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Terra
La Coctelera

Categoría: Cuentos mínimos.

La otra muerte.

El día había amanecido un tanto oscuro, pero yo me sentía optimista a pesar de que un ligero dolor en el hombro izquierdo me molestaba sobremanera.

Pero de repente y sin saber cómo, me encontré en un lugar oscuro y sin ventilación; no supe hasta después, a última hora, cómo había llegado hasta allí, pero de momento allí estaba, metido en un agujero rodeado de tierra por todas partes, sin apenas movilidad posible para poder rebullirme entre las angostas dimensiones de aquella especie de túnel. Mis miembros se tropezaban constantemente con las estrechas paredes que me rodeaban y con las raíces de los árboles que sin duda crecían por encima de mí, y yo seguía sin saber cómo había podido suceder tal cosa, sólo sé que estaba escarbando en algo parecido al inicio de una cueva, un lugar sin luz y bajo tierra según creía.

Anteriormente recordaba que momentos antes estaba en un prado que creí ver lleno de lápidas mortuorias, el aire era respirable y repleto de grandes arboledas, pero de repente, caí en lo que creí ser una fosa común dada sus amplias dimensiones, enseguida algo me cayó desde arriba, era la tierra que descansaba al borde de la fosa y que sin saber el motivo había comenzado a caer sobre mí.

Excavé y excavé sin saber adónde iba, deshaciéndome las uñas en cada intento de escapar de aquel horrible lugar, empecé a bracear como un loco para tratar de buscar la superficie y el aire que comenzaba a faltarme, pero cada vez que hacía un movimiento, cualquier movimiento, me introducía más en las profundidades que me abrían sus brazos y me acogían en su seno, justo lo contrario de lo que yo naturalmente deseaba.

Lo único cierto es que el agujero por el que nadaba en arena húmeda, embarrada, era cada vez más estrecho y mi avance era cada vez más penoso.

En ese momento la ansiedad me invadió al darme cuenta de que jamás podría salir de aquel laberinto de tierra y piedras, y que además, había comenzado a invadirme un terror mortal al darme cuenta de que tal vez estuviera excavando boca a bajo con lo que cada vez me alejaba más de la superficie.

De repente encontré un espacio más abierto, hice fuerza con las manos para acceder a él hasta conseguirlo, avancé un poco más y enseguida pude asir, aterrorizado, un objeto que enseguida deduje no era otra cosa que el alargado hueso de un cadáver, allí podía moverme con algo más de facilidad, pero la presencia de aquellos huesos me indicaba claramente que estaba muy alejado de la superficie, y entre grandes espasmos de desesperación, completamente a oscuras, pude comprender por fin que estaba enterrado entre cadáveres, enterrado en vida en una tumba que ni siquiera era la mía, pero seguía sin saber como había llegado hasta allí.

Entonces lo comprendí todo: sin duda alguna estaba muerto aunque no sabía cuál había sido la causa, pero eso ya no era importante, el caso es que estaba allí y no había tenido conciencia de mi propia muerte hasta que me vi rodeado de tierra y huesos por todas partes..., pero mi corazón latía, podía sentir el golpeteo alocado por la ansiedad bajo mi pecho, “es sólo cuestión de tiempo, puesto que jamás podré salir de aquí hasta que fallezca definitivamente”, me dije entre convulsiones; “¿así que esto es todo?; no hay nada más allá de la muerte, sólo otra muerte horrible rodeado de cadáveres pestilentes y de tierra repleta de gusanos”.

Luego mi corazón comenzó a debilitarse paulatinamente..., cada vez más lento..., cada vez más lento, comenzó a faltarme el aire mientras mi pecho subía y bajaba alocadamente y mi boca se abría en busca del ansiado aire, pero cada vez que abría la boca para respirar se me llenaba más de tierra que yo mismo desprendía con las uñas ya completamente descarnadas.

Entonces el corazón se paró, dejó de latir y me quedé inmóvil en ese momento crítico, pero yo seguía respirando, entonces comprendí que estaba enterrado junto con un cadáver que acababa de expirar y que el corazón que oía no era el mío sino el suyo. Es decir, que después de la muerte hay un estado de conciencia en la que uno se da cuenta de todo lo que ocurre, y entonces me pregunté qué es lo que pasa con aquellos que incineran, ¿Los queman estando vivos todavía?

En ese momento supremo, no supe predecir quién tenía más suerte, si yo al ser enterrado vivo o ser abrasado dentro de una caja aún con vida o con lo que quedaba de ella.

Y poco a poco me fue invadiendo una somnolencia que me sumió en algo más de tranquilidad, no vi largos túneles de luces intensas al fondo, ni vi mi alma ascendiendo o descendiendo a ninguna parte, ni ángeles ni demonios...

Luego, cerré los ojos lentamente, y después, la nada.

Don Cipote de La Manga.

Me llaman Cipote y soy de La Manga, me llaman Cipote por las medidas exageradas que uso en la entrepierna y como he vivido hasta hace poco en La Manga, pues eso, que todo el mundo me conoce como Cipote de La Manga. Además soy un señor con clase y cuarentón y todas esas cualidades unidas hacen que según mis cálculos me hagan más interesante y sexy para las jovencitas inexpertas, si es que hay alguna.

Acabo de separarme de mi mujer, esto hay que decirlo porque hoy en día un hombre se puede casar por lo civil con otro hombre, y como consecuencia, divorciarse de él, pero yo no soy de esos, yo me casé con una mujer, como Dios manda, y ahora me he separado de ella hace sólo unos meses. Ante mi nuevo estado de soltería, me he visto completamente desligado de las ataduras matrimoniales que me habían mantenido atado y bien atado durante más de 20 años. Ahora, por fin me veo, a esta edad, rayando casi la cincuentena, libre para hacer lo que quiera, cosa que había deseado durante la mayor parte del tiempo que duró mi matrimonio, aunque a decir verdad, alguna escapadita me hice, que uno es muy hombre y tiene que alternar como es debido.

A partir de ese feliz día, comencé a hacer todo lo que me habían negado, me di de forma un tanto desaforada al güisqui Dick que es mi favorito, me fumaba dos cajetillas diarias de tabaco negro y me echaba colonia Varón Dandy para oler bien.

Como ya he dicho vivía en La Manga, pero al separarme me marché a vivir a Madrid porque según decían, en la capital era donde había más oportunidades de prosperar; además, en La Manga las mujeres ya me tenían un poco calado y no ligaba nada, cosa que en Madrid seguro que no me iba a pasar.

Un día, recién llegado, me preparé para ligar, vistiéndome con mis mejores galas, esto es, unos pantalones vaqueros de pata de elefante ajustados al muslo para marcar paquete, que había comprado en un Todo a 1 euro, aunque la verdad es que me costaron algo más, en realidad me quedaban un poco ajustados pues la tripa me rebosaba por la cinturilla y andaba algo incómodo; luego me puse mis zapatos nuevos de rejilla y unos calcetines blancos de esos que llevan dos bandas de colores azul y rojo en los bordes, una camisa blanca con flores rojas, muy ceñida y con chorreras para marcar músculo aunque también "michelín", y me calcé una cazadora vaquera negra con cuello de borrego, aunque la verdad es que no hacía mucho frío, teniendo en cuenta que estaba en pleno mes de julio, pero como molaba me la puse. Me peiné con gomina estirándome el pelo hacia atrás y me dejé caer unos cuantos mechones sobre la frente, mi pelo entonces era negro y reluciente porque también me eché brillantina.

Pero el primer día que salí y al querer entrar al baile, un gigantón parecido a Hulk que había plantado en la puerta, me miró de arriba a abajo mientras me acercaba y al querer entrar, se puso en medio y me espetó a bocajarro, mientras me ponía su mano -que más bien parecía una manopla de béisbol- en las chorreras de mi reluciente camisa:

-¡Tú, no!

Y no me dejó entrar porque según dijo entre dientes y con cara de Harry el Sucio, llevaba una pinta poco adecuada y ropa de supermercado.

Pero si molo, si soy moderno, le dije yo a modo de explicación, a lo que él me contestó en un tono como de no querer repetirlo más veces: ¡Fuera! Dijo apuntándome con su dedo de morcilla a la nariz.

Por no querer liarla el primer día me busqué otro sitio, cerca de Tirso de Molina donde me enteré que sí dejaban entrar a todos, y allá me fui.

¡Jo! Iba hecho un figurín, fardaba un montón y seguro que las mujeres cuando me vieran bien, no me iban a quitar ojo.

A media tarde y con el sudor del bailoteo, he de decir que bailaba solo porque las chicas no se atrevían a acercarse, la pasta que me había echado en la cabeza comenzó a hacer un efecto urticante y a picarme de tal modo, que acabé con los pelos tiesos de tanto rascarme. Tendría que haberme lavado la cabeza –pensé-, antes de echarme tanto potingue.

Me peiné mientras me miraba en el espejo de detrás de la barra y comprobé que tenía pinta de eso que llaman "lolailo". Perfecto, me dije, todas las chicas me miraban y algunas se reían con disimulo, por lo que deduje que mi éxito era total, así que seguí saliendo todos los jueves y sábados que es cuando más se liga en Madrid, con la misma pinta, que era una mezcla entre componente de ABBA (da igual cuál de ellos), Los Chunguitos (da igual cuál de ellos) y Farruquito. Aunque a decir verdad, desde que había llegado a la capital no me había comido una rosca, todo era cuestión de tiempo. Las chicas me miraban, sí, y hasta se reían cuando me miraban de arriba a abajo, como había hecho el portero del baile, pero de ahí no pasaba, con lo cual, yo me daba a los cubatas, acodado en la barra mientras todo el mundo bailaba.

No me explicaba qué es lo que sucedía, yo estaba seguro que así vestido llegaría el día en que habría de ligar, y que cuando me conocieran un poco más, las niñas me estarían esperando a que llegara al baile, deseosas de que las sacara a bailar, pero mientras eso llegaba, no hacía más que repetirme a mí mismo: “Para que luego digan que el tamaño importa”.

Mordekay. Capítulo II.


“Soy Mordekay, el ejecutor y he venido para matarte”, me dijo mientras me mordía la oreja con sus dientes desportillados y verdes de suciedad.

“¡Joder, a matarme, nada menos!”, pensé yo aterrorizado mientras observaba su boca ensangrentada por el mordisco.

Su aliento me llego diáfano hasta mi nariz, la cual arrugué intentando repeler su aroma putrefacto y fétido de cadáver en descomposición, mientras intentaba pensar que aquella pesadilla no me podía estar pasando a mí.

Pero en ese preciso momento, un vaivén del vagón desequilibró al irascible hombretón, cosa que aproveché para darme la vuelta y ponerme de rodillas ante él intentando levantarme.

Eso era lo último que yo hubiese querido, pues no se debe doblar la rodilla ante el agresor, pero gracias a eso conseguí cogerle de un pie y desequilibrándolo, tirarlo hacia atrás con gran esfuerzo, pero entonces, apareció en su defensa un perro negro, fiero y grande que yo no había visto antes y se abalanzó sobre mí mordiéndome el tobillo mientras sacudía la cabeza a un lado y a otro como un demonio. Mientras el animal, que era un fiero y babeante Pit Bull me sacudía la pierna sin poder soltarme de sus fauces, me fijé en sus ojos de fuego, unos ojos rojos, inyectados de sangre que se fijaban en mí con inusitado y monstruoso interés.

Durante ese corto intervalo de tiempo, Mordekay se había levantado y, apartando al perro negro de un puntapié, se tiro de cabeza a por mí sujetándome furioso del cuello con sus manazas de retroexcavadora, las cuales comenzaron a apretar mi garganta con un afán indescriptible, mientras yo pasaba del rojo al morado en cuestión de pocos segundos.

Mordekay se había acercado tanto a mí que las babas que expelía su boca me rociaron el rostro, mientras que yo, muerto de asco pero más aún de miedo, gritaba y peleaba y pataleaba para tratar de zafarme del abrazo mortal a mi cuello. Ya estaba a punto de rendirme y dejar de luchar por la vida que se me escapaba por la boca, mientras me preguntaba el porqué de aquella muerte absurda y sin explicación que sin duda iba a tener a manos de aquel energúmeno irascible.

Pero en ese momento... bipbipbip... bipbipbip...

...Con ritmo repetitivo, un sonido irritante por lo intempestivo de la hora llegó hasta mis oídos, era un ruido que ya había oído en otras ocasiones; poco a poco fui familiarizándome con aquel soniquete ciertamente desagradable, hasta que pude darme cuenta de que se trataba de un despertador, alargué la mano hacia la mesilla de noche y apreté el botón para pararlo, mientras una sensación de tranquilidad y calma me invadía, al comprender que todo el episodio había sido un sueño, una pesadilla que afortunadamente ya había pasado.

En la oscuridad me senté en la cama y me restregué los ojos feliz de que todo hubiera sido un mal sueño, pero esa felicidad duró poco ya que antes de encender la luz, noté una punzada de dolor en la oreja y recordé el sueño, pero también noté algo más que me erizo el cabello de la nuca: había alguien más en aquella habitación, en ese momento, un escalofrío me recorrió la espalda pues un sexto sentido me indicaba que estaba en peligro inminente, notaba que había un cuerpo extraño en la habitación, muy cerca de mí, demasiado cerca de mí; con un sobresalto, giré la cabeza hacia la nada de la habitación y allí, en completa oscuridad y al borde de mi cama donde yo había pasado la noche, pude distinguir dos puntos luminosos y rojos y un sonido inquietante, un jadeo animal que me aterrorizó, mientras alguien comenzaba lentamente a retirarme las sábanas dejándome al descubierto; no supe si encender la luz, ya que ciertamente me hallaba paralizado por el miedo.

Junto al animal pude distinguir una silueta que estaba inclinada hacia mí, era la figura de un cuerpo humano extremadamente alto y grande, en ese momento recordé con horror que aquella silueta, aquel hombretón que estaba junto a mi, al borde de mi cama, me recordaba ni más ni menos que al individuo con el que había estado soñado durante toda la noche, o tal vez para mi desgracia ya no fuera un sueño, sino que todo se había convertido en realidad, ahora comprendía, ya al borde de la locura, que el desconocido había vuelto, que estaba allí, vigilándome y extendiendo sus manos peludas hacia donde yo estaba, ya no me cabía ninguna duda: ¡era Mordekay el ejecutor, que definitivamente había venido a por mí para matarme!

FIN

Mordekay. Capítulo I.

Aquello fue una pesadilla que no me pudo haber pasado a mí.
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El desconocido, de aspecto siniestro entró en el vagón, y sin mediar palabra alguna de por medio, se acercó vertiginoso hacia mí como si me conociera de algo, cuando pensé que me iba a saludar, me asió por el brazo y con una violencia impropia e inesperada por imprevista, me zarandeó y volteó con un giro de cadera, tirándome al suelo con tanta facilidad como si yo fuera un simple muñeco de trapo, sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo ante mi sorpresa y estupefacción.

Mientras el convoy se alejaba de la estación del metro, me fijé de refilón y por casualidad en su rostro, en ese corto espacio de tiempo sólo pude verle mientras se acercaba hacía donde yo estaba sentado, entonces, momentos antes de la agresión, pude adivinar que era un hombre frío y tosco, sin escrúpulos, que seguramente daba palizas por encargo del mejor postor, un individuo de cuidado, como un personaje sacado de alguna tenebrosa novela de Edgar Allan Poe, sin embargo, yo no sé el porqué sabía estos detalles de él, si era la primera vez que lo había visto y naturalmente deseaba que fuera la última.

Tenía los ojos hundidos que casi desaparecían bajo unas cejas espesas y negras que cruzaban como un guión el ceño sobre la nariz, y una gran cicatriz le cruzaba la cara como un tajo de norte a sur, desde la sien izquierda hasta la comisura de los labios, partiendo éstos en dos mitades como si de un trébol de cuatro hojas se tratara, la nariz aplastada y rota, seguramente en alguna pelea de taberna en el puerto, para rematar con un rostro picado de viruela y una barba cana, crecida y desaseada, que le confería un aspecto feroz y poco recomendable para ser una visita apacible.

Todavía hubo algo más que me llamó la atención antes de que se acercara a mí con sus manos extendidas hacia donde yo me encontraba: éstas eran grandes y macizas, morenas y con vello en el dorso, eran manos de matar, manos como guías de teléfono que podrían descuartizar a una persona casi sin proponérselo.

Una vez en el suelo y sin saber si era una buena idea, traté de levantarme, aún a riesgo de recibir algún golpe de propina; más tarde pensé que lo mejor era hacerse el muerto a ver si el energúmeno se marchaba, mas el agresor, con inusitada violencia y renovados bríos, me había puesto un pie en la espalda y tiraba hacia sí de mi brazo derecho impidiéndome cualquier movimiento liberador.

Yo intentaba revolverme para conseguir una posición favorable, a sabiendas de que si no trataba de defenderme, el desconocido me iba a hacer trizas, más todavía. Quería ponerme boca arriba para poder hacerle frente con las manos, pero mi debilidad y mi posición en el suelo hacía imposible conseguirlo, mientras que el atrabiliario desconocido apretaba su pie sobre mi espalda un tanto ya dolorida por la presión cada vez más fuerte, haciendo que me faltara la respiración.

Yo no conocía de nada a aquel airado acometedor violento, lo cual no impedía que mientras me pateaba como un energúmeno, me preguntara quién diablos era aquél sujeto que sin pregunta alguna me zarandeaba como si yo fuera el mayor asesino de la historia, como si yo le debiera algo o le hubiera infringido la mayor de las atrocidades a alguien de su familia o a él mismo.

Pero era difícil que yo le hubiera podido hacer algo a aquel individuo que me sobrepasaba por los menos dos palmos en estatura, que tenía el pecho como una puerta y una cerviz de miura que remataba con un pelo acaracolado sobre la nuca.

Intenté pedir socorro para que alguien me ayudara, pero estaba completamente solo en el vagón por lo que en ese momento mi futuro se veía un tanto sombrío.

Continuará...

El habitante de la casa deshabitada. III.

Eso me llenó de zozobra y me inquietó de tal manera, que a partir de ese momento ya no supe si el habitante de la casa deshabitada estaba dentro o fuera, si vivía en ella o lo hacía en otro lugar, y si el observado a partir de entonces iba a ser yo.

Lo único cierto es que dentro de la casa había estado una persona, que esa persona tenía llave para entrar y salir del edificio, y que yo había sido el privilegiado que lo había visto, cosa que nadie había logrado antes.

Al día siguiente, en cuanto salimos al recreo y sin dar tiempo a que nadie dijera nada, conté la experiencia vivida el día anterior, conté que había visto al hombre solitario de la casa y que por tanto, el hombre existía, pues yo lo había visto y él me había visto a mí.

Los compañeros enmudecieron entonces, creándose un silencio y una atmósfera a mí alrededor imposible de describir.

-¿Qué pasa? –pregunté.

Uno de ellos tomó la palabra y me dijo que eso era imposible y qué lo que yo estaba contando era mentira. Naturalmente me revelé ante aquella afirmación tan rotunda, pues yo sabía bien lo que había visto, y sabía que el desconocido había estado allí, al pie de lo que parecía ser su domicilio, incluso hice una descripción pormenorizada de su aspecto y de su forma de vestir.

-Se parece al muerto –dijo uno cuando concluí la reseña del individuo misterioso.

-¿Al muerto? ¿Qué muerto? –pregunté yo.

-¿No te has enterado? Ayer encontraron dentro de la casa misteriosa el cadáver momificado de un hombre que se parece al que tú describes.

-No puede ser, pero si ayer mismo lo vi salir del edificio, incluso volvió a por algo que se le había olvidado, incluso me miró. –Dije yo.

-Pues claro que no puede ser –contestó otro- Llevaba más de tres años muerto.

Callé, enmudecí a partir de ese instante y me sumergí en mis propios pensamientos, deseando regresar a mi casa lo antes posible para preguntar a mis padres por lo sucedido, y que éstos me dieran una explicación satisfactoria que me devolviera la tranquilidad, aunque el regreso significara tener que pasar por delante de aquel edificio que a partir de entonces, iba a ser para siempre un recuerdo imborrable en mi memoria.

Nada, me respondieron mis padres cuando les pregunté, eso no es cosa de niños.

Pero a mi ya no me hacía falta que me dijeran nada más, porque al volver del colegio, vi el precinto policial en la puerta que prohibía el paso a toda persona ajena al siniestro edifico, y vi también al guardia que vestido de gris, vigilaba la entrada. Los corrillos de gente en la calle comentaban lo sucedido y hablaban del hallazgo de un muerto y que los pocos que lo habían visto salir en la camilla de la funeraria, decían que bajo la sábana que lo cubría, habían podido ver que aún conservaba unos largos cabellos blancos que sin duda le habían seguido creciendo después de muerto, al igual que la barba y las uñas.

Entonces, ¿qué fue lo que vi? ¿A quién había visto salir del edificio el día anterior? ¿Con quién cruce mi mirada durante un instante? Cualquiera de las respuestas me helaba la sangre, así que decidí no pensar en ello y refugiarme en la seguridad de mi familia y de mi casa, aunque la cercanía con aquella otra y a tenor del macabro hallazgo, no fuera lo más tranquilizador para mí.

Desde entonces, nunca supe a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió en aquella casa, si realmente vi lo que vi, o si todo había sido producto de mi desbordante imaginación de niño, aunque lo único de lo que estoy seguro es que un día estuve delante del habitante de la casa deshabitada, y que aquel individuo me miró por un instante con sus ojos de muerte y fuego, y eso es algo que ha perdurado siempre en mi mente, torturándome sobre la realidad del más allá, a pesar de que hace más de medio siglo que ocurrió aquella fantasía.

FIN

El habitante de la casa deshabitada. II.

Entonces regresaban los malos espíritus a mi ánimo atribulado y, aunque no quería, mi mirada se dirigía insistentemente hacia la casa que yo veía desde mi cuarto, en un empeño enfermizo de atracción inexplicable.

Desde mi puesto de observación, mis ojos vigilaban de hito en hito y no sin cierto temor, los amplios ventanales donde mi imaginación veía invariablemente a algún inquilino extraño y seguramente inexistente, que se dejaba ver por allí descorriendo los visillos, enseñándome una boca vacía, de escasos dientes podridos, y abriendo desmesuradamente unos ojos sanguinolentos, lo que indudablemente me servía para escapar de nuevo a la seguridad de la protección familiar.

Me asomé a la ventana, la calle cada vez más oscura estaba iluminada por farolillos de luz mortecina que daban a la fachada de mis desvelos, un aspecto de lo más inquietante.

Recordaba entonces los chascarrillos de los compañeros de clase, sentía el crujir de muebles y a mis padres en silencio, cada uno a lo suyo, y entonces lo veía, nadie me puede decir que allí enfrente no había alguien acechando, porque yo lo veía con claridad.

Quien estuviera allí sumido en la oscuridad yo no lo supe hasta días más tarde, pero quien fuera descorría los visillos blancos y una mano huesuda aparecía enmarcada entre los cristales sucios de aquella estancia supuestamente vacía.

Recordé entonces a mi abuela que días antes había comentado con mis padres mientras cenábamos, pensando en que yo no prestaba atención, un libro que estaba leyendo y que la estaba encogiendo el ánimo, al leer que el corazón de un muerto latía con fuerza y con tanto ímpetu, que se podían escuchar sus latidos a través de la tarima del piso.

Ni corto ni perezoso y en un descuido, en cuanto me quedé solo, me escurrí con sigilo a la habitación de mi abuela y descubrí el libro sobre la mesilla de noche, era de un tal Edgar Allan Poe, escritor que yo no había oído nunca, y cuyo título era El corazón delator.

No encontré ningún pasaje intimidatorio a pesar de lo escueto del libro, pero la semilla estaba echada y había germinado de tal forma, que esa noche oía latidos bajo mi cama y no pude dormir, por lo que acabé en la cama de mis padres.

Un día, algunas semanas después de aquellos acontecimientos que probablemente sólo existían en mi imaginación, al estar observando de nuevo el edificio abandonado, vi salir del mismo a un hombre extremadamente delgado, encorvado por una leve joroba sobre el omóplato izquierdo, de extensas guedejas plateadas que le caían sobre los hombros con desmesura y que recogía tras unas grandes y deformadas orejas; el individuo llevaba una barba crecida y blanca, de rostro enjuto y ojos hundidos, lo que hacía que todo ello le confiriese un aspecto sobrecogedor, al menos para mí. Anduvo unos cuantos metros, suficientes para que yo observara una cojera que casi le hacía tambalearse hacia un lado. Anda que está apañado el hombre, pensé para mí, cuando de pronto, se detuvo y se quedó pensativo como si se le hubiera olvidado algo, volvió sobre sus pasos, sacó una herrumbrosa llave del bolsillo de su ajada chaqueta con su huesuda y blanquecina mano de largas y retorcidas uñas, y antes de introducirla en la cerradura, se volvió de repente y miró con descaro hacia la ventana dónde yo estaba asomado, mirándole.

Entonces tuve la extraña sensación de que el vigilado era yo, y pude darme cuenta de que el anciano sabía que yo estaba enfrente observando sus movimientos, cuando en realidad, yo jamás le había visto antes de ahora, o en todo caso, de forma esporádica o en mis sueños peores.

Su gesto fue tan rápido que no tuve tiempo de esconderme tras los visillos, a pesar de todo y bruscamente, di unos pasos hacia atrás ocultándome en el fondo de la habitación. Poco después y cuando ya estaba relativamente más calmado, volví sobre mis pasos con cautela hasta asomarme de nuevo a la ventana, y sin descorrer las cortinas, miré a través de ellas y pude comprobar que el desconocido ya no estaba. Había desaparecido y no sabía si había vuelto a entrar o sólo había retrocedido para cerrar la puerta que se había dejado abierta por olvido, o marchándose calle abajo antes de que yo me asomara de nuevo.

Continuará...

El habitante de la casa deshabitada. I.


Las historias sólo suceden a quienes son capaces de contarlas, había dicho alguien alguna vez. De la misma manera, quizá, las experiencias sólo se presentaban a quienes eran capaces de tenerlas.

La habitación cerrada. Paul Auster.

Había pasado cientos de veces por delante de aquel edificio vacío que se hallaba justo enfrente de dónde yo vivía, y en el itinerario para llegar a mi casa, en pleno casco antiguo de Oviedo, cerca de la explanada que daba a la espléndida catedral gótica del siglo XV.

La casa abandonada se terminó de construir en 1916, según rezaba el cartel sobre el portalón de madera medio carcomido por la lluvia y la humedad, y desde que su último inquilino lo dejó apresuradamente en 1962, naturalmente sin explicar a los vecinos los motivos, nadie lo había vuelto a habitar.

El Hispania, que es como se llamaba el colegio dónde iba estaba cerca, sólo unos cientos de metros equidistantes a mi domicilio y a la casa abandonada; siempre que pasaba por delante de ella, la miraba de reojo y con recelo, debido a las historias que nos contábamos durante la media hora que duraba el recreo.

Siempre tan sensible y receptivo a ese tipo de historias, éstas solían impresionarme el ánimo, aunque naturalmente, delante de los compañeros no mostrara emoción alguna. Incluso yo mismo me comportaba sin miedo y demostraba mi valentía, contando historias que me inventaba sobre la marcha, aunque después, solo en mi habitación y mientras intentaba hacer los deberes, ante cualquier crujir de muebles, cualquier ruido que llegara hasta mis oídos, hacía invariablemente que mis ojos temerosos traspasaran visillos y cristales y me fijara en la casa, siempre oscura, siempre vacía y solitaria, pagando así mi osadía.

Además de los cuentos apocalípticos que nos contábamos en el colegio, también los vecinos contribuían a mi ensoñación, pues entre ellos se relataban historias fantasmagóricas ocurridas en la casa y que siempre, de una manera o de otra y en el colmo del morbo, escuchaba a hurtadillas, y que llegaban hasta mis oídos, aunque yo me negara a querer escuchar tapándome las orejas con las manos.

Durante las largas tardes invernales de tareas inacabables y agotadoras en las que yo me encontraba en completa soledad, oía en la habitación contigua la radio que ponía mi padre para entretenerse. Los golpes que daba mi madre con la plancha. Las toses de mi abuela. El maullar de algún gato sobre el tejado y el ladrido de los perros en la lejanía. De vez en cuando mi madre comentaba algo referente a alguna noticia y mi padre contestaba de forma concisa, los oía conversar brevemente y eso hacía que me sintiera seguro despejando mis temores, al menos momentáneamente.

En ocasiones salía del cuarto para preguntar cualquier cosa relacionada con la tarea, y espantar así, aunque sólo fuera un momento, los fantasmas que imaginariamente me acechaban en la soledad de aquella habitación, procurando extender el contenido de las preguntas todo lo posible para retrasar mi consiguiente regreso. Pero aquellas artimañas que yo me esforzaba en inventar y que me tomaba como un pequeño desahogo para recobrar la tranquilidad, pronto se acababan, esfumándose con ellas la calma y volviendo la preocupación en cuanto me quedaba solo de nuevo, y cuando esto ocurría, los ruidos volvían amenazadores a la estancia.

Continuará...

Cerebro. Epílogo.

Me quedé pensativo intentando recordar lo sucedido, si es que había sucedido algo; recordé los mensajes al fax, uno tras otro, aún no había olvidado ni un punto ni una coma de aquellos mensajes que habían hecho volverme loco poniendo patas arriba la habitación. Sin embargo, todo estaba en orden ahora, aquello no tenía más remedio que haber sido un sueño. Instintivamente, un impulso mecánico, un acto reflejo de esos que se hacen sin darse cuenta de que se hacen, hizo que me llevara la mano a la frente. Los nervios enviaron un agudo dolor a mi cerebro, instalando sus impulsos eléctricos en la memoria que automáticamente me condujo mentalmente hasta el episodio de la puerta. Recobré los sonidos de las pisadas sobre el parqué, y cómo, en un intento desesperado de huir, me había golpeado con el marco de la puerta, quedando sin sentido en el suelo. Intenté recuperar la visión de mi mismo, asomándome a cualquier superficie capaz de reflejar mi imagen en mi cerebro, pero sólo conseguía adivinar mi silueta reflejando sus contornos sobre el cristal de la vitrina. Pero cada vez que me tocaba la frente, un intenso dolor acudía a la presión de mi mano.

Adela entró con la bandeja del desayuno, me volví hacia ella y le pregunte:

-Adela, ¿tengo algo en la frente?

Ésta me miró sólo un momento mientras depositaba la bandeja sobre la pequeña mesa circular, en el mismo sitio donde había estado la otra durante la noche anterior, junto al sillón. Se acercó con aire expectante y preocupado mientras movía negativamente la cabeza.

-No, señor, no tiene nada. Yo al menos no le veo nada. ¿Por qué, le ha sucedido algo? -Preguntó intranquila mientras me aplicaba su mano sobre la frente como queriendo tomarme la temperatura. -¿Le duele algo? -insistió, dejando de preocuparse al comprobar que no tenía nada; mientras, yo no sabía qué es lo que hubiera preferido oír.

-No, no es nada. Un simple dolor de cabeza -respondí mientras colocaba una mano sobre la nuca y giraba la cabeza hacia arriba como si quisiera adivinar el infinito.

-¿Le traigo una aspirina? -Preguntó mientras se alejaba por el pasillo sin esperar respuesta alguna por mi parte como tenía por costumbre, y dejando la puerta entreabierta.

Adela me había dicho que no tenía nada, así que todo debió ser un mal sueño, una pesadilla, y mi dolor en la frente sería producto de un simple y esporádico dolor de cabeza producido probablemente por la resaca.

Tenía que sobreponerme a todo aquello y olvidarme de lo sucedido, seguramente sólo en mi cerebro. Estaba claro que todo había sido producto de mi imaginación. Intenté tranquilizarme pensando en que todo tiene una explicación lógica en esta vida, como por ejemplo, que esos sucesos tan reales, sólo habían tenido cabida dentro de mí, por algo que me había sentado mal, sin duda, la mezcla de vodka y bourbon, y sobre todo, la desmesura.

A pesar del mal estar que tenía, desayuné con cierto apetito, pero sobre todo, di buena cuenta de una jarra de agua fría en apenas unos pocos minutos. Poco después, apareció Adela con la tableta que me tomé con la naranjada y me dispuse a darme una ducha rápida, que sin duda despejaría definitivamente mi lamentable estado físico.

Después de la ducha me había quedado un tanto relajado,
encendí un cigarrillo aspirando el humo y soltándolo en una amplia bocanada que ascendió hacia el cielo de la habitación, cruzando el amplio chorro de luz solar que entraba por el ventanal.
Me acomodé de nuevo en el confortable sillón y miré la hora en el reloj digital del escritorio. Eran las 9:10. Aspiré una nueva carga de nicotina mientras sutiles columnas de humo azul ascendían hacia el techo, como cuando era niño y las formas volubles de humo que emanaban de las chimeneas, me hacían imaginar formas sólo posibles en mi mente despierta.

Un sonido que a mí se me hizo inquietante, me recuperó para la vida actual, un ruidillo familiar llegó a mis oídos mientras mi cabeza giraba y mis ojos enfocaban la negra estructura del fax.

La luz verde comenzó a encenderse intermitentemente mientras el rectángulo blanco de una hoja de papel comenzaba a imprimirse en su interior.

"Vaya, hoy empezamos pronto". Pensé mientras me encaminaba con decisión hacia el aparato. Sujeté la hoja antes de que ésta cayera al suelo y la extendí delante de mis ojos.

La misiva era escueta aunque suficiente:

Hola, Máximo...
¿Has encontrado los informes de ayer?
¿No?
Y sin embargo, existen en tu cerebro.
¿Recuerdas?
Nos veremos a las 9:45 de cualquier día.

Pronto.
Recuérdame dulcemente y despídete.

Fin del informe.

Con gran estupor comprendí de repente que la nota indicaba la hora de mi muerte, pero, ¿de qué día? Quise saber mientras un agudo e intenso dolor en el centro del pecho se irradiaba hacía el hombro y el cuello, haciendo que me tambaleara, mareado y con un intenso sudor frío. Siempre había tenido curiosidad por saber la hora de mi muerte como un momento fatídico, sobre todo, porque la intuía lejana y ajena a mí, ahora, me acuciaba saber el día exacto para estar preparado. Pero, ¿hay alguien que esté preparado para afrontar su propia muerte?

En ese momento, víctima de la elevada tensión nerviosa a que me había sometido la nueva nota, perdí el sentido y me desmayé, quedando mi nuevo mundo bajo una estela blanca y luminosa, mientras los colores del arco iris se desplegaban delante de mis ojos cerrados.

El día de mi muerte ya había llegado, a traición y sin avisar, pero eso, nunca lo sabría.

Fin