Siempre he sido muy mal estudiante. No es que estudiara mal, es que no estudiaba nada. No me gustaba encerrarme con un libro mientras oía el barullo en la calle de mis amigos jugando al escondite. En aquella época, la calle olía a tierra y se masticaba el polvo junto con el bocata, que nosotros llamábamos bocadillo. Era incapaz de aprenderme una lección de memoria, así que el momento en que mi madre pronunciaba la frase, corta pero mágica, a merendaaar, yo salía disparado a la calle a comerme mi pan con aceite y azúcar. La merienda se me juntaba con la cena porque siempre me guardaba el cuscurro, por si me preguntaba si ya había terminado y seguir con la tarea.
Y luego el colegio. A mi ya me pasaban cosas en el colegio. Nunca entendía nada por mucho que el profe de turno se desgañitara conmigo. No mostraba ningún interés en sus explicaciones y claro, era de los últimos de la clase... El último de la fila, con permiso de Manolo García.
"¿Lo habéis entendido todos?". decía él mientras su mirada de inquisidor sobrevolaba nuestras cabezas. Yo escondía la mía entre los hombros como los buitres, mezclaba mi voz con la del resto de compañeros y mentía a grito pelado: ¡Siiiiii!, mientras rezaba a toda la cohorte celestial para que no se fijara en mí y me sacara a la pizarra a demostrar, cuanto había absorbido de su reciente y plomiza explicación.
Disimulaba entonces mirando a todos los lados mientras pasaba nervioso la página del cuaderno, como si la anterior ya estuviera llena de apuntes.
Eso si que era estrategia. Lo mejor para que no se fijara en mi era moverme junto con todos los demás, mimetizarme con el entorno como el insecto palo, ese era el objetivo aprovechando el leve alboroto que precedía a la finalización de una de sus plúmbeas explicaciones. Si me quedaba quieto, mirando hipnotizado el cuaderno de apuntes sin apuntes, yo no sé por qué, pero me cazaba. Siempre a mi.
Salir a la palestra era un drama. Me quedaba mirando atónito la pizarra, ese agujero negro que amenazaba con tragarme, con la tiza dando vueltas entre los dedos de la mano derecha, el 'borra' de fieltro gris y una hoja de papel, en la izquierda. Dejaba pasar el tiempo sumergido en el universo rectangular del encerado que yo miraba fijamente, con la sensación cierta de catorce pares de ojos burlones, clavados en mi cogote de aprendiz de todo.
Aquel universo gris que tenía delante, estaba lleno de una sopa de letras que se convertían en números y números que se convertían en letras por no sé que mágico proceso del álgebra. Y yo tenía que entenderlo y además explicarlo. Llegaba un momento en que todo lo que había a mi alrededor desaparecía, sólo existíamos la pizarra y yo, y la amenazadora figura del profesor, para mi gusto, excesivamente cerca.
Pero no podía hacer nada. ¿Que iba a hacer si no sabía lo que tenía que hacer?
A lo lejos, oía la voz del profesor sacándome de mi ensimismamiento que regresaba desde la otra galaxia: "¿Has entendido algo?"
Ante mi silencio, miraba resignado mi cara encendida manchada de tiza, mientras yo escondía las orejas coloradas por si al profe se le ocurría premiarme mi actuación sobre el escenario; me anotaba en su libreta de hule negra, me atizaba dos capones y me mandaba de vuelta a la seguridad de mi pupitre.
Para él también era un drama sacarme a la pizarra. Ponía a prueba su paciencia y sus nervios: Se me caía la tiza, se me caía el borra, me rascaba, pisaba la tiza, se me caía la hoja de papel que planeaba en zig-zag hasta el suelo, bajo su mesa. Capón. Apoyaba la nueva tiza en el encerado. Se me rompía. Miraba la marca que había dejado la tiza antes de romperse. Capón. Me rascaba de nuevo. Miraba al profe a ver si se apiadaba. Nada. Otro capón. Y así hasta que sacaba a otro. Angustioso.
Era una batalla psicológica entre él y yo. Batalla que nunca supe muy bien quien ganó. Él me sacudía capones y me aplicaba castigos, y yo resistía estoicamente sin decir esta boca es mía.
De lo que estoy seguro es que la guerra la ganó él, dejándome para septiembre mientras el resto se iba de vacaciones.
Y hablando de guerras, recuerdo un día en que había que hacer una redacción sobre Franco.
"Franco, es el salvador de la Patria. Ha ganado la guerra a los malos y la vuelta ciclista a Francia escalando montañas. Después de conquistar las montañas hace pantanos dentro de ellas para que llueva más. Se llama Francisco. Pero todos le llamamos Franco porque es más corto. No le podemos llamar Francis como a mi primo porque no hay confianza, ni tampoco Cisco porque igual se enfada. Franco es como el papa de Italia porque le sacan en procesión todas las tardes bajo una manta que no sé cómo se llama. Fin".
De rodillas de cara a la pared fue la nota que me dieron por aquella redacción.
Lo único que me gustaba del colegio eran los recreos y cuando los jueves por la mañana nos daban un cucurucho con leche en polvo. Mientras nos tomábamos la leche no hacíamos nada más. Después, yo aparecía bajo una niebla de polvo blanco con los dedos pringosos y una masa harinosa alrededor de la boca.
Aquellos días de colegio no son como los de ahora. No son ni mejor ni peor que entonces, son distintos.
Ahora, si el profesor sacara a alguien a la pizarra le diría tranquilamente:
-No me da la gana, sal tú con los cuernos -. O alguna otra lindeza parecida.
Y la redacción habría sido sustancialmente distinta.
"Franco era un pibe que se fumaba todas las mañanas para estar al loro del tema. Era de lo más "enrollao". El menda no daba bola al que no le molaba, los echaba y tal. Además era coleguilla del Hitler ese. Si ahora estuviera el pavo no habría este desmadre de sudacas, negrucios y chinos. Era un dictador, justo lo que hacía falta aquí para que hiciera una limpia guay. Mola mazo la vida del tronco. The end".
Menos mal que ahora ya no voy a clase. No tengo que soportar redacciones como esa.
Nunca entenderé como fue posible que me sacara el Bachillerato y la reválida. Eso quedará para los archivos secretos de expediente X. Después emigré hacia la vida laboral, pero esa ya es otra historia.
En fin. Nada existe excepto el presente (Frederick Perls, neuropsiquiatra de origen alemán, 1893-1970). Así que, olvidemos el pasado, conformémonos con el presente y luchemos por el futuro.