Parece que la vida se cobra un tributo por estar vivo. Un peaje por cruzar indemne.
Algo así como hacen los bancos en concepto de mantenimiento de cuenta, me cobran cuando deberían pagarme por invertir mis dinerillos en su casa. Y yo que pensaba que los atracadores venían de fuera y resulta que ya estaban dentro. Naturalmente, no estoy señalando a los empleados. Ellos ya saben a quien me refiero. Pero eso da para otra historia.
Como decía, la vida se mofa haciéndome más grotesco, o con una serie de peculiaridades que me hacen distinto a como era hace tan solo unos meses. Verán. He notado que me están empezando a crecer las orejas.
No como al de aquí, que ya las llevaba de serie. Es otra cosa. Lo llaman cambios biológicos. Cambios biológicos por la edad.
Pero es que la edad me está cobrando por la cara y especialmente por las orejas. ¿Se ha fijado alguien en las orejas de nuestros abuelos?. Yo si. Concretamente me acuerdo de las orejas del mío. Así de grandes. Y es que cuando a uno le crecen las orejas es que se está haciendo mayor, o peor, ya lo es. Pero si no le crecen, todavía es peor, es que se ha quedado en la cuneta.
A mi me han comenzado a salir pelillos en los sitios más insospechados, donde nunca antes había tenido pelillos: en las orejas y en la nariz. Y en las cejas, que siempre había tenido, ahí se han desmadrado. También ahí me han salido cosas raras.
Así que no me queda más remedio que depilarme. ¡Jesús, a mi edad! Pues sí, a mi edad, que no voy a ir por ahí con estos pelos. Además, sólo son 55. Ya me tumbaré a la bartola cuando llegue a los 100.
Lo curioso es que a medida que me crecen los pelos donde no debían de crecer, donde debían de crecer se me han caído. No me dirán que eso no jode un poco.
Además, están las pecas. Por ser amable con el término, porque lo que son, son manchas en la piel. Donde antes había pelo, ahora hay manchas. Otro signo de la edad. Para que luego digan que la naturaleza es sabia.
A medida que me hago mayor, la naturaleza me quita y me pone cosas a su antojo en los sitios más inverosímiles. La naturaleza es lo que tiene. Todo eso lo hace para que no se me olviden los años. Para que cuando me mire en el espejo, los intuya sin necesidad de consultar el DNI.
El resto del cuerpo también paga: la carne se me descuelga del esqueleto como si quisiera bajarse en marcha. No hay forma de ajustarme el cuello de la camisa al mío propio. Así que se me ocurrió la feliz idea de apuntarme a un gimnasio para tratar de reconstruir el andamiaje. (Otro día hablaré del gimnasio. Je, je)
Con el ejercicio el organismo rebobina y desacelera su marcha triunfal hacia el crepúsculo. Buena cosa es eso del deporte. El cuerpo lo agradece. Lástima no haberme dado cuenta antes.
Bueno, en fin, creedme niños y niñas, haced ejercicio de jóvenes. Ahora que tenéis vitalidad, guardad más para mañana. Os sentará bien. Os crecerán las orejas pero serán mejores orejas que las mías. Serán unas orejas de primera. Tendréis una tabla de lavar en el estómago y no una de planchar como en el mío.
Volviendo a lo mío, a pesar de los pelillos y de las manchas, me siento joven, al menos joven de espíritu. Porque he ido a otro tipo de gimnasio toda mi vida. Un gimnasio llamado sentido del humor. Lo cual no significa en absoluto que lo tenga, pero yo lo fomento con más o menos éxito.
No es en absoluto saludable ir por ahí con cara de estreñido, sólo está permitido si se está.
Después de un infarto y varias anginas de pecho, o me muero o sigo "palante". O se me agria el carácter o termino por cachondearme. Y he apostado por esto último. Por reírme de mí mismo y no tomarme las cosas en serio. ¿Por qué preocuparme si las cosas tienen solución, y si no la tienen, por qué voy a preocuparme?
Todo eso lo he aprendido con los años, o sea, cuando me han crecido las orejas.