Cualquier día dejo de escribir. Eso sería una mala noticia para mí. Una de las cosas por las que más lo sentiría sería por dejar de imaginarme esos sucedidos que nunca han sucedido pero que podrían suceder... (ahora debería decir: valga la redundancia, pero no lo digo porque quiero escribirlo así. Dicen que eso se llama "licencia literaria". Pues eso). Al menos ocurren en ese espacio reservado de mi cerebro donde viven la fantasía y la ilusión, es un sitio relativamente apretado y angosto en comparación con el resto de mi cuerpo. Demasiado barco para una maquinaria tan pequeña.
Me gusta pensar cosas bonitas, como cuando comienzo a dormirme, ya de madrugada, después de leer un buen libro, durante un buen rato; la historia que leo la hago mía, ¿por qué no hacerlo? El libro ya está pagado, es mío y puedo hacer lo que quiera con él y con los personajes que hay dentro, todo menos destruirlos como en Fahrenheit 451; y si me lo han prestado (cosa improbable porque me gusta que los libros que leo sean míos) cojo al personaje y lo desnudo para arrebatarle sus ropas y vestirme de él. Luego lo devuelvo todo, cuando acabo el libro... que palabra más hermosa, me gusta su sonoridad, sobre todo cuando la pronuncio en voz baja, libro..., libro. Es tan bonita como Paz o Libertad.
Pienso que cuando uno deja de imaginarse cosas o está muerto o le queda poco. ¡Que tontería! Hay muchas personas que no se imaginan nada y están tan sanas como una manzana, como una manzana sana, porque hay manzanas pochas que pudren al resto.
¿Hay que desechar las manzanas podridas de las que están buenas? Dicen que sí. ¿Hay que desechar a los enfermos de sida, a los locos, alcohólicos y drogadictos de los que están sanos, o hay que curarlos en vez de apartarlos y tirarlos? Yo digo que no. No sé, yo no me comería una manzana mala, pero si ayudaría con un poco de comprensión y cariño a esos enfermos terminales y olvidados.
El otro día, en una película española de los años sesenta, se decía que era malo imaginarse cosas, que no era saludable porque se huía de la realidad. Hay que ver la cantidad de tonterías que a mi juicio, se decían entonces en España por medio del cine. Sin hablar de la prensa amarilla del Movimiento, que esa si que... ¿Qué querría decir aquello de Prensa del Movimiento? no he visto nada más inmóvil que el inmovilismo de la España del Movimiento, valga la redundancia. Ni hay palabra más redundante que redundancia, ¿o es onomatopéyica?. La España del generalillo, un triste Capitán Beatty, comino con botas que no quemaba libros (no sé, no sé), pero los censuraba amputándoles hojas y cercenando párrafos, todo lo que no le interesaba a la cruzada, como un vulgar Mengele. Como si se pudiera cortar un trozo de Guernica por subversivo y verdadero, o el techo de Las Meninas porque ahí no había nadie pintado y además, estaba muy oscuro.
Yo creo que no hay nada malo en imaginarse historias y contarlas para que los demás disfruten con ellas, o no; es como si el oficio de escritor (que no es el mío, ya me gustaría), fuera perjudicial para la salud. Tal vez el peligro pueda estar en que en lugar de imaginarse historias y contarlas, uno se imagine cosas raras y se las crea, u oiga voces y ruidos; quedarse con todo eso dentro si puede ser peligroso.
En ocasiones pienso demasiado en la muerte, otras veces ni me acuerdo de ella. No sé que es más peligroso, pensar en ella o ignorarla. Dicen que cuando se está más desprevenido es cuando puede suceder. Quién sabe. Después de todo, que me puede importar la fantasía después de haberme muerto.
Es curioso, pero me duele más perder la creatividad que mi salud. Puedo soportar estar enfermo, pero que un día mi cerebro diga basta y se me acaben las historias, eso sería el fin. Tendré que consultárselo al psicólogo, aunque yo creo que en mi caso como la salud ya la tengo medio perdida, me aferro en volcar la creatividad en la escritura. Y eso es lo mejor que puedo hacer, mientras escribo no pienso, quiero decir que no pienso en otras cosas, no pienso en la estenosis de mi corazón, esa pelota de golf que se me encaja dentro, no pienso en los desajustes entre mi sístole y mi diástole; no pienso en ellas, esas tres mujeres incorpóreas y abstractas: mi soledad ya aceptada por fin y la muerte para cuando toque. Y la otra que siendo tangible no se deja encontrar, mi otra muerte dulce y obsesiva.
Sencillamente, mientras escribo no soy yo, soy otra persona con la única preocupación de encajar una frase dentro de una historia.
Soy los personajes que escribo y describo. Hasta la fecha y de forma totalmente gratuita, he sido lo que he querido ser: he sido la mujer de un Manolo imaginario para ver que se sentía siéndolo, y no fue fácil ni agradable ser la mujer de nadie y menos la de Manolo.
He sido Casillas, el guapetón portero del Real Madrid.
Estuve de safari, en Kenia, con Robert Redford, o con Denis F. Hutton. Gratis total.
Luego fui un astronauta perdido en una isla desierta, un Robinson moderno que en lugar de encallar mi barco, americé de mala manera la nave ultraplanetaria, ultrarrápida y ultramoderna. Después del susto inicial, me lo pasé de maravilla construyéndome la cabaña y mis pertrechos. Mi mundo aparte.
Como me gustó la experiencia, dos mil años más tarde me embarqué como tripulante de otra nave con todos los ultras habidos y por haber, una nave-tunning más moderna. Eso fue cuando el hombre pasó a ser un recuerdo conocido históricamente como "homo a tomar por culus".
Utilizando el "flash back", (teclado de mi ordenador), retrocedí en el tiempo en un vertiginoso viaje y me convertí en Ominotago, un cheyenne que estuvo presente en Little Big Horn y en Rodilla Herida. Ahí lo pasé fatal.
Para terminar, de momento, siendo nada menos que Leopold Bloom, un personaje de Joyce. Y aún seré más cosas.
No me digan que el proceso de escribir no da para mucho; he podido ser todo eso sin moverme del edificio donde vivo, sin salir del rectángulo de la pantalla de mi ordenador, ese díptico mágico donde creo los personajes y me los pongo.
Y si no tengo nada que escribir, leo en los personajes de otros, las historias que cuentan los demás para enriquecerme culturalmente. ¡Que frase más bonita me ha salido! Enriquecerme culturalmente.
Tampoco vendría mal enriquecerme con unos pocos euros. Cultura y euros, deberían llevarse mejor.
No sé a donde me lleva todo esto, a veces me pasa, que me pongo a escribir en un ejercicio de locura e improvisación sin saber como voy a terminar. Según avanzo en la escritura van sucediendo las cosas y el final comienza a asomar al fondo, se trata de que todo tenga una cierta coherencia y sea capaz de poner el punto final.
La mayoría de las veces, sin coherencia posible, pero como es gratis total.