su lado abrirse y cerrarse, y a continuación, se abrió la mía.
Me dí cuenta de la cantidad de sensaciones que adquiere el cerebro cuando se ve privado de alguno de sus sentidos. En ese corto espacio de tiempo había podido catalogar un buen número de olores y sonidos que en situaciones normales, me habrían pasado desapercibidos.
-Levántate -me ordenó con suavidad. Lo hice con cierta dificultad al tener las manos esposadas a la espalda. Ella me ayudó a incorporarme.
-Vamos -insistió.
Mis pasos torpes, indecisos, tanteaban la nada, un vacío confuso delante de mí, me dejé conducir por ella mientras sentía de nuevo el intenso aroma. Aquel objeto duro con el que supuestamente me había apuntado al principio, ya no lo notaba en mi espalda, tal vez era consciente de que no lo necesitaba, segura de sí misma.
"No olvidaré este perfume". Me dije. "Si alguna vez lo vuelvo a percibir, sabré que ha sido ella quién me ha secuestrado". Así que en cuanto me encuentre en libertad, acusaré a todas las mujeres que usen este perfume. Sin duda, en condiciones extremas los sentidos se afilan pero los pensamientos se embotan. En cualquier caso, sería un buen comienzo de investigación.
Me sorprendí de tener esos pensamientos cuando más bien debería preocuparme de mi futuro próximo, que era lo que me estaba pasando o que era lo que me iba a pasar. Debería saber calcular o clasificar con algún tipo de graduación de 3,5 a 8 de la escala Richter, el riesgo al que me estaba enfrentando y tratar de controlar ese miedo húmedo, ahí abajo.
Me detuvo. "Hay una escalera..., diez escalones, el primero..., sube", me dijo quedamente, levanté el pie, tanteé y lo apoyé en el primer escalón, a continuación oí el sonido de una cerradura, varias vueltas de llave, otras tantas de un cerrojo, y por fin la puerta se abrió, silenciosa.
Olía a piedra antigua recubierta de hiedra, a leña quemada, a musgo, a madera vieja, sentía bajo mis pies el crujir de la hojarasca reseca que alfombraba la escalera. Un mar de sensaciones infinitas instaladas dentro de la capucha infame que me aislaba del mundo.
Terminé de subir los últimos peldaños y ya en el interior de la casa, una bofetada de aire denso y viciado nos recibió; después, me hizo sentarme en una silla y cerró tras de sí, dejándome en el más absoluto de los silencios.