Martes, 11 de mayo de 2004.
11.- Camino por el campo rodeado de montículos cubiertos de vegetación, la naturaleza más salvaje me rodea y soy feliz por ello. Es una especie de valle abrupto en donde se respira paz y tranquilidad, el silencio y la soledad son sobrecogedores, justo lo que yo necesito para apaciguar mi alma, pero me da miedo sentirme tan sólo; oigo el piar de las aves invisibles en la bóveda de un cielo de multitud de tonalidades verdes y ocres, por las ramas de los árboles que rayan un cielo cada vez más oscuro. A pesar de ello no hay demasiados árboles, en realidad no hay ninguno, y sin embargo las ramas lo cubren todo sobre mí. A ambos lados del sendero, abundan los arbustos como la jara, el romero y el tomillo en un cóctel de aromas impagables, algunas piedras calizas desgastadas por el paso del tiempo, asoman por el camino amarillo.
Un poco más adelante, ruidos, movimientos y crujir de ramas me hacen inquietarme cuando la noche comienza a caer a mí alrededor. Diviso delante de mí una mancha parda de movimientos lentos, pero la hojarasca del monte bajo me impide determinar con exactitud su naturaleza. Entre un crujir de ramas rotas, tronchadas por un gran peso, veo aparecer la cabeza imponente de un oso pardo hozando el suelo de hojas secas, él no me ha visto debido a mi paralización repentina por el terror, sin moverme, busco con la mirada alguna roca que me pueda servir para escapar en caso de peligro. Sigo inmóvil, medio escondido tras unas matas, muy cerca del risco salvador que he elegido para escapar, el plantígrado comienza a acercarse oliscando el suelo aunque estoy seguro que aún no me ha visto, pero lo hará cuando detecte mi olor y mi pánico. Localizado por el radar de su olfato, alzará la cabeza, me mirará emitiendo un rugido, lanzándome un derrote con su garra de Freddy Krueger. Ese será el momento de escapar y trepar a la roca.
Pero en una reacción propia del mayor de los estúpidos conocidos y que a pesar de ello, no reconozco como mía por lo sorprendente, no se me ocurre otra cosa que lanzarle una piedra con la mala fortuna de darle en la cabeza. No sé si mi acción ha sido por un deseo de ahuyentarlo o por el contrario, provocarlo para crear una situación de peligro evidente y descargar así la adrenalina acumulada. Creo que es más bien lo segundo, que mi deseo de sentir un peligro extremo me ha hecho tomar esa descabellada decisión. El oso me mira resoplando feroz, balanceándose lateralmente descargando su peso de una pata a otra, como calculando sus numerosas posibilidades o, tal vez, lo he desconcertado con mi estupidez.
Pero en ese momento, sin un aviso previo que me indicara su inminente ataque, se levanta sobre sus patas traseras con un rugido estremecedor, comienza a caminar cada vez más rápido, más rápido, dirigiéndose hacia mí a una velocidad que yo no preveía ni sabía que fuera posible en un animal de tanto peso y tamaño. Está a punto de atraparme pero no me atrevo ni siquiera a mirar hacia atrás, siento su olor denso muy cerca, hasta que sus rugidos se detienen a una cierta distancia. De reojo, veo que el oso se ha detenido y, poniéndose en pie, me lanza un zarpado acompañado de otro rugido pavoroso. Yo también me he detenido asfixiado por la carrera y el terror, la roca salvadora está más lejos de lo que creía; la altura del animal con las patas delanteras extendidas me llena de nuevo de un miedo incontrolado, mide más de dos metros aunque no sé si es el miedo el que hace que lo vea tan gigantesco. Aprovechando que él se ha parado para amenazarme, amagando ataques y deteniéndose, levantando arena y polvo con su garras, yo hago lo contrario y comienzo a correr despavorido hacia el risco mientras siento como las patas del oso comienzan a acercarse de nuevo con una velocidad increíble con la que yo no había contado. De sus orificios nasales se disparan columnas de vapor enfurecido como géiseres aunque yo, lo que veo es un tren expreso acercándose a toda máquina. Me subo al risco arañándome las piernas, el miedo hace que mis movimientos no sean todo lo coordinados que debieran ante una situación así, pero como contrapartida, mis fuerzas se han multiplicado y aunque cada paso tengo que darlo dos o tres veces, uno hacia adelante y dos hacia atrás por la urgencia, consigo sujetarme a unas ramas que nacen milagrosas de la roca, con las manos sangrando, desolladas por los bordes cortantes de la piedra, apretando fuertemente el ramaje, mis pies comienzan a gatear hacia arriba, encogiendo mi trasero para alejarlo del oso. Estoy en paralelo con el suelo, pero poco a poco me voy quedando casi boca a bajo. La fiera apoya una pata en la roca y con la otra intenta deshilvanarme por completo, siento sus uñas pasando cerca de mi espalda, de mi cabeza embotada de sangre, le miro por encima de mi hombro y compruebo que al ponerse de pie, casi llega con sus garras a donde estoy; el peligro es inminente y ahora me arrepiento de haberle provocado.
En ese momento un escalofrío me recorre la espalada erizándome el vello mientras que el sudor helado me perla la frente. Una de las ramas ha comenzado a crujir bajo mi peso, y por los movimientos bruscos e histéricos que ejerzo sobre ella para evitar ser alcanzado por el animal. Han comenzado a aparecer las pequeñas raíces del arbusto y comienzo a comprender que el otro no podrá sujetarme el sólo durante mucho tiempo. Cada vez estoy más cerca del oso debido al lento aunque inexorable desprendimiento de la rama; noto su olor primitivo en mi nuca, sus bufidos de locomotora amenazando mi cuello, siento como sus zarpas agitan el aire detrás de mí y sólo es cuestión de segundos que me precipite entre sus brazos que son como guadañas de muerte.
De repente, una sacudida brusca acompañada de un crujido definitivo, me abalanza vertiginoso hacia el abrazo mortal que me espera más abajo, y cerrando los ojos, comprendo que mi destino ha venido a buscarme en un paraje, que nunca pensé que fuera a ser lo último que vieran mis ojos.