Publicidad:
Terra
La Coctelera

Categoría: El club de los corazones solitarios

Hala, otra vez al hospital.


Como si de una maldición cíclica o bíblica se tratara, me veo metido de nuevo en una ambulancia, cosido a la camilla por cables que me suministran oxígeno y suero como el cordón umbilical materno, o como un astronauta dentro de su escafandra. O sin ir más lejos, (porque como estoy sobre una camilla no puedo ir más lejos), como un infartado camino del hospital que es lo que soy yo: un infartado.

Y yo, que ya me sé la historia y toda la parafernalia que conlleva el ingreso en las urgencias hospitalarias, me voy temiendo por el camino toda la ristra de fechorías que me aguardan.

Al llegar, me pinchan en un dedo, me pinchan en el dorso de la mano –como duele-, me pinchan en el culo, me pinchan en la tripa (heparina), me abren nuevas autopistas en el brazo, en el otro brazo, (menos mal que sólo tengo dos), me inyectan nitroglicerina, para habernos matao, me vuelven a pinchar en el culo, me vuelven a pinchar en la tripa (qué manía) y como si de un fin de fiesta se tratara y como tengo dificultad para orinar ¡me quieren introducir una sonda!... ¡y una mierda! Al final, termino orinando en una botella ante la amenaza de que me abran otra autopista en esa península urinaria que está un poco al sur de mi cuerpo taladrado.

Al rato viene otra enfermera que me golpea con un martillo en los tendones y articulaciones, será para ver mis reflejos que tienen que estar bajo mínimos, suelta el martillo y me pincha en el culo, me pincha en la tripa, el caso es joder; “no puedo con el martillo pues le pincho” dirá la enfermera a la que veo en esos momentos como a una clienta de supermercado eligiendo qué parte de mi cuerpo le gusta más para eso, para pincharme.

En esos momentos el dolor de cabeza por la nitro alcanza el grado cinco en la escala Richter, les digo que me duele la cabeza, aunque sé que la respuesta va a ser la misma de años anteriores: “bueno, bueno, espera un poco”, como si eso fuera a ser media hora, pero la media hora se convierten en horas y el dolor de cabeza es ya como el terremoto de San Francisco.

Para entretenerme me fijo en el personal sanitario y en el propio recinto en el que estoy, donde se trabaja tan profesional como frenéticamente; hay señoritas enfermeras de verde, otras de blanco, otras con un uniforme a rayas azules y blancas, todas muy monas, pero al final y como no las distingo no sé si me está preguntando por mis males la señora de la limpieza o una doctora, o en su defecto, una enfermera en toda regla.

Deciden hacerme un cateterismo, ellos lo llaman “cate”, será el séptimo que me hagan a lo largo de mi dilatada carrera como enfermo coronario y yo me echo a temblar, más por la dificultad de la prueba, que la tiene, por las horas de inmovilización que vienen después, por el dolor de riñones que conlleva las largas horas de quietud sobre la cama sin poder moverme ni rebullirme entre las sábanas. Han decidido dejar de martirizarme el culo (qué mal suena eso), pero siguen con la tripa que a estas alturas y después de cuatro días de ingreso, más bien parece un paso de semana santa de lo morado que está.

El “cate” ha salido bien, despejando así mis dudas y temores de que la enfermedad haya ido a más, pero todo está bien, tan bien que al día siguiente deciden darme el alta con una rapidez tal, que tengo la sospecha que hay otro enfermo tras la puerta esperando que me vaya para ocupar mi cama que ha sido mi lecho durante cinco días.

Por último, decirle a mi hijo Rafael (Danibegood, que escribe Desde mi azotea, bueno, desde la suya), lo orgulloso que estoy de él, se ha sacrificado todo lo que ha podido por estar a mi lado, y aunque sea mi hijo y sea lo razonable, yo no lo olvido.

Y como diría Forrest Gump, eso es todo lo que tengo que decirles sobre mi corazón.

Una buena persona.

El otro día me ocurrió un caso que quiero contaros, algo que me hace creer que no está todo perdido mientras existan personas así, tal vez no tenga mayor importancia, pero para mí la tiene ya que en los tiempos que vivimos, uno no está muy acostumbrado a gestos de tal generosidad.

Aunque pueda resultar un tanto humorístico, todo empezó hace unos días cuando me quemé el dedo meñique con el aceite al freír un huevo, éste saltó como si estuviera vivo y me quemó, como consecuencia me salió la consiguiente ampolla, hasta aquí todo normal, pero lo realmente importante de esta pequeña historia, lo que de verdad me sorprendió, es que dos días después, estando yo en el metro una muchacha de unos 25 años se acercó a mí y se sentó a mi lado, sacó algo del bolso y me lo ofreció, yo pensé en primera instancia, por su forma y tamaño que era un chicle, pero lo que me estaba dando era una tirita para que me la pusiera en el dedo, mejor dicho, ella misma me la puso, cosa que le agradecí entre sorprendido y extrañado por lo infrecuente.

Como ya he dicho antes, esto puede que no tenga importancia, pero según la sociedad en la que nos ha tocado vivir, no es muy normal un acto de tal generosidad, o al menos yo no estoy acostumbrado a esos detalles en esta sociedad en la que cada uno va a lo suyo, yo incluido.

Este hecho me hace pensar que aún hay gente buena por el mundo, y me da esperanzas de que en la sociedad siga habitando el germen de la buena voluntad.

Bueno, en fin, eso es todo, sólo quería que supierais que a veces ocurren pequeños milagros que nos hacen un poco mejores.

Sólo por cuestiones laborales.

Ustedes, mis amigos de siempre dirán que he escrito mucho en éste blog durante estos dos años y medio, y se preguntarán que ahora, de repente, dejo de aparecer, por eso creo que es el momento de contar la razón por la que ahora no lo hago con la misma frecuencia.

No es que esté cansado de La Coctelera, ni que no tenga nada que decir, aunque también es posible que se me haya secado el cerebro teniendo en cuenta mi condición masculina, pero la realidad es otra y es que sencillamente no tengo tiempo.

Desde hace dos meses estoy trabajando y la verdad es que acabo tan cansado que por las tardes sólo deseo echarme una buena siesta, los sábados y los domingos que estoy libre los dedico a ver el correo olvidado durante la semana y pasarme por vuestras casas para comentar sobre lo que habéis escrito, o sea, que no tengo tiempo para escribir.

En cualquier caso eso no significa en absoluto un abandono por mi parte de La Coctelera, prometo que en cuanto vuelva a tener tiempo atacaré de nuevo, ¿qué os creéis? ¿Qué os vais a librar de mí tan fácilmente?. Pues no.

Entre tanto, me conformaré con leeros, que por ahora es casi lo único que necesito.

La familia. II. Rafael y Sergio.


Rafael, mi primer hijo, es un niño –para mí siempre lo será- que jamás nos ha dado un disgusto grave, su madre y yo siempre hemos sido conscientes de que nuestra labor de educadores ha sido buena, al menos estamos satisfechos de ella, pero es justo reconocer que facilitada por el buen espíritu de él –de ellos-; hemos tenido la inmensa suerte de que hayan salido así, tal vez porque tanto ella como yo, tuvimos buenos sentimientos que inculcarles, pero en lo que se refiere a Rafael, él lo agradeció siendo un ejemplo que todavía perdura hoy, a sus 32 años. El niño.

Mal estudiante –como yo- pero muy laborioso y cumplidor –como su madre, no como yo que siempre fui un poco vago, jejeje, en fin-, él se afanaba como podía en estudiar, algo que le costaba demasiado, tal vez por eso no le gustaba mucho, pero sacaba sus notas con un esfuerzo fuera de lo corriente, cosa que agradecíamos y apreciábamos más de lo que él creía. A él lo que le gustaba era jugar con sus amigos y soñar, como lo hace ahora escribiendo esos sueños suyos tal vez incumplidos que a uno se le escapan de la realidad de la vida. Como sueño yo, como sueña todo el mundo.

Rafael o Danibegood , como ustedes gusten, tiene algo especial, tiene esa sensibilidad que yo admiro y amo y que seguramente ha heredado de sus progenitores o lo más probable de él mismo, que para eso uno se labra su propio camino una vez descubierto y aprendido el sendero correcto, eso que llaman futuro y destino.

Sergio, es el pequeño, un niño de ya 30 años el chiquillo, como si fuera hijo de Cronos y hermano de Zeus, era el terror de los mares y los terremotos, un torbellino. Ahora sólo exige que le den tiempo para organizar las cosas en las que se mete; si lo consigue, él sacará todo lo bueno que lleva dentro que es mucho, igual que su hermano es leal, sincero, comprometido con la sociedad, responsable, pero además es emprendedor y arriesgado en los negocios que inicia, pero que no acaba casi nunca porque el engranaje de la suerte no va, de momento, con él, aunque estoy seguro que con el tiempo acabará deteniéndose en algo que le pique la curiosidad y le haga ilusión, porque ha empezado tantos negocios sin fortuna que estoy seguro que acabará encontrando esa suerte que hasta ahora le ha sido esquiva, o eso, o retirarse a los campamentos de invierno y emprender una vida más convencional.

A todo esto sólo le falta –a parte de la suerte necesaria para todo-, que encuentre la mujer que termine de convencerle, porque hasta el momento no ha tenido la suerte ni la convicción necesaria para encontrar la mujer adecuada, o tal vez la mujer no le ha encontrado a él; eso me inquieta pues no me cabe duda que la mejor compañera que uno puede tener en la larga singladura de la vida es tener una pareja.

También está mi único hermano José Luis al que adoro y al que también conocen por La caverna del calvo . Un tipo simpático y cachondo al que le gusta viajar y descubrir nuevos horizontes, una de las mejores formas de adquirir cultura.

En fin, ésta es mi auténtica familia, además de tíos, primos, una sobrina y una cuñada diseminados entre Sevilla, Valencia y Madrid, y otra hija a la que me niego a denominar como nuera, una familia, en fin, a la que me gustaría tener más cerca y ver más a menudo, pero comprendo que las cosas son como son y esto es lo que hay.

PS.- Me preguntarán el porqué de contarles todo esto, pues tal vez porque tengo la necesidad de contarles de lo que estoy tan orgulloso. Y perdónenme que ahora utilice el sustantivo “amigo” con desmesura, pero qué palabra más bonita: Amigo, aunque más bonita es si añadiéndole una s la convertimos en plural, cuantos más amigos se tengan más rico se hace uno:

Amigos míos, si quieren tener unos buenos amigos, unos amigos para toda la vida, leales y para siempre, háganse amigos de ellos, de mis hijos, de mi hermano y de paso, sean amigos míos.

No les defraudaremos.

Lamento que el artículo haya salido un poco extenso, pero eso es todo lo que tenía que decir de ellos.

La familia. I.


No sé la razón por la que las cosas que más amo están lejos de mí, debe ser un síndrome, una pesadilla o un maleficio que a mí me ha caído como una enfermedad o una maldición, acostumbrado como estaba a tener a mi familia lo más cerca posible.

En un principio, en la génesis de todo, quise tanto a mi mujer que a fuerza de eso o tal vez por eso me echó de casa... por plasta; pero, ¿es qué no se debe amar con todo lo que la naturaleza te da sin dejarse nada en el cajón de la indiferencia? Debe ser que uno no sabe entender la vida tal y como se la presentan. Será que uno la quiere acomodar a su gusto y casi nunca salen las cosas como uno las planea.

Pero sí hay algo que ha salido como yo quería, ahora, quiero tanto a mis hijos que como se dice, daría la vida por ellos sin dudar, ellos son lo primero en mi existencia; luego, mi nieto, Daniel, al que le tengo un amor sobrehumano y distinto, fuera de lo normal; por que él fuera feliz daría mi brazo derecho, el izquierdo y hasta las dos piernas para que él creciera exento de maldades, tal y como lo han hecho mis hijos, libres de trampas sociales, amando a los seres humanos, sean de la condición, nacionalidad y color que sean... Pero claro, mi nieto será como tenga que ser y yo le querré del mismo modo.

¿Qué no habré apostado con el mismísimo diablo -a pesar de mi infelicidad eterna, si es que existe algo eterno-, porque mis hijos hayan salido como han salido... porque mi nieto sea en el futuro una buena persona?

Tengo dos hijos a los que amo profunda y desinteresadamente, que es como se quiere a los hijos, hoy les quiero hablar brevemente de ellos. Uno se llama Rafael al que ya conocen (Danibegood) , y el otro Sergio, al que no conocen de nada.

Partamos de la base teórica pero cierta de que amo a los dos por igual. Los quiero porque son mis hijos, pero también porque han crecido de forma admirable: han sido unos niños y ahora son unos hombres ejemplares que siempre han sabido respetar al prójimo, para ellos nunca han existido diferencias entre razas y todos los seres humanos son iguales, sean de la clase social que sean y el color de su piel, y algo muy importante: respetan a la mujer como lo que es, una igual digna de todo el elogio que merece su esfuerzo por no sobrepasarnos, cosa que les sería fácil de proponérselo, o en todo caso, hacerlo como es debido, por la izquierda y con el intermitente puesto, la mujer suele estar a la altura que su capacidad intelectual exige.

Continuará...

¿Qué hacemos con el amor?

Ésa es la pregunta: ¿Qué hacemos con él? ¿Darle la bienvenida cuando aparezca o salir huyendo en dirección contraria?

Lo digo porque hace tres noches que tengo el sueño despierto. Nunca pude pensar que una felicitación me sumiera en una profunda inestabilidad emocional.

Hace poco trataba de buscar la sonrisa que me faltaba, y miren por donde, casi un mes después de mi cumpleaños, alguien a quien yo adoraba hace unos pocos años me mando una felicitación por sms deseándome un buen día. Ni siquiera se acuerda de mi cumpleaños: “Felicidades. Que pases un buen día. Un beso”. Un beso que yo he recibido como si me lo diera Ella, aquel antiguo amor que yo pensaba ya olvidado y que ahora surge desde lo más profundo de un teléfono móvil.

Un beso que yo he recibido con toda la pasión que aún me queda después de lo ocurrido cuatro años atrás.

Cuatro años sin saber nada de ella que me dejaron sumido en una terrible depresión, cuatro años de angustia y desesperación que ya he superado creo que con nota, porque es cierto que el tiempo y la paciencia lo curan todo.

Pero, ¿ahora qué? Todo ha vuelto en mi memoria a la normalidad que me daban sus besos y su cariño, porque yo la sigo recordando como mi único amor verdadero, tal vez porque era el último; tal vez porque era el último, yo no la guardo ningún rencor a pesar del estropicio que me causó.

Sé que ella pudo ser la sonrisa que me faltaba, pero no sé si puede serlo ahora, tengo miedo a un nuevo fracaso, a que me vuelva a infringir ese dolor agudo en el corazón y en el alma por una nueva pérdida.

Y ahora está aquí, sé que mandó el mensaje como punto de partida para saber de mí, y yo no sé si contestarla para agradecerle esta tardía felicitación que me ha dejado transpuesto, o evitar por todos los medios el contacto de su voz.

Naturalmente, esto es algo que tengo que resolver yo solo, pero no sé si el sólo hecho de estar planteándomelo es simplemente debilidad al recordar de nuevo sus ojos, o un signo significativo de que aún queda algo en mi interior, ese rescoldo templado que parece inerme pero que está dispuesto a incendiarse e incendiarme de nuevo y convertirse en llama con la más suave de las brisas.

Éste es el problema: que, aún sospechando que puede volver a dañarme, casi estoy dispuesto a llamarla y que pase lo que tenga que pasar. Espero que el sentido común me dicte lo contrario.

Buscando la sonrisa que me falta.

Uno piensa que ya no lo necesita porque no le queda tiempo, lo
cual no significa que eso sea cierto, sino que uno se resigna a decir que ya no lo desea, que el amor en la vida pasó de largo porque no
había parada en mi estación. Recogí algunas pasajeras interesadas, pero
de la misma forma que subieron bajaron en la siguiente parada.


Ahora, me gustaría completar el álbum de cromos como cuando era un niño, todavía quedan muchos espacios vacíos en mi corazón para alguno más pero sabiendo como sabe que ya no lo podrá terminar, para qué, en los sobres las estampas ya están repetidas y es muy poco probable que le salga un nuevo cromo, pero no me resigno a que eso sea cierto.


Tratar el tema del amor, o mejor dicho, del desamor de esta manera, comparándolo con cromos o paradas de tren sé que es una frivolidad, pero tal vez sea un mecanismo de defensa y la mejor manera de refugiarme de la falta de ese amor.


No hay una mujer de pechos reventones a mi lado, me interesa más una que me inyecte un poco de la mucha inteligencia y de sentido común que poseen la mayoría de las mujeres, una que me ayude a sobrevivir en esta selva de ingratitudes en la que me hallo, y me ayude a ser mejor persona.


Y a pesar de todo, presiento que la vida no me debe nada y que estoy conforme con todo lo que ha ocurrido, porque todo me ha servido de aprendizaje y por ello estamos en paz.


Entre tanto, sólo cabe esperar que el mañana sea mejor que hoy, que a pesar de lo que digan, nunca el tiempo pasado fue mejor, fue distinto y con esa esperanza vivo el presente, deseando que el futuro
me depare algunas de las sorpresas que sin duda aún están preparadas para mí, en alguna parte, en algún lugar, mientras espero con serenidad la sonrisa que me falta.

Presentación en sociedad.

Hoy va de historia familiar, pero no teman que no les voy a contar la vida y milagros de la familia, ni siquiera de la más allegada que por afinidad geográfica y por consaguinidad es la que más quiero. No, sólo quiero hacer las veces de anfitrión que por algo la veteranía dicen que es un grado, yo no sé si será cierto o no, pero si me veo en la obligación de hacer las presentaciones de dos nuevos cocteleros muy allegados a mí.

El primero es mi hermano José Luís , al que pueden encontrar en La caverna del calvo, (no podía ser de otra forma en una familia de calvos contumaces); en este espacio pueden encontrar fotos de sus innumerables viajes de turista cultivado, pero también una crítica social y política de todo lo que pasa por ahí fuera, que ya saben es mucho y casi siempre desagradable.

Rojo impenitente y con gusto de serlo, escribe con vehemencia pero con buen criterio sobre su pasado clandestino en época de Franco y su lucha por la Libertad, que yo escribo con mayúscula porque la Libertad sólo debería ser una, igual para todos, aunque ya sabemos que eso no es así casi nunca.

El segundo coctelero es mi hijo Rafael , padre orgulloso de serlo como lo estoy yo por partida doble.

Su página se llama Danibegood, un pequeño homenaje a la joya de la familia, Daniel , su primer hijo –mi primer nieto del que ya les hablé hace tiempo–, y en dónde cabe de todo, música, curiosidades, citas, pero sobre todo habla sobre la vida, esa cosa que tenemos entre manos y que pasa por delante de él mientras va al trabajo cada mañana, deseando llegar por la tarde a su casa para abrazar a la esposa y al bebé, que más que bebé es un sol de criatura.

Pueden hacerles una visita y si les gusta, pueden quedarse a mirar, no es porque sean de la familia, pero son gente sana mi hermano y mi hijo, obreros de Coslada y Vallecas, o sea, lo mejor de lo mejor.