El reino de la metáfora. (El hombre que vivía dentro de un libro)

Es seguro que los personajes nunca conocen al autor, aunque este si a aquellos, y eso no es justo. Como no lo es que los hijos no conozcan a sus padres, ni estos reconozcan a sus hijos.
Nunca me había fijado en él a pesar de conocerle de vista, de cruzarme con él entre las páginas de un libro, me había descrito numerosas veces con su pluma hasta que me dio la forma definitiva, pero no sabía su nombre, ni conocía su pasado ni su presente. Hoy me fijé en él por el libro que llevaba en su mano izquierda, junto al corazón, mientras se apoyaba con la derecha en un bastón...
Aquel hombre era delgado, más bien alto, de aspecto enfermizo. Podría ser un tipo corriente sino fuera por algunas peculiaridades que lo definían; podría decirse también que era alguien que pasaba desapercibido para la mayoría, aquellos que habitualmente nos cruzábamos con él. Precisamente por eso, por estar acostumbrados a verle, nos parecía un hombre sencillo, corriente. Tanto, que incluso en ocasiones ni tan siquiera reparábamos en él.
00:00 horas.
Llevaba sobre su nariz algo aguileña, unas gafas redondas de montura de pasta negra, que eran como un escaparate para los ojos que se le adivinaban miopes y enfermos, apenas una línea, más aún en el izquierdo que a veces se tapaba con un parche, tras los cristales. De cabello fino, oscuro, peinado hacia atrás, con un toque gris en las sienes. Debajo de la nariz, un leve bigote cano, recortado, apenas un guión sobre el labio superior; las orejas algo abiertas, atentas a cualquier sonido, ayudando a los ojos en su escasa visión, su rostro terminaba por el sur con una mandíbula algo prominente. Tenía todo el aspecto de un ratón de biblioteca.
Enormemente delgado, sus huesos apuntalaban un traje raído, brillante por el uso en la espalda y los codos; los puños blancos de una camisa de cuello almidonado, le sobresalían por la bocamanga de la chaqueta, ocultando las venas tortuosas en unas manos temblorosas. Por el bolsillo superior de la chaqueta, aparecían varios lápices de distinta longitud perfectamente afilados, y una brillante estilográfica negra, dispuestos todos a entrar en acción en cualquier momento. Sus abultados bolsillos laterales aparecían repletos de papeles asomando por el borde, escritos a lápiz con letra menuda y con algunos dibujos de líneas irregulares, componían las anotaciones de aquel hombre que continuaba con el libro apoyado junto al pecho.
12:00 horas
Para mí, que nunca me había fijado demasiado en él, el hecho de que portara un libro hizo que me sumergiese en la dicotomía de aquel individuo hasta ese momento casi inexistente para mí.
Me fijé en el título casi borrado por el roce de sus manos nerviosas, eso hizo que me acercara más a él en un intento desaforado de conocerle a través del libro. Al hacerlo, pude leer con alguna dificultad: ".ly...s", y un poco más abajo: ".am.. J..c.". La mayoría de las letras estaban borradas y en un principio no significaban nada aunque algo familiar se había apoderado de mi, como si reconociese mi propio hogar.
Pensativo y extrañado por las sensaciones, seguí observando a aquel hombre enjuto que parecía ensimismado en sus pensamientos.
Cuando me acerqué más a él, el olor del libro le rodeaba como en un círculo mágico, aquel aroma condensado me cautivó, había en el aire una mezcla de papel antiguo, tinta y polvo.
".ly...s. .am.. J..c.".
24:00 horas
La intensidad de mi mirada actuó en él como un reclamo volviéndose y entornando los ojos para enfocarme con más precisión.
-¿Nos conocemos? -dijo acercándose a mi con una sonrisa pícara.
-De vista, debemos ser vecinos..., o vivir muy cerca -contesté con lo primero que se me vino a la cabeza, sin saber muy bien que decirle al verme sorprendido por la insistencia de mi mirada inquisitiva. Seguía con los ojos entornados y al acercarse tanteando el suelo con el bastón, abrió un poco más los ojos como si me hubiera reconocido en ese momento. En su boca había un gesto burlón, como si él supiese más de mí que yo de él. Tenía la extraña sensación de encontrarme en franca desventaja.
-Nos conocemos -dijo moviendo afirmativamente la cabeza -. Lo que me extraña es que tú no me reconozcas -me sorprendió el repentino tuteo pero no me molestó en un hombre de aspecto respetable y que estaría en torno a los 40 años.
-Pues... no caigo, lo siento.
-Ya..., verás, tú vives aquí -dijo señalando con el mango del bastón el libro que llevaba -. Y has nacido aquí -dijo a continuación tocándose la sien.
-No le comprendo, perdone -contesté azorado al no entender que quería decir. "Debe estar un poco mal de la cabeza". Pensé.
-Bueno, no importa. Todos los jóvenes sois iguales. No creéis nada de lo que os puede suceder en un solo día. Como resulta que nos vemos frecuentemente, no me importa prestarte este libro, léelo y te conocerás a ti mismo mucho mejor; incluso, conocerás la materia de la que estás hecho. En el fondo, casi todos los seres humanos somos así..., yo me tengo que marchar ahora... Tengo algo de prisa por volver a mi biografía..., porque yo vivo en una biografía, ¿sabes?.
Me tendió el libro con una media sonrisa y comenzó a alejarse con la leve cojera que mitigaba su bastón.
Pensé que me había quitado a un demente de encima, sin embargo, esa opinión me dolía en el alma sin saber por que razón.
Miré el libro y le miré a él alternativamente, vi su caminar lento, dubitativo. No me parecía normal que a la edad que se le suponía, tuviera tantas dificultades para andar. Cuando volví a mirar el libro, pude leer con claridad en la portada y con letras doradas:
Ulysses. James Joyce. 1882-1941. Primera edición, París, 1922.
Volví a mirar a aquel hombre pero ya no estaba, había desaparecido, y era imposible que con su andar cansado, hubiera caminado tan rápido hasta desaparecer de mi vista.
Abrí el libro, en la primera página de papel artesano danés como el resto de la obra, aparecía una dedicatoria escrita a lápiz y con letra menuda. La inscripción decía así:
"A Leopold Bloom, por dedicarme 24 horas de su tiempo y por mirarme con insistencia, hoy. Recuerdos a Molly. Y a Stephen Dedalus.
J. Joyce. 1922".

Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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Andrés dijo
A ver si me animo y me lo leo, lo tengo en casa, recuerdo que empecé a leérmelo pero me aburrió bastante, me has despertado la curiosidad
16 Febrero 2006 | 06:23 PM