Estamos educando monstruos. Bueno, los míos ya están educados. Pero son monstruos buenos, como Shrec o así.
En aquellos tiempos en que nos tocaba educar, ni mi ex ni yo maltratamos nunca a nuestros hijos. Y digo nunca porque así fue, y digo maltratar, porque pegarles era maltratarles. Hoy, ella por su lado y yo por el mío, estamos orgullosos de como nos salió aquel experimento de la educación, teniendo en cuenta que las madres y los padres, antes igual que ahora, no hicimos el cursillo de la O.P.A.A.E.H. (Orientación para Padres Asustados y Acojonados por la Educación de los Hijos), cursillo que por cierto no sé si existe, al menos con ese nombre, pero que debería existir con cualquier otro.

Teníamos claro que pegarles era como si nuestro jefe hiciera lo propio con nosotros cuando nos equivocamos en la oficina. A mi no me gustaría que mi jefe me pegara en el culo cuando me equivoco en una suma.
Nosotros, castigábamos para que ellos llegaran a diferenciar lo que estaba bien de lo que no lo estaba. "En la diferencia está la solución". Y llegaron a entenderlo a base de castigos inocuos. Si hacían algo mal, se les explicaba con paciencia (tanto mi ex como yo teníamos mucha, sobre todo con ellos) cómo se debería hacer, y si volvían a hacerlo mal, entonces se castigaba. Sin gritos, ni voces, ni malas caras, ni dramatismos, sólo eran niños. Nos gustaba que ellos entendieran que sus padres sólo éramos sus aliados, sus cómplices, y que sólo deseábamos su bienestar, y para eso teníamos que educarlos para que en el futuro fueran unas buenas personas. Por ellos mismos y por la sociedad.
Dentro de todo eso, podría ser que hubieran salido resabiados, con malos instintos a pesar de nuestro esfuerzo en su educación, pero las posibilidades de que eso sucediese, siempre serían menores que si hubiéramos dejado a los niños campar a sus anchas. "No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros". "Todos, absolutamente todos los seres humanos somos iguales sin distinción del color de su piel". "Procurad por todos los medios aprender a transigir con los demás, la intransigencia no es buena". "Cuidad la Naturaleza, solo tenemos una". Eran algunas de las máximas grabadas a fuego tibio en sus pieles de niños.
Cuando llegaban del colegio, merendaban viendo la programación infantil, después la tarea, y después nada de más tele, a la calle a jugar con los demás niños a romper pantalones y zapatos. De todas formas, si no los rompían en la calle lo iban a hacer un mes después con uno de sus vertiginosos estirones de pivot.
Todo esto viene a cuento por algo que hace tiempo, bastante tiempo estoy sospechando por ser algo cada vez más evidente. O sea, que ha dejado de convertirse en sospecha para ser una evidencia absoluta y real.

El domingo de la semana pasada, un matrimonio con dos niños de seis o siete años entraron en un vagón del metro. Ella embarazada, se sentó; el padre por su parte hizo lo propio y sentó al más pequeño en sus rodillas mientras, el mayor permanecía de pie junto a su madre. En mitad del túnel, el mayor comenzó a dar leves empujoncitos a la madre reclamando un sitio para él. Cuando llegábamos a la siguiente estación, el niño tenía formada una escandalera en el vagón de mucho cuidado. Y todo porque quería sentarse. Lícita y totalmente legítima su exigencia, máxime cuando ninguno de los dos, padre o madre, se molestaron en explicarle al niño que "la mamá necesita descansar por el hermanito que va dentro; si quieres, hacemos una cosa, os sentáis en mis rodillas un rato tu hermano y otro tú". En lugar de eso, el padre se levantó y dejó el asiento al mayor. Lo más cómodo. El problema, es que el niño ya sabe, a partir de ahora, lo que tiene que hacer la próxima vez para conseguir lo que desea: unos cuantos berridos histéricos y... ¡conseguido! Y si no, lo que es peor, cobrará.
Pasando a otra página, es bastante inquietante los juguetes de que disponen los niños de hoy, auténticas víctimas del consumismo. ¿Algún padre-madre, sabe que tipo de juegos tienen sus hijos en el ordenador o en la PS1 o en la 2, o por el número que vayan?
Lo digo porque en esos juegos se "juega" a cosas tan "inocentes" como MATA AL NEGRO..., DA UNA PALIZA A TU AMIGO..., MATA AL OSO PANDA..., MALTRATA A LAS MUJERES HASTA MATARLAS..., QUITALE LAS HORMIGAS AL OSO HORMIGUERO..., SOY NAZI, MATO A LOS JUDÍOS..., SOY NAZI, MATO A LOS NEGROS..., SOY NAZI, MATO A TODO EL MUNDO..., TIRALE UN PETARDO A LA VIEJA..., VIOLEMOS A LAS NIÑAS AL SALIR DE CLASE..., VIOLEMOS A LAS NIÑAS AL ENTRAR EN CLASE..., VIOLEMOS A LOS PROFESORES..., MATA AL OSITO MISHA..., (bueno, tal vez al osito Misha lo mataría hasta yo). Conmovedor el nivel educativo que los padres por ignorancia, inculcan a sus retoños para el día de mañana.
¿Han probado a enseñarles como se abre un libro? Cierto que vienen sin folleto explicativo, pero es de fácil funcionamiento, simple, es inocuo y no tiene efectos secundarios. (Siempre que no les enseñen como se abre el Mein Kampf).
En fin, miedo me dan... y pena... mucha pena. ¿Qué va a ser de ellos el día de mañana? Mucho me temo que esto es todo lo que hay por un progreso equivocado.
PD. El viernes 16, cuando llegaba a casa por la noche (21:30), oigo detrás mío unos cuantos chicos y chicas riendo y gritando, todo normal: es Navidad, están de vacaciones, tal vez hayan tomado unas copas en la plaza Mayor. Todo lógico y natural. Entonces oigo que dicen en voz baja aunque no lo suficiente: "Vamos a tirarle uno al calvo". Y a continuación, un siseo que se acerca vertiginoso desde arriba. El calvo era yo, el hecho de haberlo oído hizo que estuviera preparado. El frío, que saliera con sombrero. Encogí los hombros esperando el estallido inminente del gorro y con él, todo lo que había debajo. El petardo que era como un kilo de goma-2, me sobresaltó a pesar de estar preparado, el susto fue espantoso, un pitido en los oídos por la onda expansiva me mareó, y como consecuencia de todo, otra vez la pelota de golf de nuevo en el pecho. Otra vez el corazón, el dolor, el susto, miedo, spray, nitro... ¿Un accidente? Por supuesto. Perfectamente evitable si ellos hubieran tenido un mínimo de educación y respeto. Si hubieran seguido con sus juegos y bromas entre ellos, para ellos.
Si hubiera podido les habría dicho lo que hace años deberían haberle dicho sus padres: "No hagáis a los demás lo que no queréis que hagan con vosotros". Y acto seguido, les metería un petardito de nada, de los de antes, en una oreja. Para que aprendan.
Pero no podía, tenía una pelota de golf atravesada en el pecho.
Queridos niños y niñas, Feliz Navidad.