A veces los amigos desaparecen, lo hacen o temporalmente o para siempre, sin que yo sea consciente de haberles hecho algo que los haya hecho desertar de mi círculo de amistades. En el primer caso supongo que lo hacen para descansar de uno y volver más tarde con fuerza nueva..., quiero decir, con ánimos renovados. El segundo caso es más triste por lo que tiene de irreversible: para siempre, siempre es para siempre. A los primeros los recibo con los brazos abiertos, son mis AMIGOS de siempre, los que soportan mis cosas: depresiones, enfados, putadas... No, putadas no, que los AMIGOS no se hacen putadas, dejémoslo en despistes. A los segundos no, claro, como no vuelven no puedo recibirles de ninguna manera. Estos últimos son los que se cuelgan el cartel de amigos nada más conocerte con tanta frivolidad, con tanta facilidad que los miro con la sospecha de la duda creciéndome dentro.
Comprendo que tener un AMIGO, verdadero, real, con mayuuusculas, de esos que no me abandonan nunca, no es fácil tenerlo y mucho menos conservarlo. Y sin embargo, yo tengo uno y lo digo con el orgullo inmenso del que tiene un tesoro de incalculable valor: se trata de mi AMIGO EL ESDRÚJULO.
Ese sobrenombre, quizás algo barroco, se lo coloqué yo hace muchos años, cuando aún le llamaba G..., pero ya teníamos la confianza suficiente de los que han compartido y repartido cama y mantel. Pero hay veces que las cosas se quedan para siempre, y mi amigo El Esdrújulo se quedó con ese epíteto para siempre. Y todo por su costumbre de recalcar al hablar, las palabras esdrújulas. Él no dice por ejemplo: artículo; él dice: artiiiculo. Tendríais que verle con una copita de más cuando se le cruzan de carril las llanas, las agudas y las esdruuujulas: para tirarse al suelo de la risa. Él a cambio, para compensar, me rebautizó con el sobrenombre de El Mortadelo: un tipo alto, delgado y con dos pelos. Ya estamos en paz.
Nunca nos hemos dicho que lo seamos, que seamos amigos el uno del otro, mucho menos que seamos íntimos a pesar de haber dormido juntos en la misma cama (no había otra posibilidad en el Zafra, Badajoz, de hace veintitantos años y había que pasar la noche como fuera. Entonces, él y yo aún nos mirábamos de reojo porque eso de acostarse juntos sin apenas conocernos...), pero ya no nos hace ninguna falta decirnos nada: él siempre está para mí cuando le llamo y yo lo estoy para él cuando le hago falta. Aún recuerdo sus lágrimas, aquellas que trataba de ocultar escondido tras una mampara para que no lo viese, cuando mi primer infarto en el 99.

-Vas a tener que dejar de comer tanto y tan bien -me dijo dos o tres días más tarde en mi habitación del hospital.
-Si -contesté yo, sin ganas.

-Y dejar el vino y el güisqui.
-Por supuesto -respondí mientras negros nubarrones se instalaban en mi cerebro, todavía maltratado por el tabardillo.

-Y el tabaco.
-¡Pero bueno!, ¿tú eres mi amigo o qué? -le dije con los restos de energía que aún me quedaban.
Pero no me hizo el menor caso y siguió con la lista de desastres que presuntamente se avecinaban a mi vida si quería recuperarme y seguir vivo. Lista que con toda seguridad le habría facilitado el médico, porque tanta maldad a él sólo no se le ocurre.
-Y tal vez, dejar de hacer el amor.
-¿...?.

Tenía razón, el cardiólogo me dijo dos semanas después, cuando me dió el alta, que nada de grasas, nada de alcohol, nada de tabaco, y a cambio, podía hacer ejercicio físico moderado. Miré a mi amigo y le guiñe un ojo cuando el médico me dijo que hacer el amor se consideraba, por supuesto, el mejor ejercicio físico posible... pero no más de uno o dos a la semana.
"Ya quisiera yo uno o dos a la semana... y poder". Pensé. Entonces me acordé de María. No de mi gata. De aquella señora estupenda que conocí dos años antes haciendo senderismo en Bulnes y con la que me veía de vez en cuando.
Ese y así, es mi amigo El Esdrújulo. Sin embargo, hay otros a los que se les llena la boca con la palabra amigo, es a esos a los que miro con sospecha, esos que acabándolos de conocer, ya me "soban" los lomos con demasiada confianza.
En cualquier caso y por sistema, procuro potenciar esa incipiente... llamemos amistad, porque nunca se sabe. Pero desgraciadamente, el tiempo me da la razón demostrándome lo que sospechaba.
Mi problema y el de mi amigo El Esdrújulo, es que nos damos demasiado a los demás, enseguida nos ilusionamos con la aventura de una nueva amistad, y luego viene la decepción.
Esa es la diferencia entre AMIGOS y amigotes, conocidos, vecinos y demás.
Espero que con mis amigos de La Coctelera no se de el caso, aunque el hecho de opinar constantemente pueda ser peligroso y levantar alguna que otra ampolla. Es muy posible que en algún momento se pueda escribir algo que pueda molestar o que tal vez no encaje dentro de la misma opinión de mi amigo coctelero y este, lejos de rebatir, echa el cierre y si te he leído no me acuerdo. Creo que si algún amigo se enfada es porque nunca lo fue. Por mi parte, seguiré escribiendo que es lo que me gusta, exponiendo mis ideas y opinando procurando no ofender a nadie porque así es este juego.
Afortunadamente, con la misma facilidad con que se van unos, llegan otros, pero siempre queda una sensación de vacío, ese malestar como de haber fallado en algo sin haberlo hecho o sin saber que has hecho. Al final, los AMIGOS regresan.
Otros, se quedan para siempre. Esos son los que interesan.