A ver si consigo hacerme entender sin meterme en un lío: Confieso que las mujeres me confunden como a algunos, la noche.
Me confunden porque nunca sé si van o vienen, si suben o bajan, algo así como lo que se dice de los gallegos, dicho esto con el mayor de los respetos hacia los gallegos. Quizá ahí radique su atractivo, me refiero al atractivo de las mujeres, bueno, y al de los gallegos también..., en fin, dejémoslo. Como decía, para mí las mujeres tienen un halo de misterio que las envuelve haciéndolas encantadoras... y misteriosas. Y no hablo de su inteligencia, que no es que sea superior ni inferior a la del hombre, pero si distinta, más sutil y refinada.
Pero me confunden porque ahora, en estos tiempos que corren ya no se me ocurre piropear a una mujer, aunque debo decir que casi nunca lo hice, más que nada por timidez, y porque no sabía que decirlas, soy un poco soso para eso. Desde luego, jamás se me ocurrió decirlas una ordinariez o algo que las humillara, a lo más que llegaba era a lanzarlas un timidísimo, insonoro, indoloro e insípido: "Guapa". Y luego sí, para mis adentros: "Joer, que buena está la tía". Un soso, ya digo.
Pero ahora la mujer se ha disparado sobrepasándonos por arriba, por abajo y por los lados y ya no sé sin son feministas, machistas, feministomachistas o machistofeministas. Por ejemplo, si una mujer manifiesta en voz alta, entre sus amigas, "Vaya culito que tiene ese tío", pues la señorita o señoritas en cuestión son feministas que dicen lo que piensan sin complejos, unas liberales y unas progresistas ellas. Pero si el comentario lo hace un hombre, resulta que es un repugnante machista retrógrado antediluviano baboso. Todo eso junto. A no ser que el lanzador del comentario sea el mismísimo Beckham, Brad Pitt o George Clooney por citar sólo a tres, entonces no pasa nada, están perdonados.
¿Si en un anuncio televisivo, un obrero de la construcción sube por un andamio, a pleno sol, cargando una caja de refrescos, y ante tamaño esfuerzo se quita la camiseta sudada, enseñando sus músculos, ante el revuelo de las mujeres en la oficina, el anuncio es sexista o machista?
Si una periodista, incluso varias, dicen en un programa de televisión "hay que ver como se ha puesto Fulanito de bueno, está para hacerle un favor", pues no pasa nada, pero si lo dicen los hombres, se lía y le tachan de sexista. Yo he visto ambos casos.
Queridos niños y niñas, reflexionen un poco sobre esto y corríjanme, sólo quiero aprender y entender. Que quieren que les diga, yo no lo comprendo muy bien y quiero que alguien me lo explique, apelo a que una mujer lo haga, o a algún caballero entendido. ¿Se tienen dos varas de medir distintas, o se mide con distinto rasero? Lo digo de verdad, quiero que alguien me lo explique porque creo que algo se me escapa, algún detalle, algo.
Les voy a contar la pequeña historia de una evolución. Nada, es cosa de unos minutos.
Verán, yo nací machista. No sé si como todos los hombres o como todos los hombres de entonces. También había mujeres machistas, o no feministas. Mujeres a las que les gustaba o no tenían más remedio que estar supeditadas al marido porque para eso habían nacido. Antes las mujeres decían ser femeninas, concepto que no debería estar reñido con el feminismo, si se hubiera sabido entonces que era eso. Se podía ser feminista luchando por la igualdad de sexos y ser femenina, como la mayoría de mujeres de hoy, antes, eso del feminismo no se conocía a pie de calle. Pero para los hombres, el sexo de una mujer no era igual que el de un hombre. ¡Nunca podría haber igualdad!
Mis padres eran machistas y me lo inculcaron desde pequeñito, sin querer, como algo natural. Aquella vida cómoda me gustó, eso de que en casa me lo dieran todo hecho era bueno para mí, que nací vago por naturaleza.
Después de mi padre, yo era el otro hombre de la casa, y después, en riguroso orden de llegada estaba mi hermano, la última del escalafón era mi madre por ser mujer.
La naturaleza es lo que tiene, unos nacemos con una "cosita" y otros sin esa "cosita" que nos diferencia. Antes, los que teníamos "cosita" también llevábamos un látigo imaginario para que las que no tenían "cosita" no se desmandaran. Algunos llevaban látigo de verdad y lo siguen llevando.
A la mujer había que atarla corto porque era un ser frágil, débil de mente y cualquiera la podía engañar. Hasta se podían aprovechar de ella, incapaz de decir que no a nada. Por eso había que vigilarla. A comprar al mercado y para casa, con el dinero justito, si hay que salir, con el marido. Hasta ahí podíamos llegar, hasta ahí podían llegar las mujeres decentes de entonces. Todo lo que ellas necesitaban se lo proporcionaba la familia, el marido. Y punto en boca.
A veces, me quedaba pensativo, como pensando en las musarañas. Yo siempre he pensado mucho en las musarañas. Me quedaba ensimismado, pensando. Me preguntaba como mi madre era capaz de soportar tanto trabajo y todo gratis total, pero eso era lo que se llevaba entonces. Se andaba por casa con el burka y el turbante, prendas imaginarias, claro, como el látigo. Mi madre era la del burka.
Creía que el cometido de toda mujer, era cuidar de los hijos, del marido y de la casa, no para que no la robaran, sino para tenerla limpia y reluciente, como los chorros del oro. Todo el día a trabajos forzados desde que abría el ojo preparándonos el desayuno a todos, hasta que se acostaba por la noche, rendida. Y eso, por la noche, a dar "gusto" al guerrero, casi siempre sin "enterarse" de nada de lo que pasaba por allí abajo.
Aquellos pensamientos que tuve entonces con las musarañas, fueron la semilla de mi reconversión al feminismo de hoy, el germen que me hizo más justo, hasta tal punto de ser un defensor de la mujer (como dije en otro post, siempre y cuando la mujer necesite ser defendida por el hombre, cosa que no creo)
Me resultó fácil ser feminista, siempre tuve muy claro en lo que consistía ser justo, en lo que significaba la igualdad en todos los frentes: para mí no hay diferencias entre razas, no hay diferencias entre estatus sociales (a pesar de que existen pobres y ricos) y no hay diferencias entre hombres y mujeres, más que las físicas. Todos tenemos los mismos derechos. Es lo justo.
Así que sólo tuve que pensar un poco y aplicar esas nuevas convicciones en mi propia casa, cuando ya me había casado. A partir de ahí, nada de conceder como un vulgar reyezuelo, a partir de ahora, de entonces, se acabó el patriarcado familiar y se pasó a la igualdad para todos. Y aquella revolución empezó por la puerta de la casa. Cambié el rótulo donde mi nombre figuraba encima de el de ella para poner el de ella encima de el mío. Esto podía parecer una tontería pero era toda una declaración de intenciones.
Desde entonces hasta hoy, ha pasado mucho tiempo y el recorrido ha sido largo y lento. Se han ido consiguiendo cosas pero todavía queda más espacio en nuestro terreno que en el de ellas, hay que seguir repartiendo.
Y todo esto para que quede claro que no soy un repugnante machista retrógrado antediluviano baboso. Nada de eso. Soy feminista porque es lo justo.
Pero que alguien me explique eso, lo del sexismo, lo del machismo y lo del feminismo, y todos los ismos que se les ocurran.
Mi madre, que nunca ha tenido ningún ismo de esos, está la mujer tan contenta porque cuando vamos a comer, ella nos sirve la comida, nos llena los vasos, retira los platos, los friega, recoge la mesa, mientras los hombres y mujeres de entonces y de ahora, ya reconvertidos, hablamos del mundo, del petróleo, de Irak, de cómo cada vez hay más mujeres que son presidentas de Gobierno... Y mi madre desde la cocina: "¿Pero van a saber?"
Tan contenta de seguir sintiéndose importante, a su edad, recogiendo las cosas de la casa, como siempre. Tal vez ella si que no sabría ser presidenta de Gobierno, tal vez reina consorte, es demasiado buena para eso.