En uno de esos días grises y anodinos que a veces nos ocurren al mejor de los mortales, de esos días en que no se sabe muy bien si se juega en casa o en campo contrario, salí hacia el centro sin tener la menor idea para qué. No crean que ir al centro es pasar un rato con una hetaira, no soy muy dado a esas confrontaciones carnales, las pierdo todas, ir al centro es ir al centro de la ciudad, a la vorágine y al caos, nada erótico como ven sino todo lo contrario.
Antes había enumerado en casa todas la posibilidades posibles para el día y ninguna me satisfacía, si me quedo en casa me aburro y si salgo me come la ciudad, así que se imponía la improvisación, la aventura del a ver que sale. Sé un sitio que ponen unas alcachofas rellenas riquísimas. Me encantan las alcachofas rellenas, son como huevos de pascua con sorpresa, hay que ir desnudándolas poco a poco, hojita a hojita, hasta llegar al centro, al corazón, el caldo escurriendo por los dedos, por los labios. Eso sí que es erótico.
Y como mal menor, siempre está el socorrido bocadillo de calamares y unas cervezas solitarias en la plaza Mayor y para casa. Como ven, algo apasionante. Un día tonto, ya digo.
En cualquier caso mis opciones pasaban por uno, atracarme en un restaurante; y dos, atracar unos grandes almacenes con mi tarjeta de crédito. Ambas situaciones me asaltan frecuentemente cuando mi depresión pre primaveral recién estrenada me atraca sin avisar.
Como la tarjeta andaba ya con los lomos despellejados de tanto entrar y salir del cajero automático, opté por la primera opción, no por ello menos cara. Eso de meter y sacar la tarjeta sí que es erótico, sobre todo si me sale el papelito con saldo suficiente y el dinero asoma con timidez por la rendija milagrosa, es como frotar la lámpara maravillosa de Aladino, pero con número secreto. Pura magia.
Así que sin pensármelo demasiado busqué un buen restaurante, y encontré uno con buena pinta cerca del Botánico, lugar idílico y romántico, repleto de jardines y fuentes que al atardecer me transportaron a la frescura de un oasis. Parece mentira que en pleno Madrid, exista este remanso silencioso de paz... es como el Convento de las Descalzas Reales, al traspasar la puerta maciza de roble tachonada de clavos, a uno se le vienen encima todos los siglos pasados y se encuentra directamente en el XVI, otro mundo de silencio y recogimiento donde esperas encontrarte en cualquier esquina con Carlos I..., e Isabel de Portugal, después.
Cuando me presentaron la carta me temí lo peor, se me aflojaron las canillas y me llamé de todo por meterme en un sitio donde hay que aprender a comer, para poder comer, si encontrara donde está ubicada la comida dentro del plato. ¡Como echaba de menos mi vulgar bocadillo de calamares! ¿Pero quién me mandaría a mi? ¿Qué hago aquí sentado? Fueron algunas de mis preguntas al terminar de leer la carta, lo mas anti erótico, sobre todo cuando no se tiene dinero.
Veamos:
Espuma de calabacín aromatizada con hongos........................................................................60 euros
"¡Joder!"
Arroz con semillas de amapolas y granos de trigo germinados al vinagre blanco.............................................................75 euros
"¡!"
Merluza sobre cama de cebollas al aroma de una trufa...........................................................................90 euros
"¿?"
Orejas de bacalao con salsa de puerros caramelizada.............................................................. 75 euros
"Menos mal que sólo son las orejas, anda que si ponen la cabeza entera..."
Entrecot de vaca con salsa al nitrógeno líquido...,
No quise leer más, con lo caro que debe estar el nitrógeno líquido, así que preparé una salida airosa, delante del camarero, el somelier, el metrê, el cocinero, el pinche, el adelantado de cocina y 25 comensales y comensalas que me miraban, cada uno desde su puesto de mando en la atalaya, por encima del hombro, no sé si del suyo o del mío, sería desde el suyo sin duda, que está más alto. Debía de notarse mi cara de muerto de hambre, de pobre, de no ser de los suyos, porque ellos lo notan, saben quienes son los de su clase y quienes no. Y me miraban a miii.

"En cuanto miren para otro lado me levanto y me voy..."
-...¿Ha elegidó ya el señog?
-No, esto... eees que estoy esperando a una persona...
-¿Puedo pgepagagle un coctél, mientgas espegá el señog?
-Pues... no..., no, muy amable..., mu... muchas gracias... prefiero esperar. Gracias.
-Como guste, el señog.
Se parecía a Bono, lo juro. No sé por qué, pero a mi lo de señor me sonaba a rechifla, y su acento francés seguro que hacía más caro el menú.
De repente se me ocurrió la idea salvadora. Una llamada, eso es, una llamada al móvil, y me excuso diciendo que la persona que esperaba no puede venir, y que tengo que marcharme corriendo, así que... otra vez será. Lo siento. Gracias. Adios.
Metí la mano en el bolsillo y saqué el móvil, con disimulo, busqué el tono, lo preparé para hacerlo sonar con sólo apretar la tecla, y me lo volví a guardar. Encendí un cigarrillo, respiré hondo y apreté.
-Disculpe el señog, pego aquí no se puede fumag...
..."Palomitas de maiz, palomitas de maiz, dindondindondindondindondindondiiinnnnnnnnggg..."
-Perdón, lo siento, disculpe, me llaman... jeje... ¿Siii...? Sí..., sí..., sísí..., ¡vaya..., cuanto lo siento!, Sí, sí, ¡voy para allá! -dije, esto último elevando la voz para que se me oyera bien-. Bueno..., pues, lo siento, pero he de marcharme..., mi, mi acompañante se encuentra indispuesta, lo, lo lamento..., vendremos en otro momento. Adiós.
-Si me pegmite el señog, nosotgos también lo sentimós, señog, hoy ega un día, muy, espeçial paga nosotgos, usted haçía, el cliente numegó 10.000 desde la inagugaçión, y estabá, invitado pog la casa.
-¡Vaya, así que invitado, ¿eh?, ¿y cómo no lo ha dicho antes?
-Ega una sogpgesa, señog.
-Una sorpresa , ¿eh? Pues sí que ha sido una sorpresa... bueno, po... podemos venir otro día.
-El día ega hoy, no podeg seg, otgo día, señog.
-Podemos venir hoy a cenar si usted quiere, si seguro que se le pasa enseguida; vamos, estoy seguro que ya se le ha pasado del todo, ¿eh? ¿eh?
-¡Ega paga comeg... señog!
-¿Y una bolsita de plástico, no tendría una bolsita de plástico?
-¡Megde...!
-¡Y deje de llamarme señor!
-¡No me costagá ningún tgabajó, el señog, no es un señog, señog!
-¡Váyase usted a despiojar monos al Retiro...! ¡fils of "puté"!
-Como guste el señog; detgás de usted, señog.
-¡¡¡Aaargggg!!!
Es lo que yo decía, cuando no se tiene un plan definido, inventárselo puede no ser buena idea, aunque la aventura es la aventura. Pero si me hubiera salido bien...