Llevo demasiado tiempo metido entre las cuatro paredes de esta ciudad salvaje; necesito, exijo inundarme los ojos y la vida de árboles, de montañas, de mares, llenarme de naturaleza, pasear por hayedos de cobre, sintiendo el canto libre de los pájaros sobre mí cabeza entre el silencio sobrecogedor del bosque, oyendo bajo mis pisadas el crujir de las agujas secas de los pinos, y el murmullo del agua serpenteando entre las piedras de los ríos, sentir en los pulmones el aire helado y limpio de las montañas azules de lejanía.
Curarme desintoxicándome de tanta vulgaridad antónima: coches, prisas, trabajo; rodeado de humanidad tan agobiada como yo... Se nota en el ambiente que el aire de esta ciudad está estresado, enfermo de polución y de urgencia. No sé hasta donde seré capaz de llegar con este paso de legionario que me ha impuesto la vida y que no sé si he elegido yo; además, hace tiempo que he notado que voy con el paso cambiado.
Lo tengo todo pensado y decidido, ya no aguanto más y voy a escaparme de casa, una evasión hacia la libertad. Necesito irme, desaparecer una temporada o para siempre sin dar explicaciones.
He rescatado del trastero la ya antigua mochila todavía virgen que compré cuando pensé en hacerme senderista por placer, por fin voy a estrenarla para perderme por ahí, ahora voy a hacer senderismo para ver todo lo que me queda por ver. Rastrearé los lugares donde viví y me dejaré convencer con nuevos paisajes nunca vistos por mí. Seré un ente sin identidad, alguien desconocido, un ser misterioso del que nadie sabrá mi procedencia ni mi destino.
He metido en la alforja todo lo que creo me va a hacer falta: ropa, cosas de aseo, un saco de dormir para ver las estrellas desde dentro e ilusión de una vida nueva. No necesito nada más. Tal vez un poco de suerte no vendría mal. La suerte como el amor nunca sobran en la vida, seguro que los encontraré por el camino. El resto me lo irán dando los días, los campos, la gente.
He trabajado sin parar desde los catorce años, más de treinta y cinco, ahora les toca a ellos, yo ya estoy cansado, no quiero más de eso, deseo picar de otros platos más suculentos, con otros sabores y otros aromas. Me niego a terminar mis días laborales encajado en un sillón que he hecho a mi medida a fuerza de vivir dentro de él, cuando lo único que desee entonces sea quedarme en casa con los ojos perdidos llenos de vacuidad, viendo en la televisión apagada las imágenes que me gustaría ver en la realidad, con el mando olvidado en la mano, imaginándome escenas sin ver a nadie más que a mí mismo reflejado en la pantalla gris.
Hoy, todavía puedo andar, dirigirme hacia algún sitio, sé donde queda el norte. Y si algo sale mal diré que me he vuelto loco, mejor eso que volver; haciéndome el loco puedo hacer lo que me de la gana. Como soy un enfermo que no rige puedo escaparme cuando quiera con mis cosas, mis historias "pa" que me lean y mi historia "pa" leérsela yo al de los bolígrafos de colores, con todas mis esperanzas cargadas a la espalda y en la frente la ilusión de un niño en busca de su futuro. Muchos se hacen el loco toda su vida y les va bien, otros se hacen el sueco y también les ha funcionado, ¿por qué a mi no? Aunque así, seguro que acabaré repatriado en mi hogar dentro del sillón o de una camisa de fuerza. Ese es el riego.
Pero de momento y hasta que me cojan, pondré rumbo al norte por la VI que es todo autopista, andando ocho horas diarias a dos kilómetros de media a la hora, en algo más de mes y medio podré ver el mar, y mientras llego, fotografiar con mis ojos los bosques de Castilla y León, y Asturias; luego los de Galicia para acabar perdiéndome por los montes de Cantabria y Euskadi. Y vuelta a empezar.
Daré rienda suelta a la añoranza visitando aquellos lugares en donde viví de pequeño, son tantos que tendré que darme prisa. No quiero marcharme sin saber como los ha dejado el progreso. Sólo es un ejercicio de nostalgia.

Fotos: 1.- 840 Studio Stonek. 2.- Central Park, Sondra Wampler. 3.- Epernay, Francia, Charlie Waitel.