Viernes, 6:45 horas del 10 de julio de 2014.
Titititi... titititi... titititi...
"Vaya, ahora que había conseguido quedarme dormido..."
Los números luminosos, verdes, se asomaron parpadeando en la esfera del reloj acompañados de la alarma como una sentencia inexorable, pero no era la señal de emergencia, ni el consiguiente aviso de levantarme de la cama, caliente, acogedora, lo que me preocupaba.
"Hoy me jubilo. No, eso no es cierto, lo correcto sería decir que me jubilan. No sé si a la fuerza o contra mi voluntad... ¿pero qué estoy diciendo...? Tiempo libre es lo que he deseado con vehemencia toda mi vida para poder hacer todo aquello que se me ha negado por estar trabajando para otros, a cambio me han dado dinero como una prostitución admitida y tolerada. Ahora es mejor porque no tengo que verle la cara al pagador como antes, no me da el dinero en mano como en una vulgar transacción. Ahora cobro en un banco, (que a su vez me cobra por tener mi dinero, que ellos a su vez utilizan para sus negocios sin pedirme permiso). Si no quiero verle la cara al cajero, saco el dinero en el otro cajero, este automático, pero también me da los buenos días y se despide de mí, y me llama señor, como los de dentro.
Pero la jubilación..., no es lo mismo que me jubilen que tener tiempo libre, como no es lo mismo tiempo libre que ocio.
Me asalta la duda de no saber si he trabajado para poder comer a diario por lo menos dos veces, o para acumular años para cuando llegue este día, tener una pensión, dicen algunos, digna, añaden otros. Una pensión, no un hotel de dos o tres estrellas, sino una humilde pensión. Espero que no me echen de ella antes de tiempo.
Hoy, por fin, he terminado con mi último madrugón laboral, no estoy seguro de querer volver a madrugar, pero tampoco lo estoy de lo contrario. Podré madrugar para ir a pescar, si encuentro río con agua suficiente para hacerlo; para ir a esquiar a la sierra si supiera esquiar; podré levantarme temprano, si quiero, para ir a tomar café, como siempre, a las ocho de la mañana, y así, tener todo el día libre para hacer lo que quiera.
Cada día me cuesta más trabajo ponerme los calcetines y los zapatos, tendré que pensar en comprármelos sin cordones.
Un oscuro futuro se abre ante mi como un barranco sin fondo. Me da vértigo mirar hacia delante, es como mirar hacia abajo al borde de un acantilado. Algo incierto, vago, inquietante.
¿Me pregunto si me habré merecido ese reposo dorado que dicen, o todo tendrá un regusto amargo y añejo a partir de ahora? ¿Cuándo empezaré a ser viejo, desde hoy o cuando yo quiera? ¿A partir de ahora, ya soy un anciano, o sea, me jubilan y ya estoy viejo? No sé como será eso, nunca me han jubilado, no sé si esta noche cuando llegue a casa y me mire al espejo, notaré el peso de sesenta y cinco años de golpes sobre mí, un peso muerto como el saco terrero de un legionario. Algo así como en noche vieja, que en cuanto me tomo las uvas y el cava, espero una vida nueva, pero luego todo sigue igual.
Me da miedo pensarlo, algunos antes que yo, en un grotesco e irónico guiño de la puta vida, se han muerto enseguida, incluso el mismo día o el día antes.
Tal vez por eso tenga miedo, porque me conozco de que percal está hecho este negocio y no quiero morirme tan pronto, aún no.
Últimamente me cuesta trabajo levantarme por las mañanas, tanto o más que calarme los calcetines y no digamos anudarme el cordón de los zapatos, pero hasta ayer tenía los días ocupados y por las noches descansaba bien, aunque me despertaba de madrugada pensando en este día, en hoy, inquieto, atormentado ante lo desconocido. Pero hoy no, aunque me he levantado con sueño por la mala noche, hoy estaba casi despierto, esperando que sonara el despertador. ¿Qué voy a hacer ahora con él? Él también se jubila aunque no lo sabe.
Siempre me ha dado miedo aquello que no conozco, lo incierto, por eso me da pavor la muerte, porque nunca he estado allí y no quiero ir. No se tiene que estar bien en un lugar tan frío, tan solitario, rodeado de podredumbre y humedad. Y sin poder escribir ni leer nada. ¿Por qué me dará por pensar en Ella con tanta insistencia últimamente y precisamente hoy?
Dios, que rápido ha pasado todo, y que largo y tortuoso el trayecto; sin embargo, todo me parece que ha sucedido con mucha rapidez. Incongruente, eso es lo que soy, un incongruente.
Recuerdo los guateques de los 60, era tan joven que me duele recordarlo. Nunca supe bailar, por eso no me gustaba, y me sigue sin gustar porque sigo sin saber. Sólo lo hacía con ella, la que siempre fue mi mujer..., bueno, mi mujer no, mi compañera, quién me padeció, paciente, mis pisadas involuntarias y torpes sobre sus pies, mientras Elvis me lo ponía difícil si quería imitarle para impresionarla, descoyuntando mis caderas con su "Rock de la cárcel". Con "Love my tender..., love me sweet..., never let me go...", me defendía bien. Los pisotones no importaban entonces, ni nos dábamos cuentas de nada. Sólo el beso largo, húmedo, y mis gafas empañadas de templados vapores de emoción.
Cuanto la echo de menos, ahora más que nunca la echo de menos aunque ya no sé si la quiero después de tanto tiempo... Jamás la perdoné que me abandonara, casi sin avisar, en dos meses, algo rápido, aséptico, ni se enteró de lo que pasaba, mejor para ella, pero no para mí que no me dio tiempo a preparar su ausencia vertiginosa. Aquella Dama Negra de la que antes hablaba como en un presentimiento, se la llevó cuando más nos amábamos. No sé como pude seguir sonriéndole a la vida y a mi mismo, sin doblegarme ante lo cruel de la existencia, sabiendo que jamás volvería a verla. También esa Dama me llevará a mí, pero hoy no.
Las pocas mujeres que han pasado por mi vida me han dejado una honda huella. Dolorosa huella, una herida como un tajo certero en mitad del corazón y del alma, por unas u otras razones, todas se han ido. Siempre ha sido así. A ella se la llevó Ella, las demás se han ido solas, supongo que aburridas, no lo sé.
No es muy correcto que sea yo quién lo diga, pero a mi entender, creo que he sido buena gente como se dice ahora, y respetuoso, y comprensivo con mi pareja, con las que he tenido, pero eso no basta, además de todo eso hay que tener una chispa de suerte. Como no sólo hay que saber pintar o escribir para pintar un cuadro o escribir un libro o un poema de amor, hace falta algo más que saber, tener ese punto de genialidad para triunfar. Una chispa. Aunque sea de suerte.
Ahora podré hacer todo aquello que tuve olvidado durante tantos años de trabajos forzados, aquellas aficiones tan solitarias como yo mismo. Con ellas añadiré más soledad a mi soledad, más silencio a mi silencio, más silencio, más silencio..., pero hoy no, eso será mañana..."