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La Coctelera

Categoría: Monólogos.

Cenas de Navidad.


No está el horno para bollos, no, ni para bollos ni para nada, y no es que uno esté enfadado por el precio de las cosas, que perfectamente podría estarlo, es que llevo tres días comiendo de esas cosas que sobraron en Navidad como si se fuera a acabar el mundo al día siguiente, y uno prefiriera morir de una indigestión que víctima de una intensa lluvia radiactiva; juro que ya no puedo más, estoy tan gordo que estoy harto de rodar como una noria, como canta Camilo VI a grito pelado, y todavía queda una pierna de cordero entera que pasará a ser historia sin duda en Nochevieja, además de los consabidos polvorones, turrones, mazapanes, peladillas, ¡que horror! Sólo de pensarlo me entran los siete males, que debe ser algo así como las siete plagas de Egipto.

Pues a eso me refería cuando escribí “Luces de Navidad” el otro día, donde todo es exceso, con lo que nos sobró podía haber cenado una familia entera, pero no, me lo comeré todo yo solo y no daré nada a nadie...¡es mío!

En fin, que entre ponte bien y estate quieto uno va ingiriendo de todo lo que le ponen por delante y claro, uno se lo tiene que comer que para eso estamos en Navidad y mejor reventar antes que sobre.

Luego vendrán las visita a los gimnasios y dietas de adelgazamiento para recobrar la línea, esa que en mi caso es una línea curva u ondulada según se mire, oronda y fofa de tanto cochifrito navideño, como si me hubiera retratado el mismísimo Rubens, y es que uno es de hueso ancho y propenso por tanto a engordar todo lo que come, con lo que lo más seguro es que acabará la Navidad con dos tallas más en los extrarradios de la cintura, y convirtiéndose así en un Papá Noel, un Papá Noel a la española con mucha cuchifritanga repartida por los lomos, así que no tendré más remedio que esperar a las rebajas para comprarme un par de pantalones que se adapten a mi cuerpo serrano... de panceta serrana, quiero decir.

¿Y saben lo peor de todo? Que el año que viene la Navidad amenaza con volver y que comenzará allá por el mes de agosto; menos mal que para entonces ya tendré unos pantalones de repuesto para no tener que salir en chándal a la calle, que es lo único que me sirve después de tanta comilona.

Pero no quiero acabar sin recordar a una mujer que luchó por las libertades de su país, porque entre tanto despilfarro navideño la vida sigue, y para recordárnoslo y demostrarlo, ahí tenemos el salvaje asesinato de Benacir Bhutto, una mujer que hizo todo lo posible por implantar la democracia en Pakistán y a la que los indeseables de siempre ¿Al Qaeda? han preferido quitar de en medio antes de que peligre su odiosa e infamante guerra santa contra todo los que no son de su misma y despreciable cuerda.

Feliz Año.

La corbata.

Hoy he estado en Elcorteinglés para comprarme un libro, hay que ver cuantas cosas tienen, siete u ocho plantas repletas de artículos, uno no sabe adónde acudir de tantas cosas como hay; es como un todo a cien de lujo, bueno, de semi lujo, que tampoco hay que exagerar.

Pero la verdad es que viste mucho eso de llevar una bolsa de Elcorteinglés en la mano, en realidad no eres nadie sin una bolsa de Elcorteinglés, yo siempre que puedo me voy allí a comprarme algo para ser alguien con cierto poder adquisitivo, y cuanto más grande sea la bolsa más importante eres.

Nada más entrar te espurrean con todo tipo de fragancias, así las llaman, fragancias, yo las llamo colonias, que huelen igual y son más baratas.

Después una dependienta se ha agachado para recoger una fragancia del suelo en el preciso momento en que pasaba yo y me ha regalado un canalillo mágico que no he podido ni querido evitar. No es que uno sea un mirón, no, es que ese desfiladero casi siempre de contenido arrebatador que se abre paso, a veces con más dificultad que otras, a través del pecho, siempre me ha llamado la atención maravillándome por su belleza.

Entre la visión angelical de la dependienta y la profusión de perfumes en la entrada, medio mareado, me he dirigido a la sección de librería, pero ¡ay!, antes he pasado por la sección de caballeros donde un tropel de señores bien vestidos con el traje de los domingos y todos encorbatados a la última, se han acercado para llevarme a su terreno, que no es otro que venderme cualquier cosa que engrose sus comisiones mensuales.

Eso en un todo a cien no pasa, ni te echan fragancias ni el chino te enseña el canalillo, ni nada, todo lo más te persigue un oriental por entre los estrechos desfiladeros de estanterías abigarradas de artículos casi siempre de índole cutreril, y más kirchs que Almodóvar.

Al final, lo que me tenía que gastar en el libro se me ha ido en una corbata, teniendo en cuenta que no las uso, me pregunto para qué diablos me la he comprado, pero es que la he visto allí, colgada de una estantería, tan sola, y me he dicho: “Me la regalo para mi cumpleaños; a partir de ahora voy a usar corbata”, y me la he comprado para alternar por ahí los viernes por la noche.

Por cierto, el día 1 fue mi cumpleaños, se admiten felicitaciones.

Sucesos extraños.

No tuve palabras para describir lo que sentí cuando pasé ese umbral fatídico de los 39 a los 40 años; en un minuto... menos, en un segundo, en ese micro espacio de tiempo dejé de ser treintañero para convertirme en cuarentón; así, de repente y sin anestesia, no me negarán que eso duele, no digo nada cuando cumplí los cincuenta, y ahora, que me acerco peligrosamente al abismo de los sesenta, me tiemblan las piernas y espero con ansia saber que nuevos síntomas me deparará mi organismo compungido por más de medio siglo de existencia.

Porque hay síntomas, no porque a uno le duela la espalda, los riñones y las piernas, que también, sino porque suceden sucesos extraños en la fisonomía de uno, una serie de poltergeist sin explicación posible.

Esos síntomas de los que hablo ya vienen incluidos en el paquete de la edad, así que da igual lo que se haga, siempre estarán ahí a medida que vaya cumpliendo años, y claro, como uno tiene la buena costumbre de cumplir uno cada año, pues cada vez es peor.

No me demoraré más en contarles que cada vez que me miro al espejo, cosa que procuro evitar todo lo posible, me noto las orejas más grandes, más cerca de los hombros, pero es que además aparecen cosas raras en los sitios más inverosímiles, crecen pelos donde no deben, en el interior de las orejas, en las cejas, en la nariz, ¡en la punta de la nariz! ¿Abrase visto? Mientras, en la cabeza van desapareciendo de forma alarmante, yo por ejemplo he conseguido no tener casi ninguno, ¿y todo por qué? por la edad. Y es que con la edad, los pelos crecen en los sitios más extraños, para que luego digan que la naturaleza es sabia... ¡Una mierda!.

Y qué les voy a contar sobre los kilos que uno va adquiriendo en cada comida como si tratara de acumular reservas para el invierno como los camellos en las jorobas; grasas poli insaturadas y peligrosas que se afincan en la cadera sin pedir permiso y a las que cada vez cuesta más descolgar de la cintura, claro que llamar cintura a lo que es una rueda de tractor es un eufemismo intolerable, el caso es que cada vez me parezco más a Homer Simpson.

Cada vez cuesta más meter la tripa porque cada vez hay más que guardar. Al paso de una mujer guapa (todas lo son, que uno ya no está para hacer distinciones), uno esconde la tripa y el estómago que es todo uno, pero entonces le crece el pecho y el culo, por ese principio de Arquímedes que explica que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del líquido que desaloja. ¡Ahí va! Lo mismito que me pasa a mí cuando trato de esconder el estómago.

Era todo un tipo ese Arquímedes, seguro que inventó el principio metiendo tripa ante alguna señorita remilgada de la época y luego se tiró el pisto diciendo que eran años de estudio.

Yo si les digo la verdad, en el fondo prefiero parecerme a ese otro tipo políticamente incorrecto de Homer Simpson, que tan a gusto está con sus michelines, sus hamburguesas y sus jarras de cerveza, aunque sean sin alcohol, en la seguridad de que jamás podré parecerme ya a David Beckham..., snif; además, qué quieren que les diga, a la edad que tengo yo me veo bien y estoy conforme con lo que hay, si es que el que no se conforma es porque no quiere, aunque uno vislumbre, todavía en la lejanía pero acercándose a toda velocidad y todos de golpe, los sesenta, y piense que eso ya son palabras mayores.

Cerrado por reparaciones.

La verdad es que por fuera no tengo mala pinta, pero por dentro estoy un poco fastidiado, y eso que soy un ordenador nuevo, no he cumplido todavía los dos años y ya estoy de médicos. Qué mala suerte, primero se me saltaron las teclas y el jefe tuvo que comprar un teclado nuevo, y ahora esto.

Mañana me voy a hacer un chequeo porque me encuentro mal, no sé lo que me pasa, pero sé que me pasa algo porque no funciono como es debido, me cuelgo cada dos por tres, me apago solo y cosas así.

Yo creo que la culpa de todo la tiene el jefe por su manía de sacarme al parque de al lado a escribir esas tonterías que escribe, seguramente habré cogido algo de polvo maligno (con perdón), o tal vez sea un virus "malaware" o como se diga eso, o es que tengo sucio el estómago, o vaya usted a saber qué es lo que tengo.

No sé cuánto tiempo estaré fuera porque me tienen que ingresar y todo y lo mismo puedo tardar en volver dos días que una semana o dos, ya se sabe cómo son esas cosas, entrar en un hospital de ordenadores..., se sabe cuándo se entra pero no cuándo se sale y lo que es peor, a ver cómo salgo, que lo mismo salgo peor de lo que entré.

Ése es el miedo del jefe, que me dejen peor de lo que estoy, pero la verdad, la situación ya se ha vuelto insostenible y hay que mirar cara a cara los problemas.

Eso sí, La Coctelera nunca cierra y se siguen admitiendo visitas aunque yo no esté, pido disculpas a mis amigos por abandonarlos momentáneamente, ya nos veremos a la vuelta, espero.

La nevera.

No he visto en toda mi vida una nevera más deprimente que la mía, y eso que la cuido y la mimo y hasta hablo con ella como si fuera mi mejor planta, pero nada, no consigo que en su interior se dupliquen las chuletillas de cordero, ni que de una pobre y humilde sardina amanezca a la mañana siguiente una opípara dorada a la sal, algo así como en el milagro de los panes y los peces. No hay forma, y es que yo no sé hacer milagros y mucho menos a fin de mes.

Como verán en la fotografía, el interior de mi nevera es de una escualidez indescriptible y de una soledad apabullante, una especie de Sahara helado dentro de mi cocina, y lo que es peor, mi nevera no tiene ese atractivo innato de los grandes frigoríficos con pedigrí, con doble puerta y extracción automática de cubitos de hielo de sabores tropicales y surtidor de horchata valenciana, ni nada por el estilo, mi nevera es una nevera pobre, cieneurista, si me aceptan la expresión. Claro que para llenar uno de esos frigoríficos de los ricos hará falta un doble sueldo, como mínimo, uno como el de Rajoy, no como el de Esperanza Aguirre, no, que ella es como yo, que no llega a fin de mes, la pobre; mejor como el de la Pantoja, aunque el de ésta sea bicolor, o sea, un poco blanco y otro poco negro.

Por cierto, que menudo pollo tiene montado la cantante con el caso Marbella, digo Malaya, no un pollo de corral ni pollo a la Pantoja, no, un señor pollo con cresta y espolones. Yo ese tipo de aves no los quiero dentro de mi nevera por nada del mundo, prefiero que esté como está, sola y desahuciada, a verme metido en un berenjenal de esa categoría; ¡Jesús (Gil), que agobio!, ahora sí que tendrá que mirar la Pantoja la agenda para saber qué días trabaja sobre el escenario, y cuáles sobre la cuerda floja.

En fin, en el fondo soy afortunado, al fin y al cabo yo tengo nevera, aunque esté vacía, otros -porca miseria-, no tienen nevera, ni nada que meter dentro, igualito que Esperanza Aguirre.

El muñeco.

No tengo meteduras de pata dignas de ser contadas, o al menos, yo no recuerdo ninguna; más bien va a ser eso, porque teniendo en cuenta lo despistado que soy, alguna metedura gorda he tenido que tener, pero ya digo, yo no me acuerdo, lo cual es muy normal en mí, teniendo en cuenta que además de despistado soy olvidadizo, tal vez porque una cosa conlleva la otra. Como ven, soy una joya. Pero sí contaré una anécdota que me ocurrió hace muchos años, tendría yo, no más de 17 otoños cuando sucedió.

Naturalmente, es necesario que después de contarlo, se imaginen a servidor, en medio del andén, rodeado de gente que me miraba con una sonrisilla burlona, y a mí, deseando que el túnel me tragara por completo para siempre.

Pues verán, era una fría mañana de un 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, después de toda la jornada en el trabajo y de las consabidas bromas entre los compañeros, nos despedimos hasta el día siguiente y me dirijo hacia el metro de Alonso Martínez para ir a mi casa.

Ya en el andén, y esperando a que llegara el metro, observo que un señor desde el apeadero (con perdón) de enfrente, me hacía gestos y señas extrañas. Yo le había tomado por un loco o alguien al que se le había subido el cava a la cabeza, habida cuenta de las fechas en que nos encontrábamos, así que al principio le ignoré olímpicamente. Pero el loco bebedor insistía e insistía, y cada vez los aspavientos eran más exagerados, yo me movía nervioso por todo el andén y él me seguía, hasta que, pasado un rato y ciertamente enojado, no sé si por él o por que el metro no venía, le digo al señor a voz en grito desde el otro andén:

-¡Pero qué le pasa a usted..., qué coño quiere!

A lo que el señor, también a voces, me dice desde el otro lado:

-¡Qué se quiete usted el muñeco que lleva colgando en la espalda, hombre de Dios!

Cacharros y otros artefactos.


Hubo un tiempo en que la tecnología me tenía atrapado de ahí mismo, fue increíble la cantidad de cacharros que fui recolectando en un espacio relativamente breve de tiempo; claro está, con el consiguiente y oneroso gasto para mi bolsillo mileurista.

Verán, me compré una cámara reflex ya que de repente, me entraron unas ganas locas de hacerme fotógrafo, e ir con mi cámara a todas partes para retratar la vida y las cosas; teléfonos móviles, no exagero si digo que uno cada dos o tres meses; una agenda electrónica, de esas que los modernos llamamos PDA, un reproductor MP3, un DVD, una mini televisión. Al final, tanta pasión por los cachivaches (me niego a utilizar el anglicismo gadget, teniendo aquí palabras tan bonitas como cacharro, o adminículo, o chirimbolo), sólo me sirvió para tener un cajón lleno de tecnología punta, cajón del que se han servido mis hijos cuando venían a casa. Ésta se convirtió en algo así como un corteinglés casero: "¡Me lo llevo!", decían. Y se lo llevaban, y además gratis total, como han hecho los ministros gorrones toda la vida, pero a ver, no iba a ser un rata capaz de cobrárselo a mis hijos, al fin y al cabo yo no los usaba porque resultaban complicadísimos para mí.

El único chisme del que ahora no sería capaz de prescindir es de mi ordenador, el PC es el invento del siglo y diría que hasta del milenio, por una razón muy sencilla y muy útil para mí: por mucho que escriba nunca se acaban las hojas, ¿se han fijado? Es un misterio.

Otro misterio que no logro explicarme es de los móviles, un artefacto del que ahora no me separaría por nada del mundo, el móvil es como llevar una cabina telefónica en el bolsillo, sólo que siempre funciona.

Antes los móviles sólo servían para llamar por teléfono y para llevar un bulto sospechoso en el bolsillo del pantalón de los chicos, ahora no, ahora cada vez son más pequeños y el más barato ya tiene cámara de fotos, vídeo, envía mensajes, se conecta a Internet y hasta se puede jugar al golf en el metro. Todo en un espacio mínimo, igual que en el metro.

Es lo más de lo más, no me extrañaría que dentro de unos años, no muchos no vayan a creer, veamos un móvil capaz de poner en marcha desde la oficina la lavadora y de paso hacer la cama y activar el lavavajillas, incluso podremos hacer viajes virtuales a la Polinesia con sólo enviar un fax.

Entonces sí, ya les aseguro que ese será mi cacharro preferido, aquel que me permita viajar gratis total, como los ministros gorrones de toda la vida.

Mis zapatos.

¿Ahora me salen con eso? ¿Qué hable de mis zapatos y que además publique una foto? O sea, que además tendré que salir corriendo para quitarles el polvo y lustrarlos como para una boda. Además, yo ya he hablado de los zapatos, sin ir más lejos... bueno, podría ir más lejos pero no quiero porque estoy en bata y zapatillas, así que me quedaré en septiembre del año pasado cuando publiqué en La Coctelera un monólogo titulado "Historia de un zapato" del que aquí les dejo el enlace por si quieren volver a leerlo, o mis nuevos amigos hacerlo por primera vez.

Después de aquel pequeño relato mi cerebro quedó totalmente estrujado sobre el tema zapateril, y ahora no se me ocurre nada que contarles. Que mala suerte.

A ver... un zapato... un zapato... hummm... bueno... les diré que tengo dos zapatos..., uno para cada pie, además uno es del derecho y otro del izquierdo. Esto no sería una noticia sino fuera porque sólo tengo dos zapatos, o sea, que son los únicos que tengo, de verdad, sólo tengo dos zapatos, de hecho estoy esperando a las rebajas para comprarme unos de verano. No es me queje, soy consciente de que hay personas que van por la vida sin zapatos, yo sin embargo, tengo unos para el invierno y con suerte, tendré otros para el verano, porque si no, la gente me miraría raro: "Mira ese, con zapatos de invierno en pleno agosto, si es que hay cada uno..." Sin embargo, si fuera descalzo por no tener dinero para comprarme unos zapatos, la gente ni me miraría, tan acostumbrados estamos a convivir con las miserias de otros: "¡Bah! es un pobre".

Ahora las rebajas no son como las de antes, que había unas en enero y otras en verano, ahora hay rebajas cada dos por tres; me pregunto ¿por qué se empeñarán en rebajar las cosas si lo pueden vender a su precio el resto del año? Hummm, ¿Será un chanchullo como los votos del PP de Melilla? En fin, que cuando lleguen las rebajas dentro de un par de meses, me compraré unas sandalias de verano. Las sandalias se hacen igual que los zapatos sólo que con menos vaca, de la piel de una vaca pueden salir cuatro millones de sandalias y doscientos mil zapatos, zapato arriba, zapato abajo, más bien será abajo que es dónde se suelen llevar los zapatos.

Los indigentes se quedarían con la vaca entera para hacer filetes, ya que los zapatos son un artículo de lujo. Y las sandalias también.

Yo no sé quién inventó el zapato, antes, en la antigüedad, todo el mundo iba descalzo hasta que llegó san Sandalio, harto de clavarse chinas en la planta del pie por esos caminos de Dios, he inventó un calzado con tiras de cuero y la llamó sandalia, así de original era san Sandalio. Luego, siglos más tarde, alguien sin nada que hacer inventó un instrumento de tortura al que llamó zapato, de ahí a la bota malaya sólo había un paso, nunca mejor dicho.

Nada que ver la bota esa con la china en el zapato, por eso es mejor la sandalia que tiene vías de escape y salidas de emergencia, eso sí, hay que lavarse los pies todos los días o ponerse calcetines como los americanos.

¡Ah! se me olvidaba, decirles que a los zapatos de los hombres se les llama zapatos como su propio nombre indica y el de las mujeres zapatas, porque no es lo mismo un zapato de caballero que de mujer, donde va a parar, son mucho más finos los de señora, a mí me gustan más, sobre todo si dentro hay un pie, y detrás del pie todo lo demás.

Y eso es todo lo que tengo que contar sobre mis zapatos.