Una cigüeña en mi alcoba. Capítulo I.
Estoy nervioso. No me estoy quieto ni un segundo. Mis padres y mi abuela llevan todo el día hablándome de la cigüeña y de que mi futuro hermano está apunto. "¿Apunto de qué"? "De nada, de nada". Así que me quedo sin saber que es lo qué está apunto. No sé porque los mayores andan siempre con tanto secreto. Si se trata de mi hermano, ¿cómo pueden contarme cosas de alguien que todavía no ha llegado? ¿De alguien que ni ellos mismos conocen? ¿Cómo pueden saber que va a ser un hermano y no una hermana? Y en cuanto les pregunto algo me dicen "nada, nada". Ni que fuera pecado. Me dicen que debo acostarme pronto. Seguro que lo que quieren es deshacerse de mi para que les deje en paz. Soy muy revoltoso e inquieto, un “trastillo viejo” como me llama cariñosamente don José.
Don José P. N. es el cura con el que me obligan a confesarme cada sábado para poder comulgar en la misa del domingo. Cuando me arrodillo en el confesonario no sé que contarle, no tengo pecados, al menos yo no tengo conciencia de tenerlos. "Bueno, a veces le cojo a mamá de la cartera dos perras gordas para cromos. Y... también he desarmado el despertador nuevo de papá..., y... el otro día, eché una vela en el guiso y mi abuela, cuando metió en cucharón para probarlo, sacó la cuerda colgando".
Eso dicen que es pecado, y debe serlo porque don José me sermonea un poco y me absuelve mediante cinco "padresnuestros" y tres "avemarías" cuando ya las rodillas comenzaban a temblarme. Debería estar acostumbrado con lo de mis rodillas. El profesor, como no me gusta estudiar, me pone garbanzos bajo las rodillas para que me espabile. Pero creo que así difícilmente voy a espabilarme. No sé, él sabrá. De todas formas, esas trastadas no las hago con mala idea, es que me sale así porque sólo tengo ocho años y claro, soy un niño.
Así que a don José le digo mentiras sobre mis pecados, me los invento porque no sé que decirle. Le digo que escupo en el suelo y que digo palabrotas..., y que... a veces, pero solo a veces ¿eh?... me quedo... pasmado... mirandoelsujetadordelavecinita... cuando lo tiende en el patio interior de casa... ¡pero siempre lo he visto vacío! Lo juro. "Jurar es pecado" Me dice con voz cavernosa don José desde el otro lado, mientras tras la pequeña celosía que nos separa, advierto su sonrisa disimulada bajo su delgado bigotillo.
Confesarme es una auténtica tortura porque le miento al cura, juro, me invento pecados, y soy malo. Seguro que voy al infierno de cabeza a pesar de que no creo que eso sean pecados, pero me asustan con el infierno y las calderas de Pedro Botero y me creo 
que soy tan malo que voy a ir de cabeza a ese lugar donde los malos arden por los cuatro costados para siempre. Luego, mi madre, (que está de gorda últimamente...) me tranquiliza diciendo que si me arrepiento en el último segundo de mi vida, Dios me perdona y voy al cielo. "¡Joer!". Digo yo entonces porque joder es pecado. "¿Por qué hay que esperarse al último segundo?, yo me arrepiento todos los días y así no me pillan" Así que procuro estarme quieto, pero no aguanto sentado ni cinco minutos...

Rafael, Cádiz, 1950, dos hijos y un nieto. Vivo en Madrid y adoro el mar; escribo para no sentirme solo mientras opino sobre las cosas que suceden, las que me suceden, e invento aquellas que no sucederán nunca.
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Jose Miguel dijo
Pues lo de arrepentirse en el último segundo está muy bien. Y yo sin saberlo.
Pienso que voy a pecar más a menudo… ya me arrepentiré luego… ¿NO?
17 Diciembre 2005 | 07:35 PM