Me había prometido disfrutar de una tarde de sábado de relax después de haber hecho la limpieza de la casa por la mañana. Me ayuda una chica senegalesa que vino a España Dios sabrá en que, abrazada al hambre y a su hijita. Se llama de forma impronunciable y se apellida peor: Zambomba Conrrongongo o algo así, yo aún no me enterado, así que con su consentimiento hemos acordado que la llame Silvia que es un nombre que la gusta mucho. No se trata de acristianarla ni evangelizarla, es solo cuestión de simplificar su nombre dado la inutilidad de un servidor para recordar los nombres extranjeros difíciles. Una amiga me habló de Silvia, de su caso, y no dudé en echar una mano. Faltaría más. No tiene los malditos papeles que la hacen falta para vivir, como si para vivir hicieran falta papeles, solo es necesario saber respirar y tener ganas, ya está. Pero yo no necesito que nadie tenga papeles, es un ser humano vestido de dificultades, madre viuda, una nenita de cinco años preciosa con unos ojos..., ¿Qué malditos papeles se necesitan? Vino de su país huyendo del hambre y del SIDA, buscando un futuro mejor para ella y su hija. Si cree que lo ha encontrado aquí, bienvenida a bordo.
Bueno, pues sobre las cinco de la tarde conecto el vídeo dispuesto a meterme entre pecho y espalda la ristra completa de K. Kieslowski. La lengua del lector del DVD se introduce con lentitud, tragándose el primero, "Azul", de mi admirada Juliette Binoche.
Estoy feliz como un niño ante la perspectiva de la tarde, solo me falta aplaudir y las palomitas. En su lugar me he preparado un buen café y un par de cigarrillos. Uno me lo fumaré junto con el café, el otro cuando suba la tensión del filme, como los aplausos que daba de niño cuando el 5º de Caballería atacaba a los malos, que en aquella época eran los indios. Años más tarde me dí cuenta de mi error, y supe que era todo justo al revés.
Apenas la película comienza a derramar las primeras gotas del líquido de frenos sobre el asfalto azul, haciéndome presagiar el desastre, llaman a la puerta. Pongo en pausa el DVD para no perderme nada. Al otro lado, un murmullo de risas se contienen a duras penas tras la hoja, como el agua en un embalse. Cuando abro, la presa se desborda incontenible y toda una riada de gritos me arrastra hasta el pasillo derramándose sobre mi.
-¡¡¡Sorpresaaa!!! -Me gritan un montón de bocas sonrientes.
¡Maldición! Son mis hijos con sus respectivas.
-¡Holaaa! Siii, que sorpresa... Qué bien, pasad, pasad.
Nos tiramos un rato besándonos, achuchándonos y dándonos collejas. Mis hijos y yo tenemos la costumbre de darnos collejas a modo de saludo cariñoso. Cuando por fin consigo que me suelten, miro con pena el DVD y lo desconecto.
-¿Qué estabas viendo? -me preguntan.
-Rojo, Blanco... No, Azul. Bueno en realidad nada, estaba empezando...
-Vaya, te hemos fastidiado la tarde -me corta Susana, una nuera que se casó con mi hijo el mayor.
-No, por favor. Ya sabéis que vosotros no me molestáis nunca, al contrario, ya os echaba de menos. Sentáos por ahí, mmm, ¿qué vais a tomar?
-Café -me contestan casi al unísono-. Té -dice Lorena, otra nuera que vive con el pequeño.
-Vale, tres, no cuatro cafés y un té. Enseguida os lo traigo.
-Espera, espera.
Diez minutos más tarde aparece mi hijo el mayor con una bandeja con los cafés, el té y un platito de pastas que yo no sabía que vivían en casa. No me han dejado prepararlo a mí. Piensan que soy un inválido. Padecer del corazón es lo que tiene, que se creen que uno ya no vale para nada. Se sorprenderían de saber de lo que es capaz su padre. Soy capaz de besar a una mujer en los labios sin que me pase nada. ¡Menudo soy yo cuando me pongo!
-Bueno..., ¿y como es que se os ha ocurrido venir?
-Pues nada, que nos hemos dicho: ¡hale!, vamos a pasar la tarde del sábado con papá, que es su cumpleaños. Y aquí estamos.
-Mi cumpleaños fue en octubre -respondo alarmado por el error y por lo de pasar la tarde conmigo.
-¿Lo ves, lo ves? Te lo dije, que en noviembre era el de mamá -dice el pequeño cargado de razón.
-¿Y por qué no me dijo nada cuando le dí el regalo -pregunta el mayor mosqueado.
-Y yo que dé, de pendadía que eda un adedando -dice el pequeño mientras mordisquea una pasta, todo a la vez.
-A lo mejor no quiso desengañaros, o le gustó el regalo y como en definitiva era para ella, que más da que la felicitéis un mes antes. El caso es que os acordéis -digo yo tratando de solucionar el equívoco-. ¿Qué le comprásteis? -pregunto.
-La compramos unos CD's -dice el mayor.
-Y... ¿dónde están mis juguetes? -reclamo.
-¡Ah, si! Toma, te hemos comprado esto, a ver si te gustan.
Me dan tres paquetitos delgados, cuadrados. El primero es un paquetito delgado, cuadrado. "Amarantine", Enya. El segundo también es un paquetito delgado, cuadrado. "X&Y" Coldplay. Y el tercero, idéntico a los anteriores. "Mecano, grandes éxitos".
Que bien. Los beso a todos agradeciéndoles el detalle y el sistema tan sofisticado que han empleado para que no adivinara de que se trataba, hasta que no abriera los paquetitos delgados, cuadrados.
Después hemos jugado al Monopoly, juego del que soy un auténtico maestro. Tres horas y media después me encontraba en una situación un tanto delicada, sin hoteles, sin casas, sin estaciones de tren y sin dinero. Sólo me quedaba la Compañía de Aguas.
-Hombre, teniendo en cuenta la sequía, podría venderos la empresa por 10.000.000 de €. -les dije por si colaba.
No coló y para remate, se me llevaron hasta el juego porque como estaban todos a fin de mes, el domingo se iban a quedar en casa a jugar al Monopoly.
Bueno, yo al fin y al cabo para que lo quiero. Una vez intenté enseñar a jugar al perchero pero era muy soso. No tiene sangre en las venas, en realidad ya no tiene ni venas. Hace unos años si, antes de ser perchero vivía en un bosque con su familia y era feliz, ahora su única aspiración es que yo le cuelgue cosas. Que vida.
Se marcharon con el mismo alboroto con el que habían venido.
En ese momento ya iba ganado el Valencia 1-0. Miraba el reproductor de DVD donde dormía "Azul". La visita había pospuesto el presunto drama para más tarde pero no lo había finalizado. La mesa del comedor estaba llena de tazas, platos, botellines, coca colas, restos de patatas fritas, panchitos y envoltorios de chocolatinas, y no sabía que hacer.
Decidí ver el partido y dejar para mañana la trilogía, empeñado como estaba con verlas de un tirón.
Pero el domingo tampoco va a poder ser. Tengo que regar las plantas. Lo sé porque las he visto manifestándose por el salón (ellas también), reclamando un trasvase urgente.
Por cierto, al techo no le iría nada mal, una mano de pintura.