He vuelto a tener problemas con el corazón. Llevo dos días así. No son sentimentales. Ojalá fuera eso. Mi corazón falla y cuidarlo más, ya no está en mi mano.
Siento un vacío en el pecho, como un agujero negro que amenazara con devorarme desde dentro... Pero ese agujero ocupa su lugar en el espacio, tiene sus dimensiones, y yo tengo la sensación de haberme tragado una pelota de golf. Conozco esa sensación por desagradable y premonitoria. Siempre pasa algo después de eso.
Hace años que dejé el alcohol, un par de whiskys de malta por la noche, cerveza, nada importante y no siempre. Las comidas de entonces tampoco fueron abundantes, aunque comía de todo nunca estuve excesivamente obeso, cinco o seis kilos de más, mi estatura hacía que no se notara demasiado. En realidad, ningún abuso que ahora me pase factura. Poco a poco me he ido desprendiendo de todo aquello que me gustaba para cuidarme. Para nada. Para esto.
Del paquete de cigarrillos de antes sólo me quedan cinco o seis, el Gobierno y mi cardiólogo se han puesto de acuerdo para perseguirme y me siento acosado. Rodeado. Lo malo es que no voy a tener más remedio que dejar también esos cigarrillos tan ricos que a fuerza de ir disminuyendo su potencial en nicotina y alquitrán, ya no me saben a casi nada, pero que me sirven para apagar el fuego de la ansiedad. Ese fuego de cayena que no me deja vivir hasta que enciendo mi primer cigarrillo, después del café de la mañana, junto a mi periódico de información general. ¿Es eso tan insano? Pues va a ser que sí. No seré yo el insensato que siga arruinado mi vida por media docena de cigarrillos. Así que... no tendré más remedio que hacer caso a mi médico (jamás al Gobierno), aunque me niego a pensar que esos pocos cigarrillos son los causantes del mal. Pero tendré que probar, por si son ellos los culpables, o sea yo.
Estoy un poco deprimido por todo. Ni siquiera soy capaz de escribir algo coherente o que me guste. Solo unos chistes encontrados en Google (mi salvador), de los que ni siquiera soy capaz de poder titular para el blog.
Antes podía descargar mi frustración retorciéndole el pescuezo a los folios y tirándolos a la papelera; pero ahora, no puedo tirar el ordenador por la ventana. Él no tiene la culpa de que mi mente y mis dos corazones, el sentimental y el otro, estén con el índice Dow Jones a la baja.
Mientras todo eso sucede, recuerdo unos versos de Lucien Becker, un poeta francés de 1911, cuando todo era más fácil y los románticos o sentimentales como yo, teníamos mejor puntuación:
"Ni una mano vendrá en tu ayuda/al borde de la noche que te sube hasta el cuello/No puedes salvar nada/ni siquiera esa mirada de mujer/que durante tanto tiempo te ha hecho vivir".